Salomón por María José Navarro

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Ha estado Rajoy en Río de Janeiro y un señor muy simpaticote de Naciones Unidas le ha confundido con el primer ministro de las Islas Salomón. Yo, la verdad, no lo veo mal. A priori, estoy de acuerdo. Bien es cierto que me suena raro que se pueda confundir a Rajoy con cualquier mandatario de etnia melanesia, pero desde que nos empeñamos un día sí y al siguiente también en vocear que no somos Grecia, ni Irlanda, ni Portugal y además añadimos muy enfadados que no éramos Uganda, yo creo que el mundo entero se ha hecho un lío grandísimo. Quizá, pensándolo bien, no seamos tan distintos a las Islas Salomón, más allá del colorcico de piel. Si olvidamos ese detalle sin apenas importancia y se acepta como nativa a una de Albacete con tono merlucero, tenemos muchas cosas en común. Se trata de una monarquía parlamentaria, acostumbrada en parte e históricamente a gozar de las ventajas del protectorado alemán, con algunas dosis de corrupción muy entretenidas, con una situación política que no facilita el crecimiento económico, se han bajado considerablemente los sueldos a los funcionarios públicos y para colmo el personal está loco por el fútbol, siendo su selección una de las más potentes a nivel continental. Luego aparecerán los tiquismiquis de siempre poniendo pegas: que si son muchas islas y se pierde mucho rato en la barca, que si en verano te asas, que si no te puedes dar un baño sin que aparezcan tres o cuatro tiburones, y que el aceite de palma da ardor de estómago. No seré yo la que siembre el camino de obstáculos. Debate sobre el estado de Salomón. Como si lo estuviera viendo, oigan.