Recuerdos rotos

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El olvido es una segunda muerte. En el caso de autores ya desaparecidos, con él se va también su obra, su legado literario pese a la fama y el reconocimiento obtenido en vida. Un buen ejemplo de ello es Luis Romero, fallecido en febrero del pasado año, y autor de una de las más estimulantes producciones literarias de la literatura de posguerra. Conoció el éxito de crítica y público con «Tres días de julio», una de las pocas obras de ficción que, como en el caso de Gironella, el franquismo dejaba leer para conocer la guerra del 36 con otros ojos. Romero, también buen biógrafo de Dalí, fue recompensado con el Planeta, el Nadal... Pero hoy ni se le lee ni se le recuerda.
Cuando eso pasa su legado es objeto de deseo de comerciantes de los Encantes o libreros de viejo. Tengo en mi mesa de trabajo un ejemplar de «Els germans Karamàzov» de Dostoievski, según la versión que el editor Joan Sales firmara en 1961 para su sello Club dels Novel·listes. El ejemplar, adquirido esta semana, está dedicado muy afectuosamente por Sales a Romero el 3 de noviembre de 1961. ¿Un libro de estas características no debería estar en una institución? ¿La biblioteca de Luis Romero ha acabado siendo un lote más de las subastas matinales de los Encantes? Parece que para desgracia de muchos ese es el camino natural de los recuerdos rotos de la buena literatura.
Sales, editor de Rodoreda o Màrius Torres, autor de «Incerta glòria» y derrotado republicano, fue conocido o amigo de Romero, autor de éxito en esos años y ex soldado de la División Azul. El libro de Dostoievski es el penúltimo episodio de segunda muerte de un autor.