Javier Aguirre: «Mi única droga ha sido la mujer»

Dicen que es el director español de cine experimental más importante de España, pero también dirigió filmes más comerciales, como «Una vez al año ser hippy no hace daño», que el viernes regala LA RAZÓN

Tony Leblanc, Concha Velasco y Gómez Bur, en una divertidísima escena del filme.
Tony Leblanc, Concha Velasco y Gómez Bur, en una divertidísima escena del filme.

Siempre le dije, en coña, que tenía ojeras de vampiro, y ojos de vampiro, y algo vampírico tiene: no soporta el sol y su pasión es absorber la vida a través de una cámara. Dicen que es el director de cine experimental más importante de España y sin embargo dirigió un montón de películas eminentemente comerciales. Y espera dirigir más. No ve contradicción alguna en ello: le gusta hacer de todo. LA RAZÓN regala el próximo viernes la película que dirigió en 1969, «Una vez al año ser hippy no hace daño». De esos tiempos recuerda la llegada del hombre a la Luna.

–¿Y personalmente?
–Estaba como siempre: revoltoso, sobre todo socialmente. Es curioso, este filme, «Una vez al año...», acaba de exhibirse en el Festival de Cine de Bogotá y en algunas universidades europeas se hacen tesinas sobre ella: es un ejemplo, dicen, de cómo del cine comercial se pueden sacar conclusiones políticas y sociales.

–En el fondo, trata de una reconversión: el grupo de música melódica clásica que se transforma en grupo moderno, pop y tal...
–Lleva implícita una crítica de la sociedad hipócrita que se vivía entonces.

–En aquellos años, los directores de cine ligaban mucho; bueno, ligaban mucho los directores en general...
–Nunca he ligado a través del cine. Siempre fuera del cine y de forma clandestina.

–Hablando de reconversiones, ¿hace cine para cambiar la realidad?
–El arte puede cambiar la realidad, pero la realidad no se deja. Es una utopía. No porque no pueda ocurrir, sino porque no va a ocurrir.
(Nunca le ha gustado vestir bien, o lo que llaman vestir bien; él va cómodo, a su aire, en este caso de oscuro. Un clásico del torpe aliño indumentario. El pelo cano. Parco en gestos. El búho observador y quieto que sabe escuchar. Podría hacer un apacible y tímido diácono, como buen vasco. Le apasiona colocar una cámara en cualquier sitio y rodar a la gente que pasa en un plano fijo durante una hora: «Es la no manipulación, la desaparición del autor». Yo le digo que el arte es manipulación, y él dice que sí, que bueno, pero que lo que él hace, cuando experimenta, es el antiarte, «una palabra que ya pronunció Dalí en el año 20»)

–Pues ya ve: a los jóvenes directores españoles le ha dado por el terror...
–El terror interesa mucho en los tiempos de crisis. Los miedos exteriores nos hacen olvidar los miedos interiores. Una especie de catarsis.

–Es un tipo singular: ha pasado la vida haciendo cine comercial para poder hacer cine no comercial...
–Es así. Pero no me ha disgustado hacerlo. Los del cineclub me decían: «Cuánto ha debido sufrir haciendo ese tipo de cine...». Y no sufría, nunca he sufrido. A mí me encanta hacer cine, aunque sea malo. Dicen que soy único en esto. Y sí: soy el doctor Jekyll y mister Hyde del cine español.

–No lo vive como una frustración.
–No. El cine comercial lo hace el niño, el experimental el hombre maduro que gusta de lo raro. En un símil científico, el cine comercial sería la aspirina y el experimental, el descubrimiento del ADN.

–Dice que siempre tuvo claro lo que quería hacer...
–Sí: los filmes más originales del mundo. Y puedo demostrar que los he hecho. Y me sigue apasionando hacerlos.

–¿Fue usted alguna vez hippy?
–Nunca. Era una contestación muy suave. Y además nunca he fumado: mi único alucinógeno ha sido la mujer.
(Es también, hay que decirlo, el marido de Esperanza Roy. Su alucinógeno o su alunizaje. Inventó el anticine, que viene a ser al cine lo que el abstracto a la pintura, o algo así: las posibilidades antinarrativas del cine. Tiene una película expuesta en el Reina Sofía: «Objetivo 40 grados». Le gustan las críticas de Sergi Sánchez, el vino, comer bien, caminar. Cree en el ser humano, «creo en lo que no cree casi nadie». No tiene achaques. Con sólo 17 años entrevistó a Pío Baroja, una de sus grandes admiraciones literarias: le asombró cómo el viejo emboinado ponía verde a todo el mundo y descubrió que le gustaba el cine cómico. Le pareció anarquista.)

–Fue crítico de cine. ¿Le molesta que pongan sus películas a parir?
–Siempre prefieres que las pongan bien, claro, pero he pasado de todo eso. Yo he sido y soy demasiado soberbio para hacer caso de esas cosas. Soy soberbio y al mismo tiempo muy sencillo.

–¿No le hubiera gustado dirigir «Lo que el viento se llevó» o «Casablanca»?
–Claro que sí. Y también «La ciudad no es para mí», de Pedro Lazaga.

–¿Con qué llora en el cine un director de cine experimental?
–Tengo educación jesuítica en la contención de los sentimientos. Soy un sentimental que nunca lo parece. No lloro. Me emociona la inteligencia.

–No sé cómo lleva envejecer...
–Es jodido. Me fastidia. Creo que es peor que la muerte.

–Dice Woody Allen que sólo son felices los que se engañan a sí mismos. ¿Se miente bien?
–Yo hago algo peor que engañarme: me miento mucho, pero no me lo creo. Estoy satisfecho de todo lo que he hecho, del cine comercial y del experimental. Sé que la insatisfacción vende más, pero...
(Le pregunto qué más cosas no hacen daño una vez al año, y me dice que, en lo tocante a él, «dentro de diez años, hacer el amor». Nació en el 35, en San Sebastián.)