Ramón Sánchez Ocaña: «Yo era el médico que todos querían tener» por Amilibia

Ramón Sánchez Ocaña: «Yo era el médico que todos querían tener»; por Amilibia
Ramón Sánchez Ocaña: «Yo era el médico que todos querían tener»; por Amilibia

Todavía le paran por la calle para pedirle consejo como si fuera médico, «sobre todo, la gente de cierta edad; los jóvenes no saben quién soy», dice. En los 80, una señora llamó a su despacho: «Quiero que me vea el doctor Sánchez-Ocaña». «No es médico, es periodista», explicó la secretaria. «Es igual, yo quiero que me vea». Nunca he sabido si al final la vio, pero queda claro que en aquella década y más allá, Ramón fue una de las estrellas mediáticas del país, un periodista que lo consiguió todo –o casi todo– poniendo en cristiano los prospectos de los fármacos y la jeringonza de médicos y científicos. Puso luz en la opacidad.
–O sea, que los jóvenes no saben quién es...
–Claro. Hace tiempo que no me ven en la tele. Yo siempre he sabido que la popularidad era volátil. En mi caso fue además una casualidad, una consecuencia del oficio.
–Después de «Horizontes» en La 2, salta a la primera cadena en el 79 con «Más vale prevenir».
–En un principio sólo se iban a hacer trece programas. Estuvimos once años. Aquello marcó mi vida. Aprendí tanto que cambió mi forma de vivir: fui creyéndome lo que decía y lo que escuchaba y empecé a ser más responsable con mi cuerpo. Dejé de fumar, por ejemplo.
Un invitado a uno de sus programas sobre el tabaco murió el día antes de grabar víctima de un enfisema. Ahí le dio a Ramón. La verdad es que tenía ganas de dejar el vicio porque al crecer su popularidad, tenía que esconderse en los baños de los bares para fumar. No quería que le dijeran como a cualquier político eso de «mira, no hace lo que predica». Luego cayó en Tele 5 y allí se encontró con otra forma de hacer televisión.
–Lo suyo nunca ha sido el periodismo espectáculo...
–Quizá ni sabría hacerlo. Yo, en TVE, logré hablar de almorranas sin enseñarlas y de quemados sin enseñar terribles caras quemadas.
–La suya era, es, una imagen bonachona. ¿Eso ayuda?
–Soy sonriente y gordito, y, sí, eso da una imagen bonachona. Ayuda si te expresas con naturalidad. Yo era el médico que todos querían tener.
Se considera buena gente, no conoce enemigos ni odios. En la primera etapa de «Más vale prevenir» casi todo el equipo cayó en la hipocondría; él, no. «Nunca he sido aprensivo». Su gran logro: las vidas que salvó por explicar, por ejemplo, lo que se debe hacer ante el ahogamiento por obstrucción. «Luisa Sala, la actriz, murió ahogada por un pedazo de carne; explicamos lo de la presión debajo del esternón y todo eso, y recibimos cartas de gente que se había salvado gracias a nuestra información, uno de ellos, Juanjo Menéndez; fue emocionante».
–Ya no hace televisión...
–No la echo de menos; quizá me tentaría volver si me pidieran un programa del estilo de «Más vale prevenir», pero nada más.
–Se envejece y la tele nos abandona...
–Es un problema de la sociedad española, que arrincona a la gente cuando está en la mejor edad. Se desprecia el conocimiento, es una discriminación injusta e indignante. La tele sólo quiere jóvenes. Y le llaman «cambio» a cambiar de decorado y de caras.
–Dice Vargas Llosa que las redacciones de ahora parecen farmacias suizas.
–Llega la computadora y todo cambia. Lo malo de este oficio agonizante es que hoy los periodistas ven la vida a través de la pantalla del ordenador y de los comunicados de los partidos, instituciones, empresas...
Ha escrito más de veinte libros, y no para. Uno, sobre la cirugía estética. Le digo una frase del doctor Cavadas: «La cirugía estética es propia de las sociedades saciadas; la gente que lleva vidas duras no se preocupa del michelín». Le parece buena; él tiene otra de un especialista: «Dentro de pocos años, ser feo será como estar sucio». Y llegamos al tema de la vejez. López-Otín, bioquímico ovetense, como Ramón, dice algo que me suena hasta poético: «El envejecimiento es la pérdida de armonías moleculares». Y Ramón salta: «Es curioso: las que más viven son las células cancerosas». Le tiene miedo a las enfermedades degenerativas, pero es casi gallego al comentar: «Casi nada puedes hacer para evitar lo que ha de llegar; sólo controles, medidas preventivas». No piensa demasiado en la muerte porque amarga, y le gusta una frase que ha repetido mucho: «La salud es un estado transitorio que no lleva a nada bueno».
–Cuénteme cómo envejece...
–Bien. Ahora escribo un libro precisamente sobre eso, «Voy cumpliendo años». No he perdido placeres. Quizá algo de vigor general y la ilusión por hacer más cosas. Y uso lentillas.
No piensa jubilarse: «Escribiré, jugaré al mus y pintaré paisajes hasta el final». Su presente es estable y sereno. Lleva cafinitrina en el bolsillo.