Hasta siempre chaval por Francisco Marhuenda

La Razón
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La primera vez me sorprendió. Luego me acostumbré. Cuando me llamaba por teléfono o nos veíamos, me preguntaba con esa voz tan reconocible: «¿Cómo estás, chaval?». Le contestaba que todo bien y empezábamos la conversación que se alargaba con preguntas sobre la situación política. La crisis hizo que ampliáramos el análisis al terreno económico y por supuesto, siempre, los medios de comunicación. Los años pasaron, pero siempre utilizó el término «chaval». Nunca me molestó. Era divertido. Lo sorprendente hubiera sido que dejara de utilizarlo. Hace unos días me llamó. Era domingo y no lo esperaba. Tras el consiguiente «chaval» me recriminó que no le había devuelto una llamada, pero le recordé que siempre lo hacía y entonces se dio cuenta de que se había equivocado de persona. Me dio las gracias por una información que habíamos publicado sobre un libro interesantísimo sobre la historia de la mítica revista «Cambio 16» y estuvimos hablando mucho rato. Nos reímos con algunos chismes sobre otros periódicos. Al acabar, quedamos en comer juntos, pero desgraciadamente ya no será posible. José Luis Gutiérrez pertenecía a una raza excepcional de periodistas que llevan la profesión en la sangre. Un carácter fuerte, con ideas firmes y una enorme capacidad de trabajo. Nunca fui consciente de su edad y creía que nuestra diferencia de años era menor. La Transición permitió que surgiera un grupo de gandes periodistas que se forjaron en tiempos tan difíciles como apasionantes. No había horarios y un periodista se mataba por conseguir una información o una exclusiva. Me gusta ese periodismo sin horarios y vocacional. Por eso me gustaba el Guti. Las redacciones que conocí aquellos años eran vibrantes. La gente se gritaba y las broncas eran permanentes, pero tras el cierre se iba a cenar como si no hubiera pasado nada. Era el periodismo en mayúsculas. Los periodistas adorábamos el papel y las rotativas. Ese inconfundible olor de la tinta y el placer de leer el primer ejemplar. Hablábamos mucho de aquellos tiempos en los que yo comenzaba y él era uno de los grandes periodistas consagrados. El periodista se consideraba tan dueño del diario como el propietario, aunque no por soberbia o arrogancia, como algunos editores creían en los años setenta y ochenta, sino porque estábamos dispuestos a dejarnos la vida sin importar ni el sueldo ni los horarios. No queríamos ser periodistas para ganar dinero, sino porque creíamos, y sigo creyendo, que es una profesión maravillosa. Para mi generación, José Luis fue uno de nuestros referentes más importantes. Al igual que Anson o Pedro J., por citar dos buenos y queridos amigos, son periodistas de raza. El periodismo es sobre todo un oficio, duro y abnegado, donde lo fundamental es trabajar y ser exigente en todos los terrenos. Tras su paso por la dirección de «Diario 16», en momentos muy difíciles, encontró acomodo como columnista en «El Mundo» y editor de la magnífica revista «Leer». En nuestra última conversación le dije, sabiendo que era imposible, que me encantaría que escribiera en LA RAZÓN. ¡Hasta siempre, chaval!

 

Francisco Marhuenda
Director de LA RAZÓN