Cataluña

Derecho de Rey por Martín Prieto

La Razón
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No me gustó la nueva web de La Zarzuela porque ni la libertad de expresión justifica que los enfebrecidos por las redes sociales interactúen con la Casa Real. Al Rey se le escribe, no se le pone un e-mail, pero el sistema no ha podido ser más oportuno para difundir la opinión de S.M. Juan Carlos I sobre los graves problemas que nos afligen. Acabo de escuchar a un tertuliano socialista que opina que la Constitución prohíbe al Rey hacer política en función que es inimputable. A veces parece que la Ley máxima está redactada en arameo o que sólo la leímos en 1978. Su título II reza: «El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones...». La letra constitucional obliga al Monarca a arbitrar y moderar, y eso no puede hacerlo en la más estricta intimidad. Pasando de la prosa al verso, podríamos recordar que la Reina de Inglaterra tiene derecho a ser informada y a expresar su opinión. Un Rey asépticamente mudo sería como el leño soberano en la charca de las ranas. Oigo sorprendido que la entrada real con una cibercarta supondrá una bomba para Cataluña. Artur Mas y sus pulgarcitos olvidadizos que hay siete millones de catalanes y charnegos que se han embriagado con la última Diada. Lo que a los nacionalistas secesionistas altera en otro texto constitucional: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles…». La Constitución estadounidense es la decana de las escritas porque corrido el tiempo ha ido siendo enmendada. La nuestra va necesitando remiendos pero hoy no hay carriles para la independencia de ninguna región. La carta de S.M. subraya la necesidad de unidad en tiempos de tribulación en los que no conviene hacer mudanzas porque con una deuda que suma cuatro veces más nuestro PIB no cabe el hermoso romanticismo nacionalista del siglo XIX. Si la crisis la afrontamos con sentimentalismos nos quedaremos hasta sin camisa y los nacionalistas radicales los primeros. La algarabía no sólo está en las calles, sino también en las fuerzas políticas y por eso el Monarca cumple con su deber de moderación y arbitrio. Nada más constitucional.