La historia interminable

La Razón
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Durante medio siglo, Eta ha horrorizado a España con su barbarie. Cuando creíamos que, asfixiada por el brazo de la ley, se estaba disolviendo en la nada, la más alta estancia judicial del Estado le hizo el boca a boca y, a estas alturas, la suya parece de nuevo una historia interminable plagada de «éxitos». El último, con todos los créditos que otorgan los cientos de miles de votos recibidos. El paraíso socialista etarra en las tierras vascas está en construcción tras la toma del poder institucional por los batasunos, avalados por las urnas. Es evidente que Eta está ganando la partida; quien niegue la evidencia miente o se engaña a sí mismo.
Es sabido que el terror se dirige siempre hacia dos objetivos: el Estado, al que intenta derrotar, y el comportamiento político de los ciudadanos que votan y forman parte de la sociedad y el propio Estado. En los años del franquismo, los de Eta se arrogaron el papel de luchadores antifranquistas por la libertad. El asesinato de Carrero Blanco les reportó la simpatía de algunos que luego se vieron obligados a condenar la bestialidad de la banda durante los llamados «años de plomo», ya en la Transición, cuando España enterraba –abochornada, abatida y confusa– a sus muertos, que caían por docenas (hombres, mujeres, niños… total, daba igual). Esos muertos, víctimas del tiro por la espalda al estilo cobarde de Eta, eran los mártires sacrificiales que España ofrecía en el altar de su «vergüenza histórica» por su pasado franquista. Pero llegó un momento en el que tanta sangre fue difícil de esconder y justificar. Los tiempos cambiaban. ¿No había muerto Franco hacía tiempo, al fin y al cabo…? Eta veía cómo la sociedad, cuyos anhelos políticos trataba de subyugar con sus razones de serpiente, se alejaba de sus presupuestos «socialistas», incapaz de sobrellevar las náuseas que el olor de la sangre le provocaba. El brazo político, que en su momento pareció «absurdo hoy por irrealizable» (documento fundacional de Eta, 1959), comenzó a ser más necesario que nunca. «La execración de toda dictadura» (Ídem) también sobraba, dado que la única dictadura real que España ha conocido desde que murió Franco hasta la fecha ha sido la de sus balas en la nuca, sus secuestros, extorsiones y bombas lapa.
Durante décadas, han perfeccionado el arte de la política, de sus partidos políticos, con más o menos fortuna, disminuyendo el número de atentados sangrientos –que, al ser emitidos por la tele en la sobremesa, repugnan a la buena gente que podría votarles llegado el caso–. Han mejorado las técnicas de «kale borroka», conectando ideológicamente a sus jóvenes «activistas» callejeros con otros movimientos que son productos típicos de la era de la globalización, lo que les ha permitido tener a «su gente» influyendo por ahí, por España... Y, con los interlocutores políticos adecuados en el Gobierno, han logrado la legalidad. Ahora están alojados en el corazón del Estado. Veremos cuánto tarda ese corazón en sufrir el primer infarto.