El jeroglífico de Kim Jong Un

El mundo se pregunta si continuará el plan nuclear del «Amado líder» o abrirá la economía para evitar el colapso

Kim Jong Un, ayer, en el velatorio de su padre
Kim Jong Un, ayer, en el velatorio de su padre

«Un punto interrogativo de muerte. El enigmático heredero podría ser un excéntrico peligroso». Este titular no habría desentonado hoy en las páginas del «Washington Post», pero apareció el 9 de julio de 1994. El artículo intentaba responder a la pregunta del momento: ¿Quién era Kim Jong Il y cómo iba a gestionar la difícil situación por la que pasaba Corea del Norte tras la muerte de su padre, Kim Il Sung? Entre los analistas que opinaron aquellos días, algunos confiaban en que el joven líder abriese poco a poco la mano e iniciase la senda de las reformas económicas, la misma que China había emprendido quince añosantes con aparente éxito.
Otros, menos optimistas, sospechaban que podría ocurrir lo contrario: que Kim Jong Il optase por cerrar aún más el puño y mostrarse agresivo con el exterior para perpetuar un sistema cuya economía acababa de hundirse a causa de la caída del Muro de Berlín. Al final, la quiniela la acertaron los pesimistas, pero podrían no haberlo hecho. Eran puras hipótesis. Diecisiete años después, el mundo se hace la misma pregunta con el tercero de la dinastía Kim.
¿Será un nuevo Deng Xiaoping que traerá la economía de mercado o un lunático más peligroso que su padre, un veinteañero irresponsable y, además, con armas atómicas? En Seúl, la mayoría de los expertos y fuentes de inteligencia se inclinan a pensar que, si consigue asentarse en el poder, Kim Jong Un marcará una línea continuista, al menos al principio. El régimen, de hecho, pareció querer atribuir al entonces desconocido heredero la responsabilidad del bombardeo de la isla surcoreana de Yongpyong de finales de 2010, el incidente más grave que ha vivido la península coreana en estos años y que hizo saltar todas las alarmas bélicas. Una evidencia, se dice, de que su estrategia será la línea dura: la del militarismo férreo que defendió su padre. Pero la muerte de Kim Jong Il abre un interrogante mucho más urgente que ése: ¿realmente conseguirá el imberbe hacerse con las riendas? La propaganda reafirmó ayer la idea de que el joven cuenta con el apoyo del Partido de los Trabajadores y del «pueblo norcoreano», utilizando al referirse a él los adjetivos reservados a su padre y dándole un lugar privilegiado en las ceremonias de luto, así como en las coberturas mediáticas, detalles que tienen una importancia vital en un régimen obsesionado con los símbolos de su liturgia. El «Gran Sucesor» también ha recibido ya la bendición de Rusia y China, muy preocupados por evitar las consecuencias que tendría para toda la región un accidentado colapso de Corea del Norte. Pero la preocupación de Pekín evidencia que no es descabellado pensar en posibles luchas de poder o, incluso, en que el régimen se venga abajo aparatosamente. «Hay un riesgo serio de inestabilidad. Una vez que acabe el funeral y durante unos seis meses la incertidumbre será máxima. Hay muchas posibilidades de que las cosas salgan mal», opina Jia Qingguo, de la Universidad de Estadios Internacionales de Pekín. A su juicio, la falta de experiencia de Kim Jong Un, su escasa relación con las élites militares y el pésimo momento que atraviesa el país en el plano diplomático y económico podrían estallarle en las manos. Consciente de la fragilidad de su heredero, se cree que Kim Jong Il le dejó el camino expedito antes de morir, creando un equipo de regentes que, según algunas voces autorizadas, gobernará «de facto» el país durante algún tiempo. Es algo que ya ha pasado en Corea del Norte: el propio «Gran Líder» tardó cuatro años en asumir «plenos poderes»; y eso que llevaba ya una década pegado a su padre para aprender el oficio de dictador. Para conocer a quienes ayudarán a dar los primeros pasos a «Kim III», muchos analistas sugieren mirar la última foto que se tomó del dictador. En ella se le puede ver bajando por unas escaleras mecánicas. A una distancia prudente le siguen un grupo de personas. Su orden podría ser el mismo en el que se apoye la regencia. La primera es la hermana pequeña de Kim Jong Il y tía del «Gran Heredero», Kim Kyong Hui, una de las personas más cercanas al fallecido dictador en sus últimos años de vida y ascendida a general y miembro del Comité Central del Partido en 2010, en plena campaña para preparar la transición. Justo detrás se encuentran el propio Kim Jong Un y un anciano Jang Song Thaek. Es el marido de Kyong Hui, «fontanero» gubernamental y fiel amigo de la familia, que debería actuar como «valido» y guiar al imberbe Kim en sus primeros pasos. Y lo cierto es que el futuro del régimen y sus armas nucleares podrían estar más en manos de esta pareja de ancianos que en las del inexperto veinteañero.


Los militares, la columna vertebral
Kim Jong Il entendió que el lugar de Corea del Norte en el mundo postsoviético estaba en el desarrollo armamentístico y militar por encima del bienestar de su pueblo. Este estamento ha acumulado un poder neurálgico en el minúsculo país. Una de las grandes incógnitas que rodean a Kim III es si conseguirá la aceptación unánime de los militares. Con este propósito, el heredero de la dinastía comunista habría labrado en estos dos últimos años un círculo de confianza de militares. El general del ala dura y jefe de la Inteligencia, Kim Yong Chol, de 65 años, se habría convertido en su mentor.


Último baño de masas
Los norcoreanos pudieron ayer contemplar el cadáver de su «Amado líder». La parafernalia del velatorio estuvo acorde con el sistema de culto a la personalidad propio del estalinismo. Todos los miembros del Partido de los Trabajadores acudieron a rendirle pleitesía póstuma, incluido su hijo, el «príncipe heredero»