La radio lanzó al fútbol

El fútbol necesita a la radio y viceversa. El fútbol creció con la radio mucho antes de que existieran los transistores, y aún antes también de que sonara en los automóviles. A medida que fue creciendo la audiencia, o lo que es lo mismo, la variedad de los sistemas tecnológicos, la radio se hizo indispensable para el fútbol. Millones de españoles hemos pasado el domingo en casa, incluso en el estadio, oyendo el sonido del minuto y resultado. Cortarnos tal posibilidad es regresar al tiempo de las cavernas futbolísticas: al Marcador Simultáneo DARDO de los estadios.

A Santiago Bernabéu le escamó la transmisión. Temió que espantara espectadores y la prohibió y de ahí que Vicente Marco, con prismáticos, presenciara el partido desde el edificio Lima. En el Atlético de Madrid fueron más comprensivos y permitieron que Quilates contara lo que acontecía desde el ventanuco de un excusado. Lo narraba subido a la taza del mingitorio.

La radio se impuso y comenzó a ser buen negocio. Aumentó la audiencia y se dio el caso de que en ciertas transmisiones deportivas por televisión muchos espectadores tenían en el oído el pinganillo –vocablo apadrinado por Alfonso Azuara– por el que se escuchaban los comentarios radiofónicos.
El fútbol ha tenido padrinos imborrables porque sus voces lo identificaron. Matías Prats, Juan Martín Navas, Enrique Mariñas, Joaquín Prat, Juan de Toro –«Una ayudita, don Juan», le pedían en el concurso para ganar diez mil duros–, Pepe Bermejo, Langarita, Antonio de Rojo, Miguel Domínguez, Chencho y el maestro en las transmisiones y en el uso de la palabra justa y ortodoxa, Joaquín Ramos.

La radio trajo a España el Mundial de 1950 y el gol de Zarra. En 1962, Mundial de Chile, aún llegaba la voz antes que la imagen y se veían los partidos en diferido.
Radio y fútbol se necesitan. ¿Ganaría el fútbol con el silencio radiofónico?