Historia

El ideal americano del hombre hecho a sí mismo por Manuel Coma

Romney concibe como su principal virtud política «saber cuadrar las cuenta»
Romney concibe como su principal virtud política «saber cuadrar las cuenta»

A Mitt Romney su padre, George, le dijo que si quería dedicarse a la política debería primero asegurase una posición económica independiente. Lo hizo, y con creces. Bill Clinton ha reconocido que su experiencia en el mundo de los negocios es impresionante, incluso excepcional. Romney ha encarnado, ampliamente, el ideal americano del hombre hecho a sí mismo. Su padre, todavía más. Ejerció de joven oficios muy humildes y no tuvo una graduación universitaria. Se elevó social y económicamente, sin alcanzar nunca la fortuna de su hijo; fue gobernador de un Estado importante, Michigan, y aspiró a la candidatura republicana en las presidenciales de 1968, que finalmente obtuvo Richard Nixon. Estaba, pues, en condiciones de ayudar a su hijo, pero se limitó a proporcionarle una buena educación. La fortuna que Mitt ha llegado a acumular, unos 200 millones, se la fraguó él desde el primer dólar.

Habiendo triunfado como empresario, Romney trató de iniciar su carrera política compitiendo con Ted Kennedy en 1996 por un escaño senatorial por Massachusetts, aunque su primera experiencia en ese campo la adquirió de joven participando en las campañas de su padre. Ejerció también cargos importantes en su iglesia mormona, y, como es habitual en su comunidad, pasó dos años como misionero en Francia, donde aprendió el idioma.

Su prestigio empresarial le proporcionó en 2002 la oportunidad de hacerse cargo de los Juegos Olímpicos de Invierno en Salt Lake City, la Roma de los mormones, que se hallaban sumidos en un verdadero marasmo, abocados a la quiebra. Su gestión fue todo un éxito, consiguiendo sacarlos adelante con brillantez en muy poco meses. A finales de ese mismo año triunfó en las elecciones de gobernador del Estado que había pretendido representar como senador, el más izquierdista de la Unión, hazaña nada trivial para un republicano. En la biografía que proporciona en su página web dice que vetó más de 800 propuestas de la legislatura dominada por los demócratas, conocidos por su prodigalidad en el gasto del dinero público, pero superada la fase de las primarias, de lo que más ha presumido es de haber sido capaz de gobernar en colaboración con el partido rival, que controlaba las cámaras estatales, al contrario de lo que Obama ha hecho.

Romney presenta una carrera polifacética en la que ha aplicado con éxito sus talentos empresariales a cometidos públicos. En unas elecciones en las que priva de manera casi exclusiva el tema económico, el lastre y la amenaza que representa para el país la enorme deuda pública y el disparado déficit presupuestario, Romney exhibe como su principal virtud política «saber cuadrar las cuentas», ajustar gastos a ingresos, como ha hecho toda su vida en experiencias diversas. La principal promesa de su campaña es hacerlo de nuevo a escala nacional.

Romney ha conseguido mantener unido el campo republicano, una parte importante del cual lo contemplaba con franco recelo, lo que retrasó meses la eliminación de sus rivales por la candidatura. Esa consolidación no es sólo virtud suya. En buena parte se debe al rechazo que Obama suscita en casi todo el partido. La base evangélica abrigaba fuertes prejuicios contra un mormón, pero eso ha terminado no siendo problema. En las primarias, y antes, Romney ha tenido que convencer a esos sectores de que realmente es uno de los suyos. Eso ha servido a la campaña de Obama para tildarlo de radical derechista y trastocar sus éxitos en el mundo de los negocios en los de un inhumano explotador capitalista.

Una vez superadas las primarias, la campaña de Romney ha tenido que dar un giro hacia el centro, al cual, sin duda, pertenece por convicción y práctica política, para captar el voto del pequeño número de independientes indecisos, a los que les cuesta abandonar a Obama, pero que están francamente descontentos, incluso asustados, de su gestión económica. La acusación de que es un «flip-flopper», un veleta o chaquetero ideológico, no carece de fundamento, pero el presidente ha hecho exactamente lo mismo y en más abultada medida. Hasta dónde Romney sea un conservador coherente y estadista completo es algo que sólo el ejercicio del cargo podrá demostrar. Lo que es seguro es que es hombre sistemático, organizado, disciplinado, trabajador, porfiado, de actitudes suaves y correctas, un poco acartonado, escaso de carisma y que «sabe cuadrar cuentas».