Los «ni-ni» sí que existen

El fracaso de las políticas educativas y de los planes de inserción de los jóvenes en el mercado laboral han disparado las cifras de «ni-ni» a la fuerza y los han convertido en una generación perdida, a pesar de que el Gobierno se empeñe en ocultarlo.

Marta de la Joya (27 años) / Licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas / Desde 2005 no ha conseguido ningún empleo estable relacionado con su carrera. Para sobrevivir, ha trabajado de camarera, agente comercial y de dependienta
Marta de la Joya (27 años) / Licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas / Desde 2005 no ha conseguido ningún empleo estable relacionado con su carrera. Para sobrevivir, ha trabajado de camarera, agente comercial y de dependienta

De hecho, el 45 por ciento de los estudiantes con titulaciones superiores termina trabajando en empleos de menor cualificación, un dato que dobla la media de la OCDE. Por si estos datos no fueran suficientes, la última encuesta de población activa (EPA) indica que 1.600.000 jóvenes entre 16 y 29 años ni estudia ni trabaja, lo que supone el 30 por ciento de individuos clasificados en esta franja de edad.

A pesar de todo anterior, el Gobierno ha intentado esta semana dar un golpe de efecto y ha dicho que los «ni-ni» sólo representan a un 1 por ciento de los jóvenes. Para ello, hace una particular interpretación de la estadística. El director del Instituto de la Juventud (Injuve), Gabriel Aconchel, incide en que sólo 136.696 jóvenes pueden ser considerados verdaderos «ni-ni». Para ello, el Injuve, dependiente del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad, esgrime que los auténticos «ni-ni» son aquellos que ni estudian ni trabajan y que no tienen intención de hacerlo.

Interpretación interesada
A esta conclusión se llega mediante una interpretación interesada del perfil de estos jóvenes. Así, el Injuve defiende que el auténtico «ni-ni» es aquel que no está ocupado, no busca trabajo ni tiene intención de hacerlo, no está afectado por una regulación de empleo, no muestra incapacidad o enfermedad que le impida buscar empleo y no está cursando estudios ni recibiendo formación, ni tiene pensado hacerlo de inmediato. Además, no realiza trabajos no remunerados benéficos o asistenciales, no tiene a su cargo a familiares o conocidos dependientes ni es responsable de las tareas domésticas. Lo extraño es que en esta definición encaje el 1 por ciento de los jóvenes.

Sin embargo, la que debe ser la gran preocupación del Ministerio de Educación es el 30 por ciento de los «ni-ni» a la fuerza. Estos jóvenes ni estudian ni trabajan porque no pueden. Las explicaciones del Ejecutivo no convencen a este colectivo, que ve impotente cómo su fe de vida laboral no registra movimiento alguno a pesar de estar formados y de buscar empleo con ahínco.

«Llevo parado desde el mes de agosto y estoy agobiado porque en mayo se me acaba», afirma Sergio García, un joven madrileño que se ha visto apurado económicamente en un periodo corto de tiempo. Admite que desde que el verano se ha dedicado a hacer algunos cursos para ampliar sus conocimientos y tener más opciones, pero que ni aun así es capaz de firmar un contrato: «Tengo el carnet de grúa autopropulsada y recientemente me he sacado el de conductor de autobús».

A sus 29 años, Sergio vive con sus padres y no es muy optimista de cara al futuro. «Las perspectivas son muy malas y estoy ya algo desmoralizado porque no encuentro nada», afirma.
Marta de la Joya tampoco ha tenido suerte. Esta madrileña de 27 años se licenció hace cinco en Publicidad y Relaciones Públicas y sólo logró permanecer en el mercado durante dos años.
Marta no ha escatimado esfuerzos para labrarse un futuro, que parece no llegar nunca. Cuatro veranos fuera de España aprendiendo inglés, un máster en Comunicación de Moda y un posgrado en Imagen y Moda. Ya no sabe qué hacer. «He estado dos años trabajando en cosas que no tienen nada que ver con lo mío», lamenta Marta.

En ningún momento ha dejado de intentarlo, pero no hay manera: «He probado de agente comercial, de dependienta y hasta de camarera. No paro de mandar currículos y de hacer entrevistas. Sólo quiero un trabajo normal».

En opinión de Marta, la crisis lo ha empeorado todo. «Antes, cuando acababas la carrera salían con trabajo o con unas prácticas. Ahora es imposible. La crisis económica mundial ha hecho mucho daño, pero la crisis educativa en España no ha ayudado nada», reflexiona.

Sueños rotos a los 24 años

Pablo Grande es otro claro ejemplo de estos jóvenes. Acabó la carrera de Arquitectura Técnica en febrero de 2010 y la falta de salidas laborales le ha obligado a reciclarse. A sus 24 años ha renunciado a su sueño de trabajar en un estudio de arquitectura o en una empresa de la construcción.

Pablo consiguió colaborar con una empresa de rehabilitación de viviendas, que tuvo que abandonar tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria. Mientras tanto, completó los créditos para adaptar su título al Plan Bolonia y estuvo buscando empleo. «Nunca he descansado, pero las ofertas son pocas y se presentan 300 personas diarias a pesar de que piden cinco años de experiencia», dijo.

Ante este panorama, optó por cambiar a la rama industrial con un curso de gestión de planta química. Pablo no desespera y sigue con su lucha para encontrar un trabajo. «Ahora, intento buscar lo que sea», dice resignado.

Los casos de Pablo, Marta o Sergio son sólo tres ejemplos de una realidad preocupante. Los jóvenes españoles con titulación tienen muy complicado el acceso a un trabajo. Por ello, cada vez más, se están dando casos de personas que mienten en su currículum para que les contraten. No queda otra.

Por todo lo anterior, la única tesis del Injuve con la que están de acuerdo es que los jóvenes españoles están marcados por la falta de expectativas laborales.