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Como se esperaba, no viajó al certamen para presentar el filme

Terrence Malick esa sublime ridiculez

La nueva cinta del reverenciado director y la más esperada de este año divide al Festival de Cannes

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Cannes (Francia).

Tiempo de lectura 4 min.

16 de mayo de 2011. 15:51h

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Cannes (Francia). 16/5/2011

Hubo gritos e insultos en la cola de la Prensa para ver la película más esperada de la 64º edición de Cannes. La (deficiente) organización reaccionó montando otro pase donde hubo más gritos e insultos. La justificada ira de los periodistas contrastaba con la mística «The Tree of Life», poema que bascula entre lo sublime y lo ridículo, y cuyo montaje final llevan cortejando los festivales de todo el mundo hace dos años. Malick, el Salinger de los cineastas, no se desplazó a Cannes, lo que, parece, enfadó a las altas esferas del certamen. Una de las productoras, Sarah Green, se apresuró a defenderle poniendo su timidez como excusa, pero Brad Pitt fue más contundente: «Terrence ha construido una casa y no tiene por qué venderla».


Heidegger  y el universo
Malick no llegó a acabar su doctorado sobre Heidegger por desavenencias con su director de tesis. Más de cuatro décadas después, «The Tree of Life»  parece dar su última palabra sobre las teorías del ser y el tiempo del filósofo alemán. Como bien decía ayer Pitt en rueda de prensa, lo más fascinante de «The Tree of Life» es la combinación entre lo micro y lo macro, entre la historia de un niño y su familia en un pueblo de Texas en los años 50 y la crónica de la formación del cosmos y las primeras edades del universo. Es en lo macro donde Malick cojea: el larguísimo prólogo de la película, en el que se nos muestra el origen del mundo –la primera luz, la guerra de las galaxias, los ríos de lava, la llegada de los dinosaurios–, viene a poner en imágenes la metafísica de Heidegger –el «ser-en-el-tiempo» pero también el «tiempo-del-ser»–  en un conglomerado de imágenes hermosas pero de dudoso misticismo, como si Malick acabara de descubrir la filosofía «new age» tras revisar el «2001» de Kubrick. Los paralelismos entre lo micro y lo macro son fáciles de establecer –todos somos planetas en formación, células en mitosis, medusas en el océano– pero el viaje astral del cineasta es demasiado ingenuo. La cinta alza el vuelo cuando se centra en el niño, sus dos hermanos y los dos cabezas de familia, que representan dos modos de entender la vida: «El padre es la naturaleza imponiendo su voluntad y educando en la supervivencia», explicaba Pitt, «y la madre es la gracia, la ternura ante el mundo». Parece un retrato reduccionista, pero es el verso de las imágenes el responsable de convertirlo en una experiencia sensible y profunda, en la que Malick nos dice que perdemos la inocencia no cuando nos damos cuenta de que no nos aman, sino de que nos aman erróneamente. Malick conjuga los rasgos que definen su cine –voces en off susurrantes, lirismo exacerbado, omnipresencia de la naturaleza– desde una perspectiva casi musical, sin agarrarse a los imperativos de la narrativa clásica. «Estaba más interesado en captar el momento. Era como un tipo con un cazamariposas, intentando secuestrar el presente», contó Pitt. «Cada mañana nos daba las tres o cuatro páginas que teníamos que filmar, escritas a un solo espacio y con anotaciones, y ése era el punto de partida sobre el que debíamos trabajar. Rodábamos con luz natural, y sólo hacíamos un par de tomas. Por eso el resultado es de la frescura que se ve en la pantalla».


Los andares de Pitt
La imagen de «The Tree of Life» transmite un estado de ánimo, la palabra se hace gesto. Hay algo en la forma de andar de Pitt que revela el autoritarismo de su personaje; hay algo en el cuerpo de la actriz Jessica Chastain, en su modo de soportar el peso de una mariposa, que indica la gracia de la madre. Malick sabe integrar la fisicidad de sus interpretaciones en el punto de vista del niño, Jack (de mayor, Sean Penn: tres minutos de metraje), en esa mirada que descubre la belleza y el terror del mundo tocándolo y oliéndolo.

En esa compleja relación paternofilial en la que un padre vuelca su fracaso y su ira en el vaso a medio llenar de la conciencia de su hijo y en los ojos de un hombre que contempla su existencia como si fuera la historia de la evolución, con su selección natural y sus especies en extinción, reside el coraje de una película que, a la vez accesible y suicida, despertó ayer la reacción más encontrada –aplausos y abucheos, mitad y mitad– de lo que llevamos de festival.


Cuerpos en venta desde París
En «L'Apollonide: Souvenirs de la Maison Close», el francés Bertrand Bonello retrata el mundo de la prostitución sin salir de un burdel parisino durante el cambio de siglo, del XIX al XX. El propósito de la película es escucharlas y contemplarlas en su cárcel, distinguir los cuerpos oprimidos de los que están enamorados, atender a sus rituales de convivencia, entender hasta qué punto controlan a sus clientes o se dejan controlar por sus afectos. La acción se sitúa en un momento de transformación histórica que se refleja a duras penas en la rutina del prostíbulo y en su supervivencia. Bonello insiste en que deseaba ofrecer el punto de vista femenino sobre un tema que tiende a estar monopolizado por el hombre. La presunta novedad del filme no oculta su incapacidad para que la Historia se proyecte en el microcosmos del burdel, ni para ofrecer la crónica de la decadencia de un mundo encerrado en sí mismo sin caer en el tedio y el exceso de pretensiones.

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