Asia

La hora de los «príncipes rojos»

El régimen chino elige a los siete dirigentes que llevarán las riendas del país la próxima década. Xi Jinping será nombrado presidente en marzo

Una pantalla muestra la imagen del nuevo líder, Xi Jinping, ayer en  Pekín
Una pantalla muestra la imagen del nuevo líder, Xi Jinping, ayer en Pekín

PEKÍN- Sin grandes sorpresas ni emociones fuertes, el Partido Comunista Chino (PCCh) consumó ayer su cambio de guardia y presentó en público a los siete hombres que controlarán el país en los próximos cinco años. Peinados y vestidos de manera idéntica los nuevos jerarcas posaron por orden de importancia sobre una tarima en la Sala Este del Gran Palacio del Pueblo y el nuevo secretario general del Partido, Xi Jinping, tomó la palabra para presentarlos y pronunciar las primeras frases de la «nueva era». Su breve discurso, que realizó sin leer ningún papel y que fue traducido al inglés (dos pequeñas novedades), resultó un resumen mucho menos técnico de lo habitual que las consignas del Partido: prometió «mano dura» contra los casos de corrupción, colocó como prioridad absoluta el desarrollo económico y el bienestar de la población, hizo abundantes referencias a la «grandeza» del pueblo chino, glosó sus muchos logros y habló del nuevo papel de China en la escena internacional. Tras una semana de puesta en escena, de paranoicas medidas de seguridad y a pesar de la expectación mediática generada en el extranjero, el XVIII Congreso Nacional del Partido Comunista Chino no deja cambios sustanciales y tampoco ha conseguido interesar a la ciudadanía china, harta de sufrir constantes cortes en internet a causa de la hiperactiva censura y de ver cómo la programación televisiva era monopolizada por los apretones de mano y las peroratas insustanciales de los aburridos «hombres de gris». Ni el discurso ofrecido por Hu Jintao en la ceremonia de apertura del congreso, ni la breve presentación que hizo ayer Xi Jinping, ni los perfiles de quienes se sientan en el nuevo Comité Permanente del Politburó hacen pensar que vaya a haber un cambio de timón en la dirección de la segunda economía del mundo. Al revés, se prevé que el nuevo equipo de gobierno se limite, al menos por ahora, a seguir adelante con las reformas previstas en los planes quinquenales aprobados el año pasado.

Más allá del continuismo, hay otras claves de lectura secundarias que llevan a concluir que el país acelerará el ritmo de la apertura económica, pero mucho menos de lo que se pensaba hace meses. En los últimos tiempos, las expectativas se habían disparado. La caída en desgracia de los «nuevos izquierdistas» y de su líder (Bo Xilai), la desaceleración de la economía y el aumento de las tensiones sociales, desataron el optimismo y algunos esperaban una nueva etapa reformista después del frenazo experimentado en la década de Hu Jintao. No parece ser el caso. Al contrario, se han impuesto los conservadores, mientras que la única (aunque pequeña) esperanza aperturista, Wang Qishan, ha quedado relegado al número seis y a partir de ahora se ocupará de combatir la corrupción dentro de las filas del Partido, labor importante, pero que le aleja de otras esferas de decisión.

Otro de los hombres que ha ascendido a lo más alto es Liu Yunshan, historiador y periodista que en los últimos años se ha ocupado de manejar la propaganda y censurar internet, función que queda subrayada con su ascenso como otra de las prioridades del régimen. La lista la completan tres veteranos con años de experiencia en las regiones costeras y prósperas del país: Zhang Dejiang, Yu Zhengsheng y Zhang Gaoli. Si en el «gabinete» saliente había ocho ingenieros (de nueve), en el nuevo la cifra ha bajado a dos (de siete). Los economistas (tres) han pasado a ser mayoría, un mensaje más sobre la prioridad absoluta del Partido. En este terreno es, además, donde China afronta sus mayores desafíos: la apertura financiera y el cacareado cambio de modelo hacia un sistema menos dependiente de las exportaciones y donde la población empiece a consumir más y a vivir mejor, una transformación que elevaría a otras alturas el «milagro chino» y que contendría el descontento. Tampoco parece que haya demasiado margen para dar marcha atrás en las políticas sociales de Hu encaminadas a maquillar la creciente brecha social: la supresión del impuesto campesino, la creación de una pequeña red de pensiones y un seguro médico mínimo.

En cuanto a las peleas entre «familias», Hu Jintao ha sido el gran derrotado del torneo que se ha librado entre bambalinas y se da por hecho que pasará a un discretísimo segundo plano. Nada ha cambiado bajo la gran estrella que domina los techos del Gran Palacio del Pueblo. Como mucho, la distribución de sus «familias».