Ellos resisten por nosotros

En plena crisis del coronavirus, una parte de la sociedad debe poner en marcha el país a diario. Este es un reconocimiento fotográfico a todas esas personas

El coronavirus ha recluido a la inmensa mayoría de la población española en sus hogares. Pero para que esos ciudadanos puedan cumplir con su papel fundamental de permanecer en reclusión, otra parte de la sociedad debe encargarse de poner en marcha el país a diario. Ellos son esenciales para nosotros.

Están ahí fuera no siempre suficientemente protegidos para que sus compatriotas puedan seguir dentro. Cada uno en su ámbito y con su responsabilidad. Desde sanitarios a militares pasando por agentes de las fuerzas de seguridad, farmacéuticos, transportistas, empleados de supermercados y de las cadenas de distribución, sacerdotes, panaderos, trabajadores del metro, autobús, trenes, aquellos que mantienen las infraestructuras básicas, carteros y tantos otros.

A todos ellos LA RAZÓN tributa su particular reconocimiento con una galería de personas que los representan, que integran esa selecta comunidad que hacen de esta pesadilla algo más digerible. Ellos resisten por nosotros.

Tatuarse el optimismo

Pilar, Marco, Gabriel, Gustavo, Arnold, Anthony

Tattoo en Negro Marfil. Distrito de Quintana (Madrid)

Pilar del Real es una trotamundos en lo laboral. Un alma inquieta que ha sabido ganarse la vida con su esfuerzo. Hace tres años culminó el sueño de poseer su propio estudio de tatuaje, una experiencia y una apuesta estéticas con demanda creciente. Cinco “artistas” -la prueba de la calidad de Marco, Gabriel, Gustavo, Arnold y Anthony la tienen en la cuenta de instagram negromarfiltattoo- son parte del secreto del éxito que tiene en la tenacidad y el buen hacer de nuestra emprendedora la fórmula magistral definitiva. No contaba, claro, con el coronavirus y, como cientos de miles de autónomos, ha pasado buena parte de la emergencia de ventanilla en ventanilla en busca de los créditos prometidos con que regatear la pesadilla. Y han llegado, tarde, pero lo han hecho; el último la pasada semana. “Me lo han concedido por pesada. Era muy conocida en los bancos”. El ánimo es una vitamina crucial para enfrentar la adversidad. Y a Pilar del Real el optimismo y el empeño le sobran para contagiar al resto. Sus días los divide entre las preocupaciones de un negocio del que dependen unas cuantas familias y las necesidades de dos veinteañeros que comparten con su madre este presente insólito. Pero ya saben que las desgracias sacan lo mejor y lo peor de las personas. En este caso, estos dos meses con el negocio a cero han actuado como un revulsivo. “No hay tiempo para lamentarse. Cuando estás abierto, trabajas, cobras, pagas; en estos días, sólo se ha cumplido lo tercero”. El 11 de mayo pudo reemprender el sueño. “Temía ese momento, porque este oficio es de un contacto alto”. Tocó buscarse la vida ante el desamparo administrativo. “No había normativa higiénica sobre el Covid, cómo disponerlo todo, qué protocolos; encontramos una europea y todos en el estudio hicimos el curso sobre seguridad”. Costó abrirlo en condiciones, porque el material escaseaba, pero se logró. “Es más seguro que acudir al hospital. A todas las medidas de asepsia propias del tatuaje, que son muchas y rigurosas, sumamos termómetro de infrarrojos, gel, paredes con pintura especial que se lava con lejía, mobiliario forrado con papel film y por supuesto todo el material desechable. Como ejemplo, sirva que un tatuador puede cambiarse seis o siete veces de guantes con un cliente”. Ese estado de prevención ante lo desconocido de un volver a empezar se diluyó a medida que las citas se amontonaban. “En una semana hicimos la caja de un mes. Espectacular”. Y, pese a todo, la gente llegó con positividad, con “ganas de hablar y estar con alguien, aunque fuera el tatuador; no había prisa para nada”. Ese cara a cara de los profesionales de la estética ha ejercido siempre como un termómetro de emociones para calibrar el estado de la moral colectiva. No todo, claro, fue alegría. Demasiadas familias destrozadas. Membretes de duelo eterno en la piel por un familiar fallecido en estas semanas. Encargos de tinta impregnada en dolor. Ellos también hallaron su espacio y su momento.

La luz más limpia

Manuel Urrejola

Gerente de obras de Enel Green Power España. División de Renovables

En tiempos de oscuridad, en momento de tribulación ante los desafíos de una enfermedad desconocida, es necesario armarnos de recursos. Poner luz y no abandonar en la lucha. Impulsar nuevas formas de crear riqueza, respetando el medio ambiente, desarrollando trabajos y actividades de futuro. Unas nuevas formas de apostar por nuestra industria como la que lleva a cabo Enel Green Power. Frente a la adversidad que a todos nos encorseta, Manuel Urrejola, con control de temperatura, guantes y mascarilla, día a día, inspecciona las instalaciones de paneles solares en la zona de Carmona (Sevilla). Un trabajo con renovables como el que Enel lleva a cabo en 34 países de los cinco continentes. Todo para que la pandemia, que de por sí ha afectado al desarrollo y los planes de millones de personas, pueda ser combatida también, en múltiples campos, en los que se necesita la fuerza de la electricidad. Un proyecto que da servicio a más de 50.000 hogares.

Cuestión de sangre

Rosario Villamayor

Subdirector de Enfermería del Centro de Transfusión de la Comunidad de Madrid

Si la experiencia es un grado, y estamos convencidos de ello, Rosario Villamayor, puede presumir en modo superlativo. A sus 64 años, “a tres meses de irme a casa”, como le apetece referir, ha dedicado una vida entera a la salud de los demás y, más en concreto, a la sangre, a que que no falte ni escasee cuando se la necesite. La sangre y sus derivados. Lleva en esto desde 1977, primero en el Hospital Ramón y Cajal y luego ya en el Centro de Transfusión de la Comunidad de Madrid, donde ha cubierto la mayor parte de su carrera. “Hasta trabajé con frascos de sangre por un breve tiempo antes de que llegaran las bolsas”. A un paso de la jubilación, el coronavirus ha dejado una huella profunda. Para él, han sido días muy duros tanto en lo personal como en lo profesional, aunque respire aliviado por la mejoría general del panorama. “Lo hemos dado todo. Hemos hecho absolutamente todo lo que hemos podido”. En su memoria guardará para siempre el día 14 de marzo, en pleno epicentro de la pandemia, cuando ante el temor a que las reservas flaquearan, demandaron donaciones y nada menos que 2. 800 personas se personaron para nutrir las existencias de los días venideros. Ese era su tope, porque no se podía almacenar más. “Había temor a que el confinamiento limitara la movilidad y, por tanto, las donaciones”. Y así ocurrió. En esas primeras horas de emergencia, la ciudadanía respondió, como sucede siempre que se emite una alerta sobre cualquier grupo sanguíneo, pero luego todo se paró. “Tuvimos que utilizar nuestra base de donantes y emitimos una suerte de salvoconductos para que pudieran llegar al Centro”. Todo se hizo muy complejo, con pocos focos de extracciones habilitados en la región, personal desviado a las urgencias y rotaciones para que los laboratorios no se vieran privados de un personal de específica cualificación que se pudiera contagiar. “Nos quedamos con el mínimo, pero era normal”. Eso sí, contaron con la protección y el equipo adecuados. “No faltaron EPIS ni mascarillas”. En el plano personal, este veterano de mil combates rememora aún emociado sus más íntimas circunstancias, la presión psicológica, inherente a la soledad -por circunstancias le ha tocado estar alejado de su familia- y al miedo por la salud de los suyos. Su hijo y la pareja de este trabajan en la UVI y sólo hay que retener la cifra de los 52.000 sanitarios infectados para comprender el desasosiego de un padre. Afortunadamente, todos se encuentran en esa otra lista de profesionales que desde la primera línea han sorteado el virus. Hoy, a tres meses de colgar la bata, Rosario Villamayor no tiene prisa por que llegue el último día. El retorno a una relativa normalidad, a sus turnos de 7:30 de la mañana a 15:30 de la tarde, no le pesan, sino que le estimulan. Como el contacto con sus compañeros y el maravilloso altruismo y generosidad de los donantes. En breve acumulará más tiempo para esa otra vida. Puede que entonces decida ampliar horizontes culinarios. En tiempos de pandemia, “me he hecho un experto de la cocina”. Y un último mensaje, como moraleja, donen sangre, es un acto simple que salva vidas. En palabras de alguien que lo sabe casi todo de ese mundo, aún nos falta tomar conciencia y convertirlo en algo regular y no excepcional.

Vuelven los paseos por la Cuesta de Moyano

La Cuesta de Moyano es, desde hace un siglo, uno de los rincones más literarios de Madrid. Apenas 200 metros y 30 puestos al hilo de la verja del Jardín Botánico en los que comprar, y hablar, de libros. Cien años de entrega y dedicación que el maldito coronavirus interrumpió durante más de dos meses y que esta semana, por fin, vuelve a ser el escenario de paseos, idas y venidas, al calor de la pasión por la letra escrita. Ellos han vuelto y piden nuestra ayuda para remontar otra cuesta, la de la crisis económica que ahora han de superar con el apoyo de todos.

El Rastro agoniza (ahora sí)

Demasiadas veces hemos oído ya lo de «esto es la puntilla a mi negocio». Y es verdad. El Covid-19 ha descabellado cientos, miles de negocios en todo el país, en toda Europa. Cada uno con sus características. El que nos ocupa, el más castizo, no tiene menos problemas. Los mercadillos de Madrid podrán volver a instalarse en las calles a partir de hoy... con un 25% de los puestos y con un tercio de su aforo habitual. Bueno, todos no. El principal de estos mercados ambulantes, el Rastro, que cuenta también con un buen número de tiendas estables, se mantendrá clausurado por el momento, según confirman fuentes municipales . En el Rastro de Madrid trabajan unas 900 familias con puestos que tienen 1, 2 , o 3 metros. La mayoría dependen económicamente de este negocio. Pero a la vez, el Rastro, que es Patrimonio de la Comunidad de Madrid, se nutre en gran medida del turismo nacional e internacional. Que en estos momentos está paralizado. Una bomba de relojería lista para estallar y provocar un caos económico y social en una zona y entre unas personas que han sido claves en la imagen de Madrid. A ellos nuestra solidaridad. A las autoridades, nuestro exigencia de que se reaccione.

El tren sigue ahí

El tren siempre ha sido sinónimo de progreso. Lo fue en la revolución industrial. Y cuando algunos intentaban levantar los rieles y las vías... se reinventó con la alta velocidad. Un medio de comunicación sostenible, rápido y accesible que ha sufrido también el envite de una pandemia que ha frenado su crecimiento como no se ha visto en décadas. Rubén Martín, maquinista de Adif, ha sido testigo de ese hachazo a las comunicaciones que ha supuesto el Covid-19. Su trabajo, que le lleva a viajar en Cercanías de Madrid, ha visto disminuir de manera radical el número de viajeros. Una triste realidad que ha dejado casi vacíos los convoyes incluso en este juego de números en el que se ha convertido el confinamiento y sus diferentes fases. Cuando Madrid alcanza al fin la Fase 1, como bien apunta Rubén Martín, hemos asistido a una triste realidad. Desoladora. Destinos que deberían transportar 1.800 personas llevaban sólo 8. Así de cruel era la imagen de esos vagones. Una situación que también ha tenido traducción en otros servicios. Como el AVE, que ha pasado de 30 trenes a tres. Ahora, sin embargo, el tren, como la sociedad española, harta de lamentos, pugna por salir adelante. Quiere dejar de lamerse las heridas y recuperar el tiempo y la riqueza perdidos. De ahí, que como apunta Rubén, la compañía no sólo quiera una frecuencia del 100% sino que trate de alcanzar el 120 por ciento. Distancia de seguridad obliga. La vuelta a la actividad económica, a los trabajos, a la vida social, exige que ese gran aliado, el tren, vuelva a hacer de puente, de comunicación, entre las distintas realidades. Entre las personas. Para unir vidas. Todos sabemos que los tiempos de la desescalada, en la larga distancia tendrá plazos cambiantes. Estaremos al albur de un brote o un confinamiento preventivo. Sin embargo, en el entorno más cercano, el tren está llamado a reconstruir los hábitos perdidos, congelados. “Siempre hay luz al final del túnel”. Ese era el mensaje de esperanza de Renfe ante la crisis del coronavirus. Su esfuerzo, el de la compañía, además de haber puesto trenes medicalizados a disposición de las autoridades, ha proporcionado viajes gratis a casi 10.000 sanitarios en toda España. Además de no plantear una ERTE, pese a la obvia situación de falta de viajeros. Su músculo y su capacidad de respuesta es clave -ahora en la desescalada-, en un sector estratégico como es el de las comunicaciones. El esfuerzo debe mantenerse en el tiempo. Tanto en la necesaria distribución a sus empleados de EPI, como en la necesidad de que se guarden las distancias de seguridad o la desinfección de los trenes. En este viaje, todos iremos más incómodos. Al menos al principio. Pero la voluntad de salir adelante es firme. Las vías del tren están trazadas. Nos esperan.

''Te llevas más de lo que das''

A Miguel la vocación de tender la mano al que lo necesita le viene de familia. Sus padres abrieron camino antes que él. Desde diciembre del pasado año su inquietud y compromiso le condujeron a indagar en la Cruz Roja la posibilidad de desarrollar algún programa de ayuda a las víctimas de la violencia de género. Luego, el terremoto del Covid-19 cambió los planes. Los suyos y los de todos. Hoy, se dedica al reparto de ayuda a los hogares que auxilia esa entidad extraordinaria que es la Cruz Roja. Nos encontramos con nuestro protagonista en una jornada digamos calmada. Es cierto que la paulatina desaceleración de la incidencia del contagio y la experiencia de estas semanas han engrasado la maquinaria lo suficiente para que el servicio sea menos estresante. Tranquilidad relativa. Imaginen el día de este joven. En pie en torno a las siete de la mañana, unos minutos de carrera, desayuno y listo en su oficina de voluntariado poco antes de la nueve. Después, reunión organizativa para distribuir las entregas de alimentos y otros productos de primera necesidad y al reparto prácticamente hasta la hora de comer. La tarde es un tiempo para sus actividades profesionales y formativas. Porque, si no lo he mencionado, Miguel Bautista es consultor financiero y cursa en la actualidad un Máster en Dirección Aseguradora Profesional. Aquí, la exigencia es también máxima. Acaba las clases telemáticas entrada la noche. Nada es fácil. Pero a Miguel todo este bucle de entrega y dedicación le llena en lo personal y le enriquece en una dimensión más trascendente. No es una excepción. Es un testimonio convertido en denominador común entre aquellos que comparten que la vida de los demás, de los que lo necesitan, también es cosa suya, que pertenece a sus prioridades, que no miran a un lado. “Te llevas más de lo que das. Son unas horas fantásticas, gratificantes. El reconocimiento que recibes es infinito y se nota en los rostros de las personas a las que visitamos. Incluso me he encontrado con casos de gente a la que prestábamos asistencia que se ofrecía a ser uno de los nuestros a pesar de sus dificultades. Realmente, ha sido y es genial”. El chaleco o el anagrama de la Cruz Roja son símbolos que generan empatía y admiración. “Nos paran por la calle para darnos las gracias; no esperamos colas en los supermercados cuando vamos a hacer la compra para los usuarios o a la farmacia para las recetas que precisan. Nos lo facilitan todo”. Es la memoria común de la Unidad de Respuesta Social de la Cruz Roja, que acumula toneladas de experiencias sobre solidaridad y apego a los demás. En una comunidad en el que se hacen notar en demasía los latigazos relativistas que hieren, el voluntariado es un mundo apasionante que ha facilitado que decenas de miles de compatriotas hayan podido afrontar con dignidad el impacto salvaje de la crisis. Han estado ahí cuando todo se ha vuelto negro y la esperanza ha flaqueado. Y continúan en ese parapeto contra las privaciones y con la memoria siempre viva del dolor y los traumas atendidos. “Había gente haciendo cola desde la una de la madrugada en nuestra sede para demandar la ayuda a sabiendas de que teníamos una capacidad limitada. Todo eso ha ido mejorando”. Ahora, Miguel espera con avidez el fin de semana en el que pueda compartir momentos con sus amigos, una charla, chascarillos, o un rato de bicicleta. Lo más parecido a la normalidad que tanto añoramos. Mientras ustedes leen estas líneas, hombres y mujeres generosos estarán aportando su grano de arena para que cientos de hogares se mantegan en pie. Son anónimos, se resisten a salir de las sombras y del manto de la discreción y rehuyen los elogios. Los merecen tanto como unas dosis generosas de gratitud.

Mientras hay vida, hay esperanza.

Serafín García Rejano sabe bien lo que es buscarse la vida. Tiene 59 años y desde los 28 es trabajador autónomo, en su caso del mundo de la mecánica. La recesión económica que asoma muy cerca en el horizonte le ha tocado ya de salida, por eso espera que la recuperación no se haga mucho de rogar, aunque lo cierto es que lo ve muy negro y le augura a la crisis ''unos cuatro o cinco años de duración, si no seis''. Su taller de Paracuellos del Jarama, en Madrid, levantó la persiana la semana pasada, y poco a poco, va reactivándose el negocio. De los cuatro trabajadores que tiene en ERTE planea recuperar la próxima semana al menos a dos de ellos. Serafín no quiere oír hablar de préstamos ICO porque, al final, ''se trata de contraer otra deuda que tienes que devolver en algún momento''. Ha preferido apretar los dientes y aguantar mecha con sus ahorros los cerca de dos meses que no ha podido atender sus clientes. Cuenta que el ambiente de esta ‘nueva normalidad’ que tratan de inocularnos es bastante sombrío, que los que entran en su taller no tienen prisa. No es que se hayan vuelto pacientes de la noche a la mañana, sino que ellos mismos están aún sin trabajar o, directamente, han sido despedidos. Quizá en ese punto amargo la urgencia por que le cambien a uno las pastillas de freno pierde mucho brío. ''Desde luego, no hemos vuelto a la alegría a la que estábamos acostumbrados antes del confinamiento'', explica, antes de preguntarse en voz alta ''si lograremos sacar esto adelante o nos pasará por encima''. Aunque esta no es la primera crisis a la que se enfrenta, cree que la diferencia con la de 2008 es que aquella tuvo más que ver con el ''endeudamiento masivo'' de los españoles y la que viene ahora ''va a afectar a todos, es más global''. Reconoce que la dificultad de la empresa es elevada, que ''va a ser muy duro''. Pero insiste durante la conversación en varias ocasiones en que ''mientras hay vida, hay esperanza''. Y que habrá que lucharlo.

Cuatro horas de sueño frente a la pesadilla

Torrejón de Ardoz ha sido lo más parecido a la zona cero de la pandemia en la Comunidad de Madrid, que a su vez ha sido el territorio más azotado de España. La doctora Mª del Juncal Martínez Irazusta trabaja como médico de familia en el Centro de Salud Brújula de la localidad desde 2011. Nueve años de consulta dan para casi todo, excepto el Covid-19, Nadie te prepara para recibir la muerte a borbotones ni para asistir en muchos casos impotente al sufrimiento de tus pacientes, con los que has trabado un vínculo afectivo tras años de relación. “Hemos asistido a escenas muy duras en los domicilios, hemos perdido a mucha gente que conocíamos”. Demasiadas vidas rotas. Se calcula que 15 pacientes por cada consulta. Por eso, 24 horas en la vida de nuestra protagonista no es un día cualquiera. A las 7:30 ya está en el centro para arrancar la atención de quien lo necesite, en este caso, vía telefónica o domiciliaria, y limitar la presencia en las dependencias a los casos más delicados para evitar exposiciones innecesarias. Se han llegado a atender más de mil llamadas diarias de pacientes, y sólo la entrega, el compromiso y la vocación sobresalientes de los sanitarios han suavizado el colapso. Un detalle. Todo el personal renunció a las vacaciones pendientes de 2019. Todos. En esas semanas críticas no había historiales de unos y otros, todos eran uno. Desde el pasado lunes, cada titular maneja ya sus historiales. Entre las 13:00 y las 14:00, la doctora Martínez Irazusta mantiene comunicación con la dirección asistencial para recibir nuevos informes y protocolos y solventar dudas. La hora siguiente es para la reunión de equipo y poner en común las novedades. Si se preguntan por la hora de la comida, sencillamente no la hay. “Se come mal y rápido, durante las videoconferencias o reuniones”. A pesar de que la solidaridad los ha desbordado. “Los pacientes y vecinos nos han traído mucha comida”. A las 17:00 toca volver a casa, pero sin dejar el trabajo atrás. Tampoco en los fines de semana. “Ha sido agotador física y psicológicamente, con el miedo de llevar a casa una alta carga viral”. ¿Cómo ha desconectado? ¿Lectura, series? “Tras revisar tantos informes, no apetece leer más”. El secreto reside en un pequeño de cuatro años que se llama Javier, que exige de su madre la máxima entrega y a la que ella, claro, accede encantada. “Es lo mejor”. Si casi no hay mañanas o tardes, tampoco parece haber noches. “Duermo una media de cuatro horas”. Demasiadas preocupaciones e imágenes en la cabeza. Piensa en los ocho compañeros del centro que se han contagiado y en las caras de aquellos a los que no volverá a ver por su dispensario. También en que con el amanecer toca volver a empezar, cada día mejor, recomponerse y aprender para que la atención primaria, la más cercana, sea cada vez más eficiente al servicio de los demás y que cualquier contingencia nos coja con la guardia alta.

Proa a la esperanza

El milagro de los panes y los peces se lo debemos a Jesús. No es de este mundo. En realidad, las redes suben del fondo de los océanos vacías de pasaje más veces de las debidas. El de la mar es un mundo duro, a veces ingrato y alguna, trágico. Se ganan el jornal con el sudor de su frente y la ansiedad del que busca y no encuentra. El timonel persigue bancos que no están señalizados con cartelería y luces. El barco guarda más allá del casco una profundidad esquiva, casi insondable, que esconde el tesoro del que pende la vida y de paso el abastecimiento de los mercados. Ellos, los pescadores, son el primer eslabón de una cadena fatigosa que acaba en el consumidor, y que en estos días de confinamiento hemos agradecido como si la cita con el producto de las lonjas fuera un cabo que nos amarrara a la normalidad que se escapaba entre las manos. Era de lo poco reconocible de un tiempo pasado y feliz. La flota, y los hombres y mujeres que la integran, nos brindó con su esfuerzo más que alimento, nos regaló cotidianeidad y con ella esperanza en que tras la tempestad llegaría la calma para atracar en puerto seguro. El Covid-19 no lo arrasó todo. Nuestros protagonistas de hoy, de puerto murciano, Cabo de Palos, son parte de una gran comunidad, de un mundo más allá de este, el de los hombres de la mar, con sus códigos y su coraje ante la inmensidad de un medio hostil como la mar, que da, pero que también quita. Con ellos, proa al horizonte.

Esperando al cliente, ese bien que se ha vuelto tan escaso

Nada como un mediodía de aperitivo en los bares y chiringuitos de La Manga del Mar Menor o una comida muy marinera en Cabo de Palos mientras se contempla la entrada de los veleros por el angosto canal que forman el rompeolas y el contradique, obligando a una virada inverosímil. Los hoteleros de estas localidades hacen posibles estos momentos de bienestar, de un lujo que sería impagable en cualquier otro lugar, con su sol y sus sabores y a quien hay ministros que desprecian por su "bajo valor añadido”. Pero no. Hay están ya, todavía los pocos, con sus mesas dispuestas a recibir a los clientes de todas las primaveras, de todos los veranos, muchos de Madrid, recluidos en su casa por orden gubernamental. Pero el tiempo juega a nuestro favor y los turistas, los simples vecinos, volverán a llenar las terrazas de todas las costas y lugares de España. Y entonces sí, podremos decirnos, con un suspiro, que ya ha pasado todo.

Los feriantes ya no son para el verano

Son la alegría del verano, la ilusión de los pequeños y no tan pequeños que identifican los meses de julio, agosto y septiembre; los tres meses que huelen a libertad, a diversión, con ellos. Son los feriantes que pasan la temporada de calor recorriendo la geografía española en una romería muy especial que este año, probablemente por primera vez en nuestra historia desde la llegada de la democracia, corre un serio peligro. Y es que el maldito Covid-19 también nos quiere quitar esto. La Asociación Cultural Unión de Feriantes de la Comunidad de Madrid (AUFCAM) lleva dos semanas alertando y criticando la situación de “precariedad y futuro incierto” del sector ante la pandemia del coronavirus. Los echaremos de menos, tanto como para asumir que un verano sin feriantes no es un verano.

Buenos samaritanos contra la penuria

Las administraciones redoblan su capacidad asistencial para cubrir las necesidades básicas de esa parte de la sociedad que carece de lo mínimo. Y en paralelo nos beneficiamos de la solidaridad de unos cuantos elegidos hacia sus prójimos. Un caudal de auxilio canalizado a través de organizaciones cívicas. Se siente ya la presión de esa masa creciente de personas sin empleo y sin ingresos, padres de familia desesperados que demandan una mano tendida a tiempo para subsistir. Como la de la Asociación de Vecinos de Aluche en Madrid, que tiene a su cargo una logística de socorro a través de donaciones de alimentos de empresas y particulares y que reparten entre los necesitados.

Los mejores amigos de los animales

El intruso de Wuhan se ha cebado con el ser humano. Su carácter zoonótico tan solo quiere decir que el origen de la pandemia partió de la transmisión de un animal a uno de nuestro congéneres en la lejana ciudad china. Por lo demás, el papel de los animales en esta tragedia es secundario por cuanto la incidencia del patógeno en sus cuerpos es irrelevante. No lo es, sin embargo, en su dimensión social en cuanto a las mascotas. La compañía y el cariño que regalan a sus propietarios los convierten en esenciales en época de confinamiento y soledad. De igual forma, los veterinarios, que cuidan del estado de esos otros miembros de la familia, por no hablar de los que garantizan que todo lo que comen llegue a nuestros hogares seguro y en perfectas condiciones. Ellos han cumplido, y aún lo hacen, una función comunitaria imprescindible en esta crisis. Cuesta imaginarse una sociedad sin veterinarios que velaran por nuestros animales de compañía. En realidad nos abocaría al desastre. Que seamos conscientes de ello es el mejor homenaje que puede tributarse a un colectivo que también ha estado ahí contra el virus.

Las manos y el corazón del artista

Para estos tiempos de pandemia ,algo que parece secundario ,para muchos,no lo es.Los oficios artesanos ,que nos proporciona un buen y delicado sabor ,una buena música,un paseo quizás por nuestro espacio cercano,mas allá dentro de muy poco.Lo que ofrece un son de guitarra,una copa de vino, ese calzado cómodo..... y detrás estos hombres.Para el ahora confinados,para el mañana en libertad.

La reconversión “express” del profesorado.

El ejército que combate al coronavirus armado con fregonas y lejía.

Ellas y ellos conforman la primera línea de batalla contra el invasor invisible. La labor de limpieza de fincas urbanas y la desinfección de oficinas han permitido durante estas semanas que podamos vivir tranquilos y seguros en nuestras casas.

En dos palabras: Cruz Roja.

Los periodistas: depositarios de un derecho de todos.

El primer eslabón de la ayuda.

La verdadera resistencia.

Mienstras hay agua, habrá vida.

Militares y civiles, unidos para evitar el desabastevimiento de fármacos.

Sin ellos, comer sería imposible.

Una mano amiga, una palabra afable.

El primer eslabón de nuestra alimentación.