Río de Janeiro: Samba en Copacabana

Este fin de semana Río de Janeiro se llena de color, plumas y brillantina. La fiesta grande de la ciudad, el carnaval más famoso del mundo, toma el sambódromo y se convierte en la atracción turística de Brasil. 

Samba. Los ritmos de esta melodía marcan el paso durante los seis días grandes de la ciudad. Río de Janeiro se lanza a la calle en una fiesta llena de música y colorido. El sambódromo es testigo de la celebración que pone a prueba a las diferentes escuelas que han estado todo un año preparándose para el gran momento: el desfile musical más famoso del mundo.

Recorrer el poco más de medio kilómetro de distancia del sambódromo da Marquês de Sapucaí, en Río, puede llevar a sus participantes casi más de dos horas. Mucho tiempo, si se tiene en cuenta que quienes lo recorren no paran ni un segundo de bailar y moverse incluso con los kilos extra que suponen los alegres vestuarios llenos de plumas y lentejuelas que sirven para animar aún más, si cabe, la danza carioca.

La luz y el color atraen a los visitantes, que no sólo inundan estas instalaciones, sino que se trasladan a cualquier parte de la ciudad, y que también sienten predilección por las famosas arenas de la playa de Copacabana, antiguamente llamada Sacopenapã. Copacabana significa «mirador del azul» (quizás por encontrarse frente al mar) en la lengua quechua, descendientes de los incas que habitaban la región del sur del lago Titicaca, desde donde fue llevada la imagen de Nossa Senhora de Copacabana. El barrio cuenta con una elevada densidad de población, lo que sumado a la eventual visita de extranjeros convierte sus calles en pequeños ríos de gente que van de un lado a otro disfrutando de la fiesta.

Toda esa vida que inunda las calles sirve de excusa a los viajeros para acercarse a la playa. Esa forma de media luna copa toda la atención turística y concentra la mayor parte de los hoteles de la ciudad. En ella uno puede ser testigo, quizás, de los inicios de un nuevo Ronaldinho o Pelé, ya que resulta normal ver jugar a pequeños futbolistas en torneos locales. También hay espacio para otros deportes como el vóley playa o, simplemente, para dar paseos junto a la orilla o disfrutar tumbados en la arena.

Más allá del carnaval
Río de Janeiro también cuenta con un amplio abanico cultural. Edificios, museos, salas de arte… lugares emblemáticos que merecen una visita. Merece la pena, si existe la posibilidad, contratar un paseo en un bus turístico con un guía que nos sirva para situarnos bien en la urbe y que incluya los diferentes barrios y una parada en el Corcovado (con su famoso Cristo de casi 30 metros que abre sus brazos al mundo), en el Pan de azúcar y, cómo no, en el estadio de Maracaná. Para los amantes del fútbol, este último supone una visita obligada, no en vano es uno de los templos del balompié mundial. Considerado el deporte con más adeptos del país, este estadio fue testigo de lo que se conoce hoy como «maracanazo» y que sirvió para acuñar la derrota de Brasil frente a Uruguay en el mundial de 1950.

Deportes aparte, para los menos acérrimos al fútbol hay un Río que ofrece muchas caras. Quedan vestigios de la época colonial y también edificios contemporáneos que han dejado grandes arquitectos como Óscar Niemeyer. Los contrastes que se ven cuando uno se adentra en sus calles (se aconseja hacerlo de la forma más discreta posible para evitar posibles hurtos) son claros, pues uno es testigo de las diferencias de clases de la urbe. Grandes y elegantes edificios frente a favelas «totalmente equipadas con agua y televisión» (sus parabólicas, instaladas en los techos de uralita, y sus depósitos así lo demuestran). No se trata sólo de personas que viven en la extrema pobreza, sino también mucha clase media que no puede permitirse el lujo de vivir en uno de los carísimos pisos que hay fuera de ellas.

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