Mappelthorpe y Smith versos y polaroids

En aquel verano, ni la cantante ni el fotógrafo tenían nada. Hicieron su hogar de ese encuentro casual

En la juventud no existen el hambre ni el frío. En la juventud sólo hay ilusiones y deseos, que son las materias con las que se amasa la vida al principio. Después viene el desencanto, el empleo, las realidades varias, la familia y las familias, y a las ideas les va naciendo inconscientemente, como sin darnos cuenta, una artrosis que las va endureciendo y paralizando hasta convertirlas en una cosa fosilizada, en una arqueología de recuerdos y amores municipales. Patti Smith y Robert Mappelthorpe se conocieron en Brooklyn, en una época en que todavía podían llevarse gabardinas en julio sin que la ciudadanía lo insultase a uno llamándole loco. Aquel Nueva York fugitivo de los cines X, la psicodelia, lo de Warhol, el LSD y la homosexualidad escondida, no había sido todavía colonizado por los brokers ochenteros que vendrían después para desmontar esa espontaneidad de artistas y músicos, ni tampoco habían venido esos «yuppies» de los noventa, en plan novela Bret Easton Ellis y jet set que tanto admiraban algunos y que convirtieron los rascacielos en una metáfora del capitalismo y no del ingenio humano, que es lo que tendría que ser. Allí todavía resplandecía la realeza del rock con sus «woodstocks» a cuestas y toda esa corte de futuros cadáveres sin enterrar, como Brian Jones, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison, que después tanto mito construyeron. «Yo no pienso, siento», decía Robert Mappelthorpe, asentando así una definición exacta y adolescente de qué son los veinte años desde los veinte años. A veces en las greguerías y las sentencias hay más exactitudes y verdades escondidas que en las definiciones que nos da la RAE. Lo que viene a decirnos que el hombre es un ser de experiencias, que comprende mejor por lo que vive que por lo que estudia. En aquel verano, Mapplethorpe y Patti Smith no tenían nada, así que hicieron su hogar alrededor de ese encuentro casual que los unió. Convirtieron su mutua compañía en la habitación que necesitaban para inventar su propio cielo de poesías, objetos y «polaroids».Mientras en España, la libertad era tener bronca con los grises, en esos dos de mayo de caballos y porras que se improvisaban en la universidad (España siempre ha sido un país con muchos mamelucos y también de mucha improvisación), la musa y su fotógrafo mecanografiaron los tanteos de su arte en medio de una bohemia de empleos ocasionales, viviendas de paso y diferentes cuelgues, donde a la política se la llamaba activismo. Está bien que Patti Smith nos cuente ahora aquello en «Éramos unos niños»(Lumen), una biografía algo nostálgica, que hasta a Emilio Botín, si la leyera, le darían ganas de ser pobre, pero que nos obliga a pensar en lo que habíamos dejado de creer. Un tipo incómodoEl dinero es cobarde, asustadizo y, además, cree en Dios. Hubo unos años en que el cine era valiente y rodaba películas como «Portero de noche», «El útimo tango en París» y otras así. La crisis sólo ha acentuado lo que ya existía: una ola de conservadurismo muy George W. Bush que ha calado en Europa, que siempre ha presumido de ser un continente más abierto. Es difícil que hoy en día salte un patrocinador para organizar una gran retrospectiva sobre Robert Mapplethorpe, aquel fotógrafo de pelo rizado que falleció en 1989 y que era hábil haciendo cosas con las manos, según narra Patti Smith. La historia es un péndulo, y lo que antes era natural y a nadie molestaba, hoy parece que sí incordia.