Simone Bosé: «El disco vive sus últimos días»

Ningún sector de la industria cultural ha experimentado una travesía por el desierto en España como el discográfico. EMI, un gigante herido, se lanza a la búsqueda de nuevos talentos

Simone Bosé, sentado junto al productor Nigel Walker, que será el que juzgue a las bandas jóvenes.
Simone Bosé, sentado junto al productor Nigel Walker, que será el que juzgue a las bandas jóvenes.

En el despacho de Simone Bosé hay toneladas de merchandising, y un hilo musical digno de ascensor. Hay a quien esa descripción le podría servir de coartada, de justificación para las tesis «yo me descargo los discos porque a las compañías sólo les interesa ganar dinero, no la música». Pero también hay una guitarra enfundada, herida en el orgullo, y una pasión contenida por la música. Y no; no hay traje y corbata, ni puro, ni catering. Después de cinco años que describe como «calamitosos» para todo el sector, EMI sigue «buscando sólo canciones, como hace cien años». La discográfica con el catálogo más envidiable busca nuevos talentos en un proyecto, Mad Sound Project, con Nigel Walker, productor de más de 40 «números uno» y padre de 20 discos de platino, a la cabeza.

-¿Quedan ganas de seguir publicando discos?
-Sin duda. Hemos firmado este año más artistas que ninguno de los cinco anteriores, de pop, rock flamenco, música electrónica. No vamos a dejar de hacerlo, es el corazón de nuestro negocio.

-¿Las nuevas bandas editarán cedés?
-Creo que el soporte no es relevante y que en el futuro incluso no habrá formato, serán canciones alojadas en una nube. Los artistas producen álbumes, pero la creación ha cambiado: los artistas y los fans necesitan dar salida a grabaciones en directo, singles o versiones, y no lo es tanto por una cuestión de inspiración, sino por mantener comunicación de forma más o menos programada.

-¿El CD está muerto?
-Como soporte, está en los últimos días. Como concepto, es más difícil de modificar, porque el formato, las 12 canciones de más o menos una hora de grabación es algo que sigue estando en las nuevas generaciones para desarrollar un ideario que es válido porque es el discurso que se lleva al directo.

-¿La solución para las compañías es hacer de mánagers de sus artistas para los conciertos?
-Es una realidad en la que somos pioneros, porque tenemos una estructura interna que busca patrocinadores para nuestros artistas, organiza las giras, eventos o busca colocar su música en series de televisión y películas… Tiene que estar intergrado porque es lo mejor para el artista; igual que en un club deportivo, no se puede pensar que quien gestiona un patrocinio es el tercero o que los partidos internacionales los haga otra empresa externa. Es para dotar de mayor eficacia la inversión y el marketing para planificar la carrera de un artista. La mayoría de cantantes son además multifacéticos, y pueden ser presentadores de televisión o un columnista en un medio de comunicación o actores.

-¿No es controlar demasiado a los músicos?
-No. Vuelvo al símil deportivo, con los futbolistas pasa igual. Pero no sólo eso, las editoriales de libros lo hacen con sus escritores. En la música este tema estaba más fragmentado, y se trata de juntar las áreas en las que un artista tiene su faceta creativa y gestionarla de forma más eficiente.

-EMI posee un impresionante catálogo de «clásicos» del rock. ¿Ahora se está despertando el interés por los jóvenes?
-Llevamos cinco años muy malos en la industria, y las compañías, todas, han tenido que reducir la inversión en artistas «vivos» y, dentro, los que más han sufrido son los que comienzan. Antes se podía apostar por cinco o diez en un año, pero la cifra se ha reducido dramáticamente.

-Parecen pocos sólo cinco o diez.
-Como mucho, pueden tener repercusión unos pocos, salvo en los años de «Operación Triunfo», en los que salían una docena. Nombres como Vetusta Morla, Russian Red, Maldita Nerea, Bebe o Macaco: no salen tantos. En dos años nos hemos planteado poner una atención especial en nuevos artistas, pero los resultados no son inmediatos.

-Algunas de las sorpresas, como Vetusta Morla, han declarado que no fichan por una multinacional por las condiciones que les imponen. ¿Prefieren lanzar sus propias bandas antes que fichar en la escena independiente?
-Pueden aceptar o no, es la norma de toda negociación, y nosotros mantenemos contactos con casi todos. No descartamos acuerdos en el futuro, pero creo que depende mucho del momento en que estableces el contacto con el artista. Algunos de esos de los que hablamos son mis grupos favoritos, como Delorean, que han tenido notoriedad y si lo que se plantean es una carrera con desarrollo internacional, las multinacionales lo favorecen. Pero pueden preferir otra forma.

-Son grupos que no salen en televisión pero llenan estadios y festivales.
-Claro, es que la definición de independiente no me gusta. Porque parece que están fuera del mundo, pero más allá de etiquetas, llegan al público. Pasa lo mismo al revés: me gusta ver a nuestros grupos en Benicàssim o en el Low Cost. En FIB hemos tenido 7 u 8 grupos, desde Gorillaz a LCD Soundsistem o Japanese Popstars, y parece que son de otro mundo, pero están, con EMI. Muchos de los independientes hoy han estado en EMI y se van, como Athlete, Interpol o Radiohead.

-¿Con Mad Sound Project aspiran a encontrar a los próximos Radiohead?
-Internet ha tenido cosas buenas pero también ha debilitado los cauces para que los chicos que hacen música en casa se pongan en contacto con un productor de verdad. Pueden tener un MySpace pero es una aguja entre 14 millones de artistas. Todo ha quedado diluído, y lo que buscamos no es una gran estrella, sino cosas interesantes, un estribillo, un sonido, un ritmo hecho en casa.

-Los jóvenes están enganchados a Spotify y los rumores de su venta son persistentes. ¿Les interesa?
-No. Son una opción de futuro sin duda para el usuario, y, para nosotros, un aliado estratégico. Lo apoyamos, como todas las discográficas, defendemos esas iniciativas legales, como Lastfm o Pandora, y otras. Y es gratis porque se trata del mismo modelo que la radio convencional. Pagan por utilizar nuestras canciones.

-¿Se sienten hoy más protegidos frente a la «piratería»?
-La Ley de Economía Sostenible incluye algún aspecto positivo, pero no es lo suficientemente clara y contundente. En Inglaterra se lucha contra ella con más determinación y en España hay ya una trayectoria de dejadez muy prolongada de falta de interés por atajar el problema. Si las normas dicen que no se puede conducir a más de 120 kilómetros por hora, está claro, y hay que decírselo a los usuarios. La nueva norma plantea que se irá contra las webs pero es como informar al que gestiona las autopistas de la velocidad que se puede conducir por ellas, pero no decírselo al conductor. Hay unas empresas que se lucran y el sector de la cultura no encuentra la manera de rentabilizar el trabajo. Eso nos lleva al empobrecimiento de la cultura. Dejaremos de componer si no nos pagan.


Bob Dylan, el desconfiado
Nigel Walker es un tipo cálido. Lleva 35 años en el mundo de la música, en los que ha trabajado con Pink Floyd, Paul McCartney, Aerosmith, Mick Jagger, Tom Petty y Bob Dylan. De este último recuerda que «nunca hablaba con nadie. Se encerraba en la habitación. Ni siquiera el ingeniero de sonido de su gira, que duró tres años, cambió una palabra con él», dice entre risas. Incluso recuerda que en las pruebas de sonido, el de Minesotta no paraba de mirar desconfiando por si grababan la sesión y la distribuían «pirata». Otro de sus momentos fue la grabación de «Sin documentos», de Los Rodríguez, que también produjo. «Es una razón por la que me quedé en España», dice. Ahora está dispuesto a «hacer de psicólogo» con los aspirantes en el Mad Sound Porject que patrocina Caja Madrid y la Comunidad de Madrid. Él supervisará los temas que se envíen y será el productor soñado de los jóvenes.


Cincuenta años no son nada
No es un problema sólo de EMI, pero su caso es el más sensible. Posee un enorme catálogo del rock, con la obra de los Beatles a la cabeza –acaban de remasterizar los míticos discos Rojo y Azul– y algunas de sus grabaciones se acercan al medio siglo. Los derechos de propiedad intelectual de los «masters» o grabaciones originales tienen esa vigencia, 50 años. A partir de dicha edad, pasan a ser de dominio público, aunque también hay un plazo autoral que protege la obra hasta pasados 90 años de la muerte del último autor (en caso de que sea una obra colectiva, como las bandas de rock). Por eso, la compañía es la punta de lanza de una iniciativa que volverá a ser llevada este semestre a la presidencia de la UE para que se amplíe a 75 años los derechos fonográficos. «Desde Charles Aznavour al Dúo Dinámico, los autores tienen derecho a cobrar si su obra se usa con fines comerciales», dice Bosé.