La pérdida de España

La Razón
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Han transcurrido mil trescientos años. Y sin embargo, algunos de los efectos de aquel acontecimiento, malaventurado para la Cristiandad europea, siguen proyectando sus consecuencias todavía entre nosotros. Dos partidos políticos enfrentados, especialmente en torno a la cuestión sucesoria, desgarraban la Monarquía wisigoda. Y uno de ellos, el de los witizanos, que contaba con ayudas entre la alta nobleza y el alto clero –Julián y Opas se incrustarían en nuestra leyenda– decidieron recurrir al auxilio de los berberiscos recientemente convertidos al Islam, confiando en que les permitirían destruir a Rodrigo y hacerse dueños del poder. Perolos que con Tarsis vinieron y destruyeron en Guadaleta al monarca visigodo, obedientes a su emir Muza, decidieron los contrario: ahora el poder es nuestro y vamos a quedarnos con él. Muchas veces sucede esto a lo largo de la Historia; quienes buscan aliados acaban siendo simples instrumentos en sus manos. El Islam, abierta la brecha, amenazando a Europa por todos sus flancos, dio enorme impulso a la expansión. Treinta años después o quizas algo más tarde, un monje mozárabe que vivía en las afueras de Coirdoba, cuyo nombre ignoramos, comenzó a pensar en todo esto. Y descubrió que no se trataba únicamente de la caída de un sistema político, el reino visigodo de Toledo, sino de algo más; y la calificó de «pérdida de España». Ciertamente era así. Lo que se había perdido era algo más que un esquema político, cuyas deficiencias describe sin la menor duda, sino todo un modo de ser, de creer y de esperar, herencia de Roma de donde procedía también y muy precisamente el nombre, Hispania. Los musulmanes comenzaron precisamente por borrar este nombre y, recurriendo a raíces anteriores, fabricaron el de al-Andalus. Pero al-Andalus no coincidía con la Península. Allá en los altos valles cantábricos o pirenaicos, focos de resistencia habían conseguido afincarse, obteniendo incluso una mínima victoria que fue engrandecida con posteriores leyendas. La gran cueva no quería ser parte de al-Andalus. Ella era «España». Y todavía en broma decimos los asturianos que, a fin de cuentas, Asturias es España y todo lo demás tierra conquistada. Una de las grandes singularidades históricas estaba ahí. Fue ella la única nación que el Islam no pudo retener: en un esfuerzo, focos de resistencia lograron recobrar el territorio perdido. Y, al final, rondando la fecha clave de 1492, un humanista, el bachiller Palma, pudo decirnos: «Quien vido a España un reino, un principado tan grande». Pero volvamos ahora a nuestro amigo el anónimo monje mozárabe que trataba de continuar la línea de San Isidoro. Para él, un acontecimiento decisivo acababa de producirse: el año 732, Carlos Martel había conseguido detener el empuje musulmán y obligarle a dar la vuelta. Y el mozárabe llama a los soldados del carlovingio «europenses». Aquí ya no cabe duda. Es Europa la que se enfrenta a los que hablan la lengua árabe y, desde el latín, y no desde el germánico, defiende un mundo en el que la persona humana es protagonista. Y esos retazos que aún siguen en pie de la antigua Hispania son reconocidos también como parte de Europa. De este tampoco cabe la menor duda; aun partida en pedazos, España sobrevive como una nación. Es cierto que este término se aplica durante la Edad Media de muy diversas maneras ya que lo que intenta significar es naturaleza o nacimiento. Pero resulta muy significativo que en ningún momento haya dejado de considerarse parte de Europa, cuando ésta todavía prefería llamarse Christianistas o Universitas cristiana. Los resistentes de los altos valles y del litoral cantábrico muestran un agradecimiento profundo a Carlomagno y lo que él significó. Cuando pudo incorporar a sus dominios la parcela oriental del Pirineo, llamó a este dominio Marca Hispánica. Y cuando Asturias II que es una parte de ese ámbito carlovingio. Primera lección que de estos acontecimientos remotos que ahora conmemoramos, aunque sin celebrarlos, es ésta: los partidos políticos deben tener sumo cuidado; a veces, en sus enfrentamientos, aparte de la batalla por el poder, están poniendo en juego la estructura misma de aquello que dicen estar dispuestos a defender. Se debe establecer muy claramente el orden de valores prestando atención y servicio a aquello que es verdaderamente importante, el bien de la «república». Así al menos lo expresaban los documentos medievales. Segunda lección: España es una nación y de ella se hacen eco preferente muchos de los autores medievales. El que escribe un poema sobre Fernan González no duda en decir que «de toda España Castilla es lo mejor». A lo que replica años más tarde las Crónicas del Ceremonioso: nadie piense de otro modo ya que «Cataluña es la mejor tierra de España». Se me dirá que me estoy moviendo en medio de las brumas del pasado. Pero no puedo olvidar que cuando los mercaderes cántabros y vascongados forman, en Brujas, una Universidad dotada de privilegios para su comercio, la denominan «nación española». Como emblema, ya que en ella predominaban los vizcaínos, escogieron para sí el árbol de Guernica y los lobos que formaban el esquema de la Casa de Haro que acababa de fundar Bilbao. Tercera lección y, sin duda, la más importante. Esa nación española se vincula íntimamente a Europa, de la que forma parte. Es mucho lo que Europa debe a España, pero es mucho más lo que ésta debe a Europa. Olvidarlo, en estos momentos, sería causar un gran daño. Pero Europa tiende a la unidad, considerándola como muy superior a los apartamientos que tanto daño nos hicieran durante siglos. Y parece que los españoles, al menos en número apreciable, estamos optando por una solución divergente. El año 711 es un buen instrumento para la meditación. En la Historia, los errores que se descubren tienen también una gran importancia.