Mayo del 68 por Pedro Alberto Cruz

La Razón
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Puedo asegurar, para iniciar el artículo sin complejos, que yo no estaba en París en mayo de 1968, y que me alegro de no haber estado porque de haber sido así hoy no podría escribir –ni nunca- de la revolución de la que fui, y quise ser, protagonista en aquella primavera murciana, apenas conmovida por manifestaciones y barricadas, y sí testigo y cómplice de la consolidación de una idea todavía vigente, todavía en ebullición y no aburguesada y convertida en souvenir nostálgico como la parisina.

Al igual que en cualquier otra revolución, hubo una serie de acontecimientos previos que prepararon el camino, que lo allanaron eliminando los obstáculos para que su recorrido fuera rápido, acelerando los ritmos para que la consecución de los objetivos fuera pronta y eficaz. La lógica, apoyada en el sistema reflexivo de las apariencias, ponía delante de mí los fantasmas del miedo al fracaso; pero, movido por la misma fuerza que cambia regímenes y altera las pautas de la historia, no le hice caso y lancé el ataque a mi Bastilla particular.

Y la revolución triunfó porque lo que estaba frente a mí se puso a mi lado, porque al compartir el mismo objetivo unimos las fuerzas, y porque a mi deseo sumó el suyo de mantener siempre encendida la llama, de no disminuir el ímpetu inicial, de no dejarse llevar por la acomodación de lo conseguido, y de mantenerse firme en la idea origen de aquel estallido revolucionario, todavía vigente, todavía en proceso.

Hoy, al conmemorar el aniversario de nuestra Revolución de mayo, la alegría con la que estaba preparando el acontecimiento se ha visto empañada por la desaparición de un amigo, testigo muchos años de la permanencia del impulso inicial. A él va dedicado mi, nuestro, recuerdo.