Ese fuego que tirita

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Me lo dijo de madrugada un tipo del arroyo que se las daba de entendido en la materia: «No importa que tengas un brillante expediente académico, ni que se te considere un empresario ejemplar o que seas una apuesta segura pensando en asegurarse ella el porvenir. Al final el criterio de tu chica al elegirte se reduce a la certeza de que cuando llegue febrero tendrás los pies calientes». Puede que se tratase de una exageración y lo cierto es que yo lo puse en duda, pero doy fe personalmente del caso de una amiga mía que podía conciliar el sueño con hambre, o con un cargo de conciencia, y sin embargo era incapaz de dormir con los pies fríos. He conocido a pocas mujeres que reaccionen bien con el frío. De hecho, dieciocho grados en el climatizador del coche me sirvieron en una ocasión para deshacerme de la compañía de una amiga poco recomendable. No sé vosotros, pero yo sé de unas cuantas mujeres que incluso se acatarran al acercarse a una hoguera si alguien no aviva a tiempo el fuego. En un viaje que hice en junio por carretera a Madrid con una chica muy querida para mí, al filo de entrar por el sur de Galicia en la provincia de Zamora, me dijo que todo lo que sentía por mí se desvanecería si no encendía de inmediato la calefacción del coche. Estaba tan obsesionada con su aversión al frío, que en un momento del viaje en el que hablábamos de territorios que cada uno de nosotros considerábamos admirables, me rogó por mis muertos que no le siguiese hablando de Alaska. No recuerdo que entonces le hubiese reprochado nada por aquella actitud tan drástica, pero sé que semanas más tarde reaccioné y le dije que desde que la conocía había hecho lo posible por mostrarle mis mejores cualidades y era evidente que para seguir a su lado estaba incluso decidido a renunciar a una parte de mi conducta tan desordenada, pero que estaba claro que mi destino en la vida era unirme a una mujer dispuesta a vivir sin leña en la chimenea, por encima del paralelo 39, en cualquier país en el que el agua abundase más que la sed, el alba fuese un descuido del anochecer y el fuego tiritase de frío. Después de aquello nuestra relación no hizo más que empeorar hasta que rompimos una noche de copas en «Corzo». Ella se casó con un tipo que podría haber calentado la leche del desayuno metiendo los pies en ella. Y yo… bueno, yo cada vez que conozco a una mujer temo que lo que trate de averiguar en mis ojos no sea la verdad de mi alma, sino la temperatura de mis pies.