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Afganistán

Pakistán cartas marcadas

La Razón
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La situación geográfica de Pakistán, Estado «tapón» entre India y Afganistán, ya le incitan al doble juego. La geografía marca la historia, como una constante. Con la primera, mantiene desde 1947, fecha en la que ambas se independizaron de Inglaterra, conflictos latentes que no se resolvieron con aquellos trágicos desplazamientos que afectaron a cuatro millones de ciudadanos obligados a buscar una nueva tierra, donde teóricamente se integrarían etnias, religiones y política.


Dos guerras por Cachemira –1947 y 1965– y otra por la secesión de Bangladesh no han evitado otros conflictos como el incidente de Kargil que estuvo a punto de estallar en otra en 1999. Cachemira sigue latente, tanto por los problemas de su población como por el aprovechamiento de las aguas del Indo o por el tema del glaciar de Siachen, en el Himalaya, el considerado «campo de batalla más alto del mundo».

Pero hoy, sigue mas que nunca latente el problema de Afganistán.

La filtración de los 92.000 informes por la web WikiLeaks vuelve a poner en entredicho el juego de Pakistán en el conflicto afgano. India, como aliado incondicional de la URSS, apoyó la invasión soviética de 1979. Perdió influencia con la victoria de los talibán, a los que sólo reconocieron a Pakistán, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes. Tras su derrota, India apoyó abiertamente el acercamiento occidental al país. Necesitaba un entorno aliado en Afganistán que amortiguase la posible amenaza pakistaní, a la vez que le permitiese el acceso a las ricas zonas energéticas de Turkenistán y Kazakistán. Islamabad considera esta política como una amenaza y la utiliza como baza estratégica. Mide con «pie de rey» su colaboración con ISAF, que cobra religiosamente y permite, cuando no apoya, las acciones de los talibán en un doble juego criminal.

Los documentos filtrados –vaya el lector a saber con qué fin– dejan claro que secciones residuales o consentidas de los servicios de inteligencia pakistaníes, que ya apoyaron a los combatientes muyahidines contra los soviéticos en los 80, siguen haciéndolo hoy a los talibán.

India juega fuerte, apoyada en el peso histórico de sus relaciones con Afganistán y la influencia de su cultura en la formación de sus líderes, como Hamid Karzai, que estudió en sus universidades.

Está presente desde 2002 con un programa de asistencia de 1.300 millones de dólares, lo que la convierte en uno de los mayores donantes, tras EEUU, Inglaterra, Japón y Canadá.

Está construyendo el nuevo edificio para el Parlamento en Kabul, electrifica y abre pozos en seis provincias y construye la autopista que une Kabul con el puerto iraní de Chabahar. Ello representa una vía alternativa al obligado paso por territorio pakistaní del esfuerzo de guerra y de ayuda, lo que entraña una segunda consecuencia: Chabahar supone una dura competencia para el puerto pakistaní de Gwadar en Beluchistán, construido recientemente con ayuda china y que trata de ser la puerta marítima principal de Pakistán, descongestionando a Karachi, la antigua capital, situada en un punto estratégico vital en las rutas del mar de Arabia.

Cinco mil trabajadores y cooperantes indios están presentes hoy en Afganistán. Además de su Embajada en Kabul, mantiene cuatro consulados en Herat, Mazr-e-Sharif, Kandahar y Jalalabad. La apuesta es firme.

Pero el contrapeso que Islamabad quiere imponer también es firme. Es consciente de su influencia decisiva en el conflicto y exige a Washington que limite la actuación e influencia indias, especialmente en el adiestramiento –y adoctrinamiento– de las fuerzas afganas, y al mismo tiempo que impida su apoyo a los movimientos independentistas de la sureña región pakistaní de Beluchistán. Suena a intimidación, a cartas marcadas, casi a chantaje.

Pero éste es el juego. En Pakistán no le han dado la menor importancia a la filtración de WikiLeaks. También Obama ha salido al paso:«Ya lo sabíamos»; «agua pasada no mueve molino». Pero la procesión va por dentro.

Mala semana para el teatro de operaciones asiático.

Mientras se habla de las filtraciones, muy cercanas a traiciones, negocios informáticos y protagonismos, unos soldados –entre ellos 1500 nuestros– luchan de la mejor forma posible por hacer gobernable un país anclado en la Edad Media. Por supuesto siempre se cometerán errores. Unos propios del ser humano, otros provocados por los insurgentes, que saben que su gran baza está en la sensibilización de parte de una sociedad huidiza y cobarde.

Holanda ha dado un peligroso mal ejemplo. Demasiado pronto han olvidado que en el cementerio de Margraten, cerca de Maastricht, están enterrados más de 10.000 norteamericanos que los liberaron de otro talibán, llamado Hitler.

Mientras se disputan entre India y Pakistan glaciares y cuencas de ríos, tres millones de sus ciudadanos sufren unas horrendas inundaciones.

Todo debería jugarse con las cartas sobre la mesa. Pero alguien acude con la baraja marcada. Mientras, millones de ciudadanos, miles de soldados sufren en sus carnes el resultado del juego sucio. ¡Es para pensarlo!