La foto por Alfonso Ussía

La Razón
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La primera visita del Rey al Palacio de Buckingham no fue divertida. La Reina de Inglaterra y su marido invitaron a un almuerzo privado a Don Juan, Doña María y su hijo Don Juan Carlos. El Rey se formaba en la carrera militar en la Academia General de Zaragoza, y por el eterno problema de Gibraltar, se negaba a hablar en inglés. Lo chapurreaba, en tanto que el francés lo dominaba a la perfección. Don Juan se lo había advertido. «Te honra tu patriotismo. Pero dominar el inglés es fundamental para tu futuro». En aquel almuerzo el Rey apenas abrió la boca. Y comprendió que tenía que aprender a hablar inglés, idioma que hoy domina como un nativo. De cualquier manera, el Rey era alférez del Ejército de Tierra, tenía dieciocho años, y aquella resistencia a hablar en el idioma de los ocupantes de Gibraltar, todavía me cae bien.
Don Juan era hijo de una princesa inglesa, Victoria Eugenia de Battenberg, nieta de la mítica Reina Victoria, y probablemente su preferida. Cuando se proclamó la Segunda República, Don Juan se hallaba en la Escuela Naval Militar de San Fernando. Alfonso XIII pidió al Rey de Inglaterra que su hijo pudiera seguir su formación de marino en la Armada inglesa. Y alcanzó el empleo de oficial, hasta que tuvo que abandonar la marina británica por no renunciar a la nacionalidad española. Decenios más tarde, en Cartagena, a bordo de la fragata «Beaver», el Lord Mayor del Mar, Almirante Stavley, en nombre de la Reina Isabel II le entregó su título de Almirante Honorario de la Armada inglesa. Con el título, una copia del expediente de sus notas, de los mejores de su promoción, que Alfonso XIII nunca le reveló para que no decayera su esfuerzo. En la Armada inglesa Don Juan era «John of Spain». Siempre estuvo agradecido a la Marina británica, y, como hijo de una princesa inglesa, quería y respetaba la Bandera de la «Unión Jack». Pero no en Gibraltar. En Gibraltar le molestaba sobremanera su contemplación. He contado que en su último paso por el Estrecho, a principios de septiembre de 1992, a la altura de Punta Europa, con un buen viento de levante a favor, rumbo al Puerto de Santa María, Don Juan cumplió por última vez con su rito. Lo afirmo porque me hallaba a bordo. A los pies de la gran roca ondeaba la bandera británica. «Quiero y respeto mucho esa bandera, pero ahí sólo puede estar la nuestra». Y se le fue un corte de mangas.

Gibraltar es el eterno problema que separa a la Gran Bretaña de España. Un regalo de tierra de Felipe V, que no de mar. Las aguas son españolas, como el terreno ocupado y construido como aeropuerto. La no asistencia de la Reina a la cumbre Real de Windsor para celebrar los sesenta años de reinado de Isabel II ha sido motivo de debate. El Gobierno de España se lo ha desaconsejado, y la Reina ha cumplido con su obligación. Su lugar en la foto, a la derecha de Isabel II, lo ocupó Miguel de Rumanía. «Conflicto político» han escrito los rotativos ingleses. Todo está medido. Ante una falta de cortesía británica, España responde con un gesto simbólico. Llevamos así trescientos años. Por mi parte, después de contemplar la fotografía oficial, manifiesto mi alegría por la ausencia de nuestra Reina.

Escribe Manuel Calderón que un viejo monárquico, con muchos y brillantes servicios a la Corona, preguntado por sus preferencias entre monarquía y república, respondió: «Prefiero la República francesa o portuguesa a la monarquía absolutista de Swazilandia, y la monarquía sueca o noruega a la República de Corea del Norte o de Cuba». La sentencia es de Luis María Anson, que también nos recuerda que nueve de los quince países más democráticos, adelantados, libres y prósperos del mundo son monarquías. Menos la Corona española, allí en la foto estaban todas representadas. Pero chirriaban otros personajes de menor importancia, tradición y méritos. Ahí posó, y en primera fila, el simpático golfo de Mswati III, Rey de Swazilandia, decimoquinta fortuna del mundo, dueño y señor de todas las vírgenes swazis. Ahí estaba el supermillonario Sultán de Brunei, nada partidario de reconocer a las mujeres el derecho de sufragio. Letsie III, Rey de Lesotho, una nación arruinada a costa de su fortuna personal. El tirano Rey de Bahrein, y los sospechosos malayo, kuwaití, tailandés y el heredero de Abu Dhabi. Y el tonto de Mónaco, que, la verdad, viajar hasta Windsor para toparse con el tonto de Mónaco no merece la pena. Los festejos han pasado, la Reina no ha viajado a Inglaterra, Isabel II ha celebrado su aniversario –respeto y admiro mucho a esa gran Reina–, y aquí no ha pasado nada. Mejor así. Pero el problema no terminará hasta que Gibraltar se convierta, en principio, en un condominio, para dar paso a la recuperación de la soberanía española. No tiene sentido esa colonia.