El bisnieto de la lavandera

La Razón
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Mi espíritu monárquico se ha reforzado. No puedo ser más juancarlista. Mi más respetuosa y fervorosa felicitación a Don Juan Carlos por no enviar a nadie a la boda del arrogante Alberto II de Mónaco con Charlene Wittstock, una ex nadadora con pretensiones de Grace Kelly. El principado de Mónaco es una cosa pequeña e insignificante que fue salvado de la ruina con la boda de su padre con la famosa actriz e hija de un nuevo rico estadounidense. Kelly tenía glamour, pero no ha tenido mucha suerte con sus hijos. No quisiera olvidar la ayuda de Onassis, otro nuevo rico, que también fue clave en salvar las paupérrimas finanzas principescas. Mónaco es un resquicio de la Edad Media y lo razonable es que se hubiera integrado en Francia. El actual príncipe es el bisnieto de una lavandera o camarera, dicho con respeto a estas profesiones, que fue la amante de Luis II. A su hija la casaron con un Polignac y, por supuesto, no gobernó el principado. Lo hizo su hijo. No hay grandeza en los actuales Grimaldi. Otra boda, aunque menor, para la prensa del corazón.