Wimbledon mucho más que tenis

La primera vez que uno pone el pie en Wimbledon le embarga una sensación de grandeza. Es algo extraño y a la vez increíble. Se trata de un «micromundo» en el que comparten protagonismo a partes iguales el tenis, las costumbres ancestrales anglosajonas y las diferencias entre clases. Esto último queda patente nada más entrar por la puerta número 1.

Wimbledon, mucho más que tenis
Wimbledon, mucho más que tenis

Centenares de amantes de la raqueta se aglutinan frente a una pantalla gigante en la pequeña colina Henman, llamada así por Tim Henman, según cuenta la leyenda, el más británico de todos los tenistas. El ambiente contagia buenas vibraciones. Hay familias enteras e historias para contar a los nietos. Como la de Janelle Tripodi. Cuando era pequeña la australiana prometió a su madre que un día la llevaría a ver el mejor tenis sobre hierba del mundo. Este año ha cumplido su palabra y su madre Denis, de 66 años, no ha tenido reparos para meterse en un avión durante 20 horas y 10 minutos para sentarse en el suelo y ver a sus ídolos. Sus caras recordaban a las de los niños pequeños en Disneyworld.

Frente a la masa se encuentra el Centre Court Debenture, tan sólo uno de los puntos que ofrecen salas de encuentro, relax y restaurantes a las personas que se pueden permitir pagar entradas para la pista central las dos semanas del campeonato. Las papeletas superan con creces las 5.000 libras, pero ni siquiera en los años de crisis más acusada han quedado asientos libres. Abajo, se encuentra la cantina. Se podría decir que es la zona menos glamurosa, pero aún así cuenta como mobiliario con las famosas sillas de metacrilato transparente «Luis Ghost». Precio por unidad, 90 libras.

Claro que la exquisitez de los detalles nada tiene que ver con la zona dedicada a los miembros del «All England Club». Su restaurante conecta directamente por una pasarela con la pista central. El resto de los mortales ve desde abajo cómo se pasean de un lado a otro enfundados en sus gemelos y zapatos de ante. Ese tipo de ante caro y pijo que ni siquiera la lluvia de Londres puede dañar. La imagen es pintoresca, parecida quizá a la del Titanic. Y es que, aunque todos están en el mismo barco, no se mezclan en ningún momento. La diferencia de camarote, en este caso de palco en la pista central, lo dice todo.

Lo único que asemeja a los unos y a los otros es el mítico bol de fresas con crema. En la zona noble y en la colina tienen el mismo precio: 2,50 libras. Cada año se venden aproximadamente 28.000 kilos de fresas. Los más pudientes las acompañan de champán (se venden 25.000 botellas, la más cara cuesta 100.000 libras). El resto de los mortales las «bañan» con Pimm´s (se sirven 200.000 vasos). Todos hacen cola para probar el exquisito manjar. Porque otra cosa no, pero los ingleses son expertos en hacer colas. Nadie como ellos para aguantar horas y horas en fila sin perder ni los modales ni el humor. Aunque acaben empapados por la lluvia.

En Wimbledon hay colas para casi todo, pero la fila por excelencia es la que se forma para poder acceder a la gran final. La gente es capaz de acampar para conseguir una entrada que le permita sentarse en la colina Henman. En 1927, tan sólo hicieron falta seis acomodadores para poner orden. Hoy trabajan sin descanso 185 «stewards». Pese a que la entrada más barata se puede adquirir por 14 libras, en el momento en el que uno entra al recinto le embarga la emoción y cae sin problemas rendido al gran negocio del «merchandising». Todo está a la venta. Desde las pelotas utilizadas durante los «partidos de los campeones» (1 libra, cada bola) hasta el atuendo blanco de chaqueta y pantalón al más puro estilo Federer (1.800 libras). En 2010, las ganancias del torneo superaron los 31 millones de libras.

Se entiende por tanto que los organizadores no tendrán muchos problemas para amortizar los 80 millones libras que costó la cubierta de la pista central. Este año ha sido la gran estrella. El ser humano es capaz de utilizar móviles de última generación, pero se queda con la boca abierta cuando el techo móvil cubre totalmente la hierba. Se escucha un «ohhhh» y la gente aplaude. Son pequeñas anécdotas del siglo XXI.