Primera División

La guerra necesaria

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Fútbol Club Barcelona y Real Madrid son dos antagonistas que se necesitan. Su grandeza, en parte, está fundamentada en su rivalidad, en la disputa permanente de títulos y en las airadas polémicas que se han vivido desde el comienzo de los campeonatos.

El primer Madrid-Barcelona se jugó en el campo del Hipódromo con motivo de la coronación de Alfonso XIII y lo ganaron los barcelonistas. No hubo el menor problema. Uno de los catalanes, Alfonso Albéniz, tío bisabuelo del actual alcalde de Madrid, pasó a continuación a las filas madridistas porque vino a estudiar. Entonces se habló del cambio de «el señor Albéniz». Después ha habido otros trasvases que han incrementado las fobias. Herida jamás cerrada fue la de Di Stéfano.

La primera bronca del Madrid en Barcelona no fue contra el equipo azulgrana, sino frente a un club desaparecido, el Espanya, en una eliminatoria de Copa cuando no se había implantado el profesionalismo.

Antes del caso Di Stéfano se produjo el de Luis Molowny. Bernabéu se enteró en la estación de Reus de que el Barça había enviado por barco a un dirigente a contratar al canario y llamó a Jacinto Quincoces, secretario técnico, para que viajara en avión. Cuando llegó el catalán Rossend Calvet, Molowny ya estaba en Madrid.

Lo más doloroso fue Di Stéfano. El Barça compró los derechos al River y la FIFA, para acabar con el cisma de Colombia y la anómala situación de los jugadores extranjeros, obligaba a que también se pagara al Millonarios de Bogotá. Al presidente del Barça, Martí Carretó, le asustaron con una inspección de Hacienda y renunció a pagar a los Millonarios. El Madrid sí lo hizo, y con los derechos repartidos, en Consejo de Ministros se dieron instrucciones para que la sentencia estableciera que tenían que jugar dos años en cada club. El Barça renunció y el presidente Agustín Montal Galobart vendió el pase del River al Madrid con la frase de «per a vostés el pollastre» («Para ustedes el pollo»).

Aunque hubo trasvases de jugadores como Samitier, Tejada, Evaristo, Goywaerts, Milla y Muller entre otros, el más doloroso fue el de Figo, a quien le llovieron toda clase de objetos en su regreso al Camp Nou, incluida la cabeza del cochinillo.

Los conflictos han sido constantes especialmente desde 1943 en la eliminatoria de Copa en la que en Barcelona se pitó al Madrid como protesta política y ganó por 3-0. En la vuelta, un alto responsable de la Dirección General de Seguridad amedrentó a los barcelonistas en el vestuario recordándoles que algunos jugaban gracias a la generosidad del régimen. El resultado fue 11-1. La prensa de Madrid enalteció a los vencedores y en el periódico barcelonés del Movimiento «La Prensa» un joven cronista insinuó algunas de las cuestiones reprobables del partido. Se le retiró el carné de Prensa. Años después, Juan Antonio Samaranch fue presidente del COI. «No me jugaba los garbanzos», me dijo como explicación a su crónica.

El mayor escándalo en el Camp Nou fue la eliminatoria de Copa en la que Guruceta pitó un penalti a favor del Madrid por la falta que Rifé le hizo a Velázquez fuera del área.

En Madrid fue histórica la final de 1968. Ganó el Barça 0-1 por autogol de Zunzunegui. Llovió tal cantidad de botellas que a partir de ese día quedó prohibida su venta en los campos de fútbol.
Entre ambos clubes existen posturas políticas contrapuestas. En general, los barcelonistas sienten que su club está entrañablemente unido a Catalunya. Los madridistas sienten propia la rojigualda.

Una de las broncas más notables fue la que mantuvieron José Luis Núñez y Luis de Carlos, presidentes de Barcelona y Madrid, respectivamente. El presidente Josep Tarradellas se vio obligado a intervenir porque consideró que no era de recibo que desde el Camp Nou se hiciera política distinta a la de la Generalitat. Les forzó a firmar la paz, pero como se ha comprobado sólo fue una tregua. Entre Madrid y Barça la paz empieza nunca.