Lissner y Mortier por Gonzalo Alonso

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Stéphane Lissner será director de la Ópera de París a partir de 2015. Su deseo era volver a la capital de Francia. Allí ya estuvo, pero dirigiendo la Orquesta de París y el Chatelet, equivalente a nuestro Teatro de la Zarzuela. Lo dejó para incorporarse al Real (1995-97) contratado por Elena Salgado, aunque no llegó a ver su inauguración. Antes tiró la toalla y partió para Aix-on-Provence, de donde saltó a la Scala en 2006 de forma bastante incomprensible. Allí empezó su labor sin director musical, al igual que Mortier en Madrid, para luego decantarse por Barenboim. Su periodo «scagliero» deja un balance discutible por el déficit financiero y por la pérdida de personalidad que ha experimentado la meca de la ópera, convertida casi en un sucedáneo germanófilo. Baste apuntar que la próxima edición se abrirá con un «Lohengrin» a cargo de Barenboim y que quizá su mejor producción fuese el «Tristán» de 2007. Se pensó, dadas las generalizadas críticas cosechadas, que no renovaría contrato, pero los políticos prefirieron hacerlo antes que reconocer el error del nombramiento, aún a costa de una remuneración que supera el millón de euros.
Nicolás Joel dirige la Ópera de París tras la jubilación forzosa de Mortier en 2009. Antes de tomar posesión padeció un derrame cerebral que le produjo una parálisis parcial, ofreciéndose Mortier, entonces en paro tras el fiasco de su contrato en la New York City Opera, a reincorporarse. El ministro de Cultura desechó la oferta y Joel se recuperó en gran parte. Sin embargo, los recortes que se han anunciado para el teatro en los próximos años –tan sólo un 2,5% anual frente al 30% o 50% de los españoles– le han llevado a renunciar a prorrogar mandato. Lissner pisará mucho mejor en París que en Milán.

Él fue la gran apuesta de Gregorio Marañón tras la finalización del contrato de Antonio Moral, pero Lissner, que es persona muy astuta, jugó la baza para asegurarse la Scala por más tiempo y más dinero, además de que su nueva pareja deseaba quedarse en Italia. Y así llegó Mortier al Real, desde el paro y por carambola. Todo esto está en las hemerotecas, pero no que, cuando aún se pensaba en el regreso de Lissner a Madrid, el ministro César Antonio Molina quiso que el Liceo despidiese a Joan Matabosch y contratase a Mortier. «Así España tendrá a los dos más grandes», en ejemplo típico del derroche grandilocuente que nos ha llevado donde nos ha llevado.