Los «desheredados» de Zapatero

Los ex ministros Solbes, Molina o Sevilla abandonaron su escaño tras varios desencuentros con el presidente. Aseguran que «es una persona que no escucha» y «sólo se fía de sí mismo» 

Zapatero habla con Jordi Sevilla
Zapatero habla con Jordi Sevilla

A nadie se le escapa a estas alturas de la historia que el proyecto político ideado por José Luis Rodríguez Zapatero ha dejado a más de un socialista en la cuneta. Marginados, defenestrados, incluso ninguneados por su jefe de filas, varios ex ministros abandonaron el barco, otros, con menos suerte, fueron relevados de su cargo por no cumplir los «requisitos». Y es aquí cuando entra en escena el que fuera ministro de Cultura, César Antonio Molina. Él ha sido el último en alzar su voz para decir lo que otros sólo se atreven a susurrar.Más de un año después de ser destituido, Molina desvelaba en El Diario de Pontevedra las razones por las que fue relevado de su cargo: «Zapatero me dijo que me cesaba por la paridad y por el glamour». Unos motivos, a su juicio, «tan nimios que avergüenzan a quien los dijo». Y es que, en su afán por buscar la famosa paridad, al presidente del Gobierno lo único que parecía preocuparle, siempre según Molina, era colocar a «una chica joven» al frente del Ministerio de Cultura. Finalmente, Molina, que abandonó su escaño el 14 de septiembre del año pasado, acusaba al jefe del Ejecutivo de ser «una persona que no escucha y que sólo se fía de sí mismo». Las desercionesUna aseveración compartida por el ex ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla, que el 1 de septiembre también renunció a su sillón en el Congreso. El motivo: estaba harto de que no le hicieran caso, ya que el presidente «no deposita en nadie toda su confianza», ni siquiera, «en su mujer, Sonsoles». Un hecho que atribuye a que el entorno de Zapatero siempre le dice «lo que quiere oír». Y si surge alguna voz crítica, la aparta sin más. Ése es el caso del ex vicepresidente económico, Pedro Solbes, que nunca ocultó sus desencuentros económicos con Zapatero. Tras ser relevado por Elena Salgado y ya como diputado, seguía la estela de Sevilla y Molina y abandonaba su escaño. Pero Solbes siempre destacó por ser la voz más crítica dentro del Ejecutivo. Así, puso límite a las medidas que su jefe de filas quería imponer. Ahora, en la distancia, tiene claro que el Ejecutivo «ha controlado mal el gasto público» y que «han hecho las cosas que yo no quería hacer». Esa férrea oposición le sacó de la vicepresidencia económica.Pero los sacrificados en la era Zapatero han sido muchos. En la lista encontramos, entre otros, a Bernart Soria (Sanidad), Cristina Narbona (Medio Ambiente), Mercedes Cabrera (Educación) o Carmen Calvo (Cultura). Precisamente, esta última acusó al presidente del Gobierno de «fusilar metafóricamente» a toda su generación y rodearse de «la corte mayor que no le puede hacer sombra, que está amortizada, y de los jóvenes que le adoran». Demostrado está: A Zapatero no le gusta que le hagan sombra. Y menos desde la vieja guardia socialista, ya sea Alfonso Guerra, Carlos Solchaga o Felipe González. A juicio de Solchaga, el jefe del Ejecutivo «vive en un mundo presidencialista donde el único relevante es él». Opinión compartida por Guerra que, de forma velada, reprochó a Zapatero el «desprecio» con el que trata a los veteranos.Sin embargo, una vez más, el más contundente fue el ex presidente Felipe González: «Yo tardé nueve años en padecer el síndrome de La Moncloa, a Aznar le llegó a los seis, y a éste –en alusión a Zapatero– le afectó ya a los dos años». Y en esa misma línea se pronunció hace unos días al manifestar que «rectificar es de sabios, y de necios tener que hacerlo a diario». Pese a no nombrar a Zapatero, éste se dio por aludido.