Agresores = víctimas

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Vivimos unos tiempos en los que el falso concepto de democracia, la falta de asimilación de sus virtudes –y defectos-, y los ataques que recibe de los que están «fuera de» y «dentro de», y de algún que otro espontáneo, la han pervertido hasta el extremo de cambiar el orden natural de las cosas, de las actuaciones y de los méritos. Ahora, no sufre la víctima, sufre el agresor –siempre supuesto aunque lleve las manos manchadas de sangre- cuando es descubierto y puesto en evidencia; sufre cuando se menciona el daño que ha causado; sufre cuando su nombre aparece escrito a plena luz del día y ya no le es posible ocultarse en el anonimato cobarde; sufre cuando se le ignora, cuando se mencionan sus atrocidades, y para aliviar sus sentimientos recurre a todo: a la violencia, al insulto, a la lástima, al coro de carroñeros dispuestos a cebarse en la dolorida carne de la víctima.
Sufre, y se le da crédito a su sufrimiento, y se buscan las razones para justificar sus delitos a la vez que, en un acto que en cualquier persona sensible provocaría el vómito, degradan, insultan calumnian y vierten mentiras sobre la víctima, indefensa ante una sociedad que aplaude al agresor, vuelve la cabeza para no ver, o dice –recordando los tiempos de la dictadura y después las «hazañas» del terrorismo, y no se olvide que éste tiene muchas caras- «algo habrá hecho». Y, mientras el agresor representa el papel de víctima, a la auténtica sólo parece quedarle el silencio, la ocultación de sus heridas, porque si se atreve a alzar la voz y pedir justicia, los políticamente correctos, los demócratas de toda «su» vida, los agresores –físicos y psíquicos- la llaman fascista, porque la libertad de expresión es patrimonio de ellos y de sus emponzoñadas lenguas.