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Genio y figura por Consuelo Císcar

María Jesús Manrique –madre de Jorge– y yo disfrutábamos hablando de él y de su ingenio. Lamentablemente Jorge acaba de escribir su última escena, acaba de decir su última frase como protagonista de su vida.

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A pesar de saber de la gravedad de su enfermedad, de las dificultades que ésta le provocaba en los últimos meses, uno nunca está preparado para aceptar la muerte de un ser querido. Se ha ido pronto, muy pronto. A una edad en la que todavía le quedaban muchos triunfos que conquistar en ese escenario de las artes que tanto le fascinaba y en el que había logrado un sólido reconocimiento ante la crítica y la sociedad, así como admiración y cariño por parte de quienes le conocimos. Le fue difícil vivir bajo la mirada atenta de todo el mundo al saber que era el hijo de un genio como fue su padre. Sin duda, esa carga genética le acompañó siempre. En ella encontró las reflexiones de un padre que asistió a un hijo con talento; de otra parte encontró a una sociedad que le exigió siempre un poco más por llevar un apellido marcado por la fama. En cualquier caso, vivió su vida, la que le hacía más feliz, la que le conectaba con otros artistas para soñar y crear.

De este modo fue un reconocido promotor de la Movida que a tantos talentos impulsó y que tanto ayudó a que este país se renovara artísticamente. Esa vida de excesos culturales, de ideales y de nuevas formas de pensar lo situaron en un ambiente proclive para desarrollarse como autor literario. Quiso hacer su aportación a Valencia dirigiendo la Mostra durante un par de años, entre el 2001 y 2002. Pero su talento le desbordaba y necesitó salir de los despachos para seguir creando, inventando y proyectando su vida entre la realidad y la ficción. Optimizaba todos los recursos que la vida le ofrecía. Su complicidad y ternura actuaban de dinamizador. Su conversación era atractiva, novedosa, y sus gestos, exquisitos. Tenerlo cerca era contar con un patrimonio único. Hoy, desgraciadamente, no vivimos un capítulo de ninguna novela de ficción o nos instalamos ante un desdichado poema del irreverente Bukowsky, que tan bien tradujo. Estamos frente a la realidad más insolente que nos hace ver que un amigo excelente ha cruzado la frontera para siempre. Nos quedan sus ideas-fuerza.