Ángela Navarro: «Hay que cuidarse antes de la quimio»

Ángela Navarro lleva 35 años en el mundo de la peluquería. Del 80 al 91 trabajaba en pasarelas internacionales. Hacía 92 desfiles al año, antes de abrir su centro de la calle Jorge Juan, en Madrid. Era la peluquera de la Pasarela Cibeles, tenía clientas famosísimas, había sido un referente en el mundo de la movida… No tenía ninguna necesidad de cambiar ese escenario. Sin embargo, de un día para otro, dejó prácticamente sola a su hermana al frente del negocio y se volcó en las necesidades estéticas de las personas que sufrían problemas oncológicos.

–¿Cómo llegó usted al tratamiento estético de las personas con estos problemas?
–Por la periodista Ana Muñoz, que tuvo un problema oncológico y vino a verme a Jorge Juan, donde Pepa le recuperó la imagen. Todo el mundo le empezó a preguntar por qué a ella no se le había caído el pelo, ni las cejas, ni nada, si estaba recibiendo el mismo tratamiento. Entonces, se sentó conmigo y me dijo, justo cuando yo estaba contratada por Carolina Herrera: «Esto lo tienes que contar». Y a partir de aquel momento, empecé a informarme de lo que ocurría con los enfermos oncológicos en todos los hospitales.

–¿Qué milagro hizo para que a ella no se le cayera el pelo?
–Se le cayó totalmente. Lo que pasa es que el que llevaba parecía el suyo natural.

–¿Fue entonces cuando se decidió a contar lo que hacía?
–En aquella época a Jorge Juan llegaban muchos pacientes de cáncer, ricos y famosos, que habían sido tratados en Houston. Y nosotros hacíamos con ellos lo que yo había hecho con Ana; pero a raíz de su caso, se pusieron en contacto conmigo una periodista de TVE y una psicóloga de la Asociación Española contra el Cáncer, y me liaron para que fuera a hablar con los enfermos y sus familias. No eran familias riquísimas, sino normales.

–¿De qué fecha estamos hablando?
–De hace 12 o 14 años. Cuando acabé aquella reunión, mi teléfono de Jorge Juan no paraba. Y de pronto descubrí que no podía ofrecer los tratamientos oncológicos en el mismo sitio en el que peinaba, por ejemplo, qué sé yo, a Bibiana Fernández. Sobre todo, porque había personas a las que les horrorizaba que la vecina supiera que tenían cáncer. Empecé a descubrir cómo era el mundo de las personas que lo padecen.

–¿Abrió un centro para atenderlas?
–No exactamente. Simplemente ocupé un semisótano que me dejó un amigo, aquí en Goya –yo lo llamaba «el chiringuito»–, y comenzamos a trabajar de verdad en este asunto. En esa época llegué a un acuerdo con la Asociación Española contra el Cáncer para atender altruistamente a 25 enfermos al año y a 5 o 6, no lo recuerdo bien, a precio de coste. Pero aquello era imposible, no sólo por la cantidad de gente que llegaba, sino porque pasaban cosas que yo no podía ni imaginar, como, por ejemplo, un día, de pronto despegué una peluca y me llevé la piel. Entonces me mareé, y me fui a casa directamente, me encontraba fatal. Por lo que me dije: «Tienes que aprender y que formarte para saber cómo tratar al paciente». A partir de ese momento, estuve cinco años sentada todo el tiempo que tenía disponible en los hospitales de Madrid, en las salas de radioterapia y quimioterapia, para ver qué pasaba.

–¿Y qué fue lo que descubrió?
–Pues en primer lugar que el paciente oncológico carecía de información. No sabía lo que le iba a suceder… Y que, lamentablemente, tampoco le importaba mucho a nadie, porque los pacientes de cáncer, entonces, se morían. Por suerte, ahora ya no. Eso lo he entendido mucho después, pero entonces me generó un odio total porque cuando despegaba una peluca y me llevaba la carne preguntaba: «¿Me puede decir el nombre de su médico, que ahora vengo?», y entonces me iba a preguntarle. Y, claro, le decía que era Ángela Navarro, la de Almodóvar, la de los desfiles de Cibeles… ¡en fin, que todo lo que me venía bien en mi mundo, en aquel me venía fatal, porque en vez de abrirme las puertas me las cerraba! Entonces dimití de Cibeles y me volqué en esto.

–Pero su trabajo era vital para los enfermos de cáncer y para sus familias, ¿no?
–Desde luego. Lo era para muchos. Vivir sin que se supiera que tenían cáncer, sin que lo supiera la vecina… Y era vital que Sanidad prohibiera, como se prohíbe a día de hoy, pegar una peluca. Pero para eso tenía que aprender yo, saber qué era lo que tenía que hacer y contárselo también a los propios médicos, que finalmente estaban conmigo y me escuchaban, los mismos que acabaron ayudándome en el proyecto de formación.

–Y así nació la Asociación Española de Estética Reparadora Integral…
–Exactamente. Tiene como objetivo informar a los pacientes de cáncer, realizar I + D y financiar los tratamientos de los pacientes con ingresos modestos. También realizamos talleres de autocuidado, ofrecemos cursos para el personal sanitario y los profesionales de la imagen personal, y publicamos guías divulgativas. Además, intentamos subvencionar tratamientos cosméticos y prótesis capilares para aquellas personas que no tienen recursos económicos.

–Por suerte, ahora cuenta con más ayudas que al principio, ¿no?
–Desde luego. Las cosas han cambiado mucho. Cuando me puse a trabajar en la guía de autocuidados, estaba casi sola... Y hoy está en Sanidad. Pero hasta que Sanidad reconoció el proyecto y lo colgó en su página web, y por fin el paciente parecía «autorizado» a cuidarse, sin que se lo tuviera que decir su prima o su amiga, pasó bastante tiempo y yo me dejé mucho dinero. Por eso, cuando vi que no podía continuar sola con las tareas de formación e investigación, me dirigí a los laboratorios para pedir ayuda. Pero sólo encontré uno, Astrazéneca, que me editara la última guía que ya está funcionando en todos los sitios.

–¿Por esa necesidad de ayuda transformó su asociación en una fundación hace un año?
–Sí. Necesitamos ayuda, no podemos hacerlo todo solos, porque informamos a los pacientes, formamos a los especialistas en imagen e incluso a los enfermeros… Hemos ofrecido tres cursos en la Comunidad de Madrid con la agencia Laín Entralgo, que es un organismo de la propia consejería de Sanidad, de peluquería y estética, para que los profesionales sepan cómo trabajar con enfermos de cáncer; y, asimismo, hemos colaborado con el Ministerio de Educación para que esto sea una parte más de la formación actual. De hecho, el último curso que hemos impartido se ofertó en 17 comunidades.

–Y además, realizan investigaciones, que es importantísimo.
–Muchísimo. Porque todos los casos de cáncer son distintos. Hay personas que sólo necesitan quimioterapia y aunque se les caiga el pelo luego les vuelve a salir; otras requieren radio y puede ser que ya no vuelvan a tenerlo en la zona en la que hayan recibido el tratamiento. Y, de momento, ahí no se pueden poner injertos, sólo existe la posibilidad de recurrir a la peluca; pero, además, hay muchas alergias que necesitan líneas de cuidados y tratamiento específicas…

–Los enfermos de cáncer, ¿deben empezar a cuidarse antes de recibir el tratamiento?
–Por supuesto, es muy importante que vengan antes. Porque existen manicuras y pedicuras para tratarse las uñas y la piel que se verán afectadas.Y en cuanto al pelo, no es lo mismo que yo sepa cómo lo tenían antes de que se se les cayera a que vengan ya sin él. Incluso hacemos tocados o pañuelos con pelo para que las pacientes estén monas en su casa, cuando se van a dormir. Si se ven bien, como todos, se sienten mejor.


Personal e intransferible
Ángela Navarro es todo energía y vitalidad. Habla sin parar y ya pide ayuda sin vergüenza: «Mi sueño ideal es que todas las empresas a las que les sobre un duro compartan conmigo algo y podamos dar el servicio a quienes no tienen posibles para tener cubierto el deterioro del cáncer». Está tan dedicada, en cuerpo y alma, a su fundación para el tratamiento estético de pacientes oncológicos, que su marido estuvo a punto de divorciarse de ella y su hija la regañaba sin parar, hasta que consiguió involucrarlos a ambos en el proyecto. Es tal la intensidad de su trabajo, que, de cuando en cuando, necesita escaparse para reírse y recordar sus años dedicados por entero al mundo de la moda y la frivolidad. Y es entonces cuando suele decir: «qué bien todo lo que he trabajado y lo guapa que puedo dejar a cualquier persona». Le falta añadir: aunque tenga cáncer.

DE CERCA
«A una clienta tuvieron que quitarle una oreja por un cáncer. Llevaba siete operaciones para hacerse un injerto. Le realizamos una prótesis de pelo, que se pone y se quita cuando quiere, y se ve tan bien que le ha dicho a su médico: ‘‘No me llames para ponerme la oreja...''»