Una revista con estrella

Cuando se estrenó «Las Leandras» en su versión cinematográfica, la que el próximo viernes regala este periódico, Rocío Dúrcal, Marieta para los amigos, me dijo, y no sé si lo publiqué, que «El Pichi» le parecía bastante machista, algo obvio pero que no se oía mucho en aquellos tiempos.

Celia Gámez conversa con una joven Rocío Dúrcal en «Las Leandras»
Celia Gámez conversa con una joven Rocío Dúrcal en «Las Leandras»

De cualquier forma, le había encantado protagonizar lo que ella consideraba (ella y millones de personas) una revista mítica y trabajar junto a una «vedette» mítica como Celia Gámez. Algunos vieron en estas Leandras una especie de transición artística: se iba la vieja «vedette» y nacía la nueva estrella. Un servidor bailaba con ella en J.J. (discoteca en los bajos del Palacio de la Prensa) cuando aún no había decidido si le gustaba Juan o Junior y siempre bajo la estricta mirada de Luis Sanz, el representante artístico que la descubrió, su gran Pigmalion.

Marieta había faltado mucho a clase porque tenía que trabajar en casa: había cinco hermanos a los que atender y un padre taxista que no quería ni oír hablar de los gorgoritos de la niña.
–El único que me apoyaba era mi abuelo, que me llevaba a escondidas a los concursos de la radio y era mi gran admirador.

Bueno, pues llegó «Primer Aplauso» (TVE) y nada más verla en pantalla Luis Sanz vio con claridad que allí estaba su estrella. La llamó, la fichó y ya no la soltó. Películas de éxito («Canción de juventud», «Rocío de la Mancha»...) y canciones de éxito. Un marido, Antonio Morales «Junior». Hijos. Teatro, más discos y la gloria y el éxtasis en Latinoamérica, especialmente en México. Hoy se la considera la solista que más discos ha vendido: 65 millones. Pero Marieta también conoció sinsabores, desdichas y bajadas a los infiernos.

Quizá por eso, su hija Carmen Morales no ha querido ser Marieta en la serie que pretende grabar Telecinco sobre la vida de Rocío. Quizá no le ha gustado todo lo que ha leído en el guión. Pero al final, alguien dará vida a la estrella para, en algún momento del biopic, arrastrarla por algunos arrabales con un fondo musical de viejo tango, como una Judy Garland a la española. Es lo que vende. Recuerdo que una noche, en el debut de alguien, me dijo en un aparte:

–Tengo un cáncer, Amilibia. No lo cuentes.
–No lo contaré. ¿Quieres que te llame y tomamos un café?
–Vale.

Y le di fuego a su cigarrillo. No lo conté, pero ya estaba con la quimioterapia. Ahora tengo delante la entrevista que le hice para este periódico pocos meses antes de que falleciera. La disculpa era el Premio Naranja que le acabábamos de conceder la Peña Periodística Primera Plana. Marieta me decía, entre otras cosas, que sus relaciones con la Prensa siempre habían sido buenas (era verdad) porque ella era amable por naturaleza.

–¿Y cómo lleva que le pregunten todo el día por su salud?

–Lo llevo bien porque ahora estoy bien; mire, tengo pelo y estoy visible. Y lo llevo bien porque soy fuerte. Y soy fuerte porque quiero. No me dejo llevar por las penas ni por el fatalismo. Eso sí: a mí me encanta que me mimen, y ahora más. Y es verdad que me miman mucho.

–Dijo Bolívar: «El arte de vencer se aprende en las derrotas».

–Es verdad. Yo no he conocido muchas derrotas, pero sé que de ellas se aprende más que de las victorias.

–¿Qué ha aprendido en estos últimos meses, de Madrid a Houston y de Houston a Madrid?

–A estar más relajada, a verlo todo con más distancia. He perdido angustias y ahora valoro más las cosas. Salgo todos los días al jardín a recoger rosas, siempre lo he hecho. Pero ahora las cojo de otra forma, las miro y las huelo de otra forma. Gozo más.

–Algo llevará mal...

–Tengo 60 años y me gustaría no dejar de cantar ahora. Ahora, no, por favor. Quiero volver y luego dejarlo poco a poco, acostumbrándome a la despedida. Que no sea por una enfermedad. No quiero que la enfermedad me pueda.

Pero, al final, la enfermedad puede con todos, hasta con ella, la siempre vital Marieta, la española con alma ranchera, la que me confesaba que nunca había dicho, ni en los peores momentos, «qué mala suerte tengo». Sin atreverse a salir de casa «porque no estaba visible», se fue apagando tirada en el sofá, en chándal, viendo películas antiguas. En el cementerio la lloraron los guitarrones de un mariachi a los sones de «Las golondrinas» y sus cenizas están repartidas entre México, EE UU y España.