El último sapo que besé

La Razón
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Las milongas antifeministas y hembristas pretenden hacernos creer que los hombres no saben amar y huyen ante el «compromiso»; y que las niñas son «princesas» (damiselas de diadema floja: DdDF) esperando y «alelando» (de «alelar») «príncipe azul» (no existe, y además destiñe), que las libere del despiste emocional y otorgue rango de triunfadoras en lo sentimental. ¡Pobres hombres normales!, no tienen quien les defina ni defienda.
Algunos, ante el acoso de las DdDF, han puesto a buen recaudo sus dignidades y están «fuera de mercado». Y, del amor, ¿qué hay? Una DdDF prefiere apariencia, poder… antes que buen corazón, por tanto si el «sapo» es rico y exitoso, le perdonará que sea canalla; los hombres metroemocionales les aburren. Los inteligentes y triunfadores «no se casan con mujeres ídem», ergo «si soltera no te quieres quedar, ponte monina y hazte la tontina», recomiendan las DdDF.
Antes de «besar e hincharse los morros», ellos y ellas, deberían coger las riendas emocionales, asumir responsabilidades, liderar destino propio, aprender a amarse a sí mismos, madurar.
Mientras las DdDF, victimizadas, tachan de «sapo, sapete, sapón» al hombre que no se adapta a sus caprichos o exigencias, las «reinas» (mujeres que llevan las riendas emocionales de su vida), averiguan si «él» está a la altura de su corona. «Soy lo mejor que me ha pasado» es lema de mujer-reina. Si alguien no la ama y respeta como ella considera que debe, no se humilla ni cuenta milongas, lo larga bien lejos. Viceversa para hombres metroemocionales.