La guerra camuflada

La Razón
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La guerra de Afganistán empieza su final. En un par de años las tropas de los Estados Unidos y del resto de países se habrán ido casi por completo. El anuncio de la retirada a plazos de los norteamericanos ha brindado esta semana a nuestro Gobierno la posibilidad de encontrar la excusa perfecta para salir de un problema diluido y disimulado ante los ojos de la sociedad española. Desde el desastre del helicóptero en 2005, cuando murieron 17 militares al estrellarse el aparato en que viajaban, hemos asistido a una ceremonia continuada del camuflaje político y el eufemismo semántico. Nuestros gobernantes han preferido no saber más que lo justo de lo que ocurre en aquel territorio. Nunca han reconocido como tal la existencia de una guerra. Lo que en Afganistán se ventila es algo más que la reconstrucción y la paz. Ambas cosas eran imposibles sin la presencia de miles de profesionales que han combatido a un enemigo que ha preferido golpear y esconderse a la espera del aburrimiento de las opiniones públicas occidentales y sus dirigentes. El Gobierno Zapatero ha mantenido y aumentado el despliegue heredado del Gobierno Aznar y además ha autorizado la participación española en las operaciones aéreas sobre Libia. En ninguno de los dos casos se ha empleado un lenguaje propio de los acontecimientos. A base de giros calculados y subordinadas tácticas el Gobierno ha esquivado la realidad con el fin de no molestar al propio convencimiento. Ni Zapatero ni Chacón han podido sacar las tropas de Afganistán porque no les han dejado. El compromiso español con la OTAN y por extensión, y sobre todo, con Estados Unidos les ha obligado a ir a una segunda guerra. Fue fácil lo de Irak. Pero al final el único país con posibilidades de aproximarse a un sistema democrático es del que nos fuimos corriendo. Lo de Afganistán no está resuelto y se quedará a medias. Si tan poco nos importa que los saquen ya para evitar más bajas. El esfuerzo y el sacrificio de nuestros militares están fuera de duda. No debería taparse debajo de un caparazón del tiempo el trabajo de cientos de jóvenes españoles destinados desde hace diez años en una tierra hostil por naturaleza.