OPINIÓN: Chusco

La Razón
La Razón FOTO: La Razón

Chusco era gente de bar, como la canción de Antonio Montana, para bien o para mal. Eso quiere decir que quien se ponía a conocerlo, también se exponía a medir la barra del local, algo que solía coincidir con la anchura de su corazón. Chusco formaba parte del ecosistema de una ciudad que, cuando se pone, se bebe la vida a tragos, y por eso era muy difícil no quererlo desde el primer minuto del partido. Y además, su dedicación Parrandbolera lo hacía más cercano, porque sus amigos del grupo habitaban en él. Siempre supe que desde la esquina de los bajos, Chusco observaba a su familia cuando cantaba, que se sentía orgulloso de poseer un libro humano donde las palabras hermano y amigo formaban parte de cada página. Chusco, El Chusco, formaba parte de cada ser humano que lo conoció y después lo quiso, o al revés. Un tipo sincero, extremo, genuíno y, claro, a su muerte, cantado. El otro día me lo encontré en la Calle Santa Teresa. Rozaban las nueve y andaba merodeando la esquina, como quien no encontraba algo. Me dijo que estaba esperando a dos de los suyos para irse a los Caballos del Vino. Allí lo vi por penúltima vez, porque la noche siguiente, cuando sólo quedaba su cuerpo en la Tierra, volví a verlo en el espíritu y en el recuerdo de su gente en medio de un alboroque, como él quería que lo recordaran. En el sitio del comienzo Parrandbolero, en la esquina de la barra del Legazpi, con una botella de vino y diez o doce elepés que sus amigos cantaron para que nadie se sintiera solo y la pupa no doliera tanto. Para bien, o para mal, como la canción de Montana, gente de bar. Descansa Fernando Pravia Chusco, con tu pañuelo rojo de Caravaca al cuello, con tu canción «No hago más ná» en la garganta de los que te añoran. Que haya alivio y sálvese el que pueda.