OPINIÓN: Alegría y educación

A los críticos de cine no les gustan las películas con final feliz, mientras los intelectuales partidarios de la revolución –la que sea– sospechan de la gente risueña, porque temen que detrás de la sonrisa aceche un conformista. Además, ya sabemos que las revoluciones vienen con malos modos y bastante derramamiento de sangre, y con unos tipos que parecen dichosos, y, a lo peor lo son, no hay quien tome la Bastilla, ni asalte el Palacio de Invierno.

 
 

Me contaba un amigo, que suele desplazarse en metro por Madrid, que el viernes por la mañana contempló cómo una chica y un chico de unos dieciséis años se levantaron del asiento que ocupaban para cedérselo a un matrimonio de cierta edad, pero no ancianos de solemnidad, que acababa de subir en la estación de Goya. Mi amigo se quedó estupefacto porque no había contemplado este gesto desde que pagábamos en pesetas.

Hace un par de semanas, o tres, cuando unas dos docenas de «indignados» colocaron tres o cuatro tiendas de campaña al final de la Carrera de San Jerónimo y acamparon por el paseo del Prado, el olor a urea procedente de la orina derramada era tan intenso que algunas personas se tapaban la nariz. Pregunta nada metafísica y sí física: ¿cómo se las arreglan estos jóvenes? Porque una cosa es poseer la fe cristiana y otra, muy distinta, es disfrutar de un cuerpo angélico, libre de las esclavitudes del cuerpo en general y de la vejiga en particular. Otrosí: un centenar de chicos, en un parque que hay cerca de donde vivo, hacen botellón los sábados. El domingo es impensable pasear con hijos o nietos porque el parque ha quedado como un muladar de larga tradición. ¿Cómo es posible que medio millón o un millón, o los que sean, no hayan estropeado ni un parterre del Paseo de Recoletos?

Puede que la explicación estribe en que, además de alegría, llevan consigo buenas maneras y educación. No están en la revolución, pero parece claro que son un evidente ejemplo de la evolución, de cómo el ser primitivo, desde la tribu y a través de un largo proceso cultural, ha llegado al respeto a los demás y a la convivencia.

Mil forofos futboleros, reunidos en Cibeles, pueden causar destrozos que, a veces, han llegado a la integridad del grupo escultórico (en cierta ocasión se rompió un dedo de la diosa). Quinientos mil risueños, como los que vemos en la imagen, no dejan ni un vaso de parafina de un café con leche, en el quicio de un portal.

En este Madrid híspido, irritable, apresurado y en cabreo permanente, la presencia de estas chicas que no parecen cansarse nunca, y de estos chicos que aguardan con paciente jovialidad el furtivo paso de un anciano, la observación de su comportamiento los convierte en algo tan insólito y desacostumbrado, tan raro e inusual, que parece que son precisamente ellos los que traen una nueva revolución.