Historia

Enfermería de tercera

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A José Tomás se le salió a borbotones la sangre. La derramó por la arena, en las manos de sus amigos que le socorrieron raudo para llevarle a la enfermería, donde aguardan los salvadores. Unas imágenes recientes nos devuelven a un Alberto Elvira, íntimo amigo de José Tomás, compañero de batallas cuando ambos estaban en activo en la profesión y vecinos de pueblos: Galapagar y Colmenarejo, mareado una vez que a José Tomás le han metido ya en la enfermería. Aturdido, impactado, con las manos ensangrentadas de la tragedia que estaba ocurriendo a doce mil kilómetros de su país. El padre del torero, sin ser capaz de avanzar en el reguero de sangre que dejaba su hijo; con unos amigos había cruzado el charco para ver la actuación de Tomás en Aguascalientes. La corrida que precedía a la intensa campaña que tenía firmada en España se tornó en tragedia. Más lo pudo haber sido. Rozó la muerte, el fin. La rúbrica de una trayectoria que parece demandar el maldito desenlace para cumplirse la profecía. Las crónicas de su gente rozan lo inaudito. La falta de utensilios en la enfermería; Andrés, el hermano del torero, sajando como pudo el vestido para atenderle la cornada, la herida, la vida que se le iba. El estado de shock en dos momentos, justo cuando las pulsaciones rozaban el límite. La tragedia de Paquirri reproducida 25 años después en el torero más relevante de la historia reciente. El mito viviente por obra del milagro. Un hombre con un caché inalcanzable parar el resto de los compañeros. Un figurón que ha devuelto la vida a la Fiesta y a punto ha estado de perderla. Ser figura es mandar, elegir ganaderías, fechas, compañeros y ajustar el caché que uno cree haberse ganado en el ruedo. Así se repite una y otra vez en los despachos de los empresarios y en las conversaciones que se mantienen vía telefónica hasta cerrar el acuerdo. Y si lo exigido, lo pactado, lo que se pone en común entre ambas partes no está a la altura, no se va y punto. José Tomás lo ha demostrado en muchas ocasiones. Entonces, llegados a las puertas de este infierno, que es un calvario asumido en la carne del torero, ¿cómo es posible que nadie mire hacia la enfermería? Que sólo cuando la muerte acecha a la vuelta de una cornada brutal sepamos que no había medios para curar la herida. Alguien se imagina operarse en un lugar inhabilitado para una emergencia, quién se puede cuestionar dejar la vida al azar cuando se juega con la muerte. Y peor, ¿cómo es posible que esto le ocurra al número uno del toreo? A Paquirri le costó la muerte. Un cuarto de siglo después, hemos bordeado el drama. Ha sido un milagro, pero éstos nunca se sabe cuándo se cumplen, y si se repiten. A cada sitio, lo suyo.