Cronenberg se sienta en el diván

Las películas de David Cronenberg y Philippe Garrel, que monopolizaron la jornada de ayer de la Mostra de Venecia, hablan del amor como fuerza destructora. En «Un método peligroso», el cineasta canadiense lo hace explorando los orígenes del psicoanálisis en un árido, denso e inflexible ejercicio de contención formal. En «Un verano ardiente», el director francés sigue fiel a su estilo abrupto y entrecortado, próximo al cine de Cassavetes, para quitarle la piel a una relación de pareja que acaba en sangre, sudor y lágrimas. Cronenberg, que ha cambiado el título del «rey del horror venéreo» por el de «rey del cine de autor», fue aplaudido unánimemente por la Prensa.

Garrel, por el contrario, tuvo que lidiar con los prejuicios de los periodistas italianos con Monica Bellucci: acostumbrados a verla como majestuosa «maggiorata», como heredera de raza de Sofia Loren o Gina Lollobrigida, les provocaba la risa cuando se pone profunda.

Basada en la obra «The Talking Cure», del también guionista Christopher Hampton, «Un método peligroso» no parece de Cro-nenberg sino de Manoel de Oliveira. Y no crean que la apreciación es peyorativa: del mejor Oliveira. Más que en ninguna otra de sus películas, la palabra parece esculpir la imagen. Una imagen desnuda, precisa, minimalista, a pesar de la minuciosa, decorativa reconstrucción de época. La palabra moldea la psicología de los personajes levantando una cuarta pared que la progresión dramática del filme derrumba poco a poco, apoyándose en la interpretación de Michael Fassbender (Jung), Viggo Mortensen (Freud) y Keira Knightley (Sabina Spielrein), atados bien cortos para evitar en todo momento la caricatura. Es una película en la que resulta difícil entrar y de la que resulta más difícil salir.

En realidad, «Un método peligroso» cuenta la misma historia que «Inseparables»: el amor entre dos hombres se trunca por la irrupción de lo femenino. No es extraño que Cronenberg haya declarado que, para él, uno de los atractivos del proyecto era recuperar y reivindicar la figura de Sabina Spielrein, una de las primeras pacientes de Jung, luego convertida en su amante y, más tarde, en discípula de Freud y psicoanalista reconocida. En el cine de Cronenberg, la mujer es agente de cambio, portadora de un caos transformador y creativo, y aquí es la responsable de que Jung se intoxique con su propia medicina. Cuando Spielrein habla de que cree que la pulsión sexual implica la destrucción del ego, no cuesta reconocer en su discurso esa memorable filosofía de la metamorfosis llamada Nueva Carne. Instalado en su camino de depuración estilística, Cronenberg es tan Cronenberg como siempre: sólo que ahora, en su cine, no hay heridas supurantes donde agarrarse.

Sueños y pesadillas
La herida es el cerebro. Las alucinaciones de «El almuerzo desnudo» o «Spider» han sido sustituidas por la evocación verbal de sueños y pesadillas y por el fructífero intercambio de ideas, ya sea en persona o por carta, entre Jung y su admirada figura paterna, Freud. Es fascinante ver cómo Cronenberg explica la implantación de la terapia psicoanalítica, y las contradicciones que provoca en la personalidad de Jung (más abierta a la espiritualidad, más permeable a las experiencias místicas) y en la de Freud (más rígida y pragmática, obcecada en definir al sexo como el origen de todos nuestros males). «No se trataba de hacer un ejercicio académico, sino de retratar a dos personas con distintas opiniones», explicó ayer Mortensen, acompañado por una mascota de peluche, vestida con los colores del San Lorenzo F.C., que le había regalado un fan. «En realidad Freud y Jung no estaban tan lejos desde una perspectiva intelectual, rompieron su amistad por una cuestión de orgullo. Podríamos decir que se comportaban de una manera tan infantil como las personas a las que psicoanalizaban».

«Leyendo "El mundo de ayer", de Stefan Zweig, puedes tener una idea de cómo era la sociedad del Imperio austrohúngaro», explicó Cronenberg. «Estaba claro que el hombre había hecho un gran progreso, los europeos de la época eran cultos y civilizados. Es fácil imaginar la polémica que creó Freud con sus teorías.

Freud dijo que esa civilización era una máscara, que por debajo estaba el subconsciente que el hombre no podía controlar, y eso supuso toda una ruptura con la manera en que entendíamos la conciencia humana. Las teorías de Jung evolucionaron hacia lo místico y lo religioso, pero las de Freud siguen vigentes». Así las cosas, el psicoanálisis se transforma en cura pero también en enfermedad. La película termina con una nota bellamente melancólica, y con el presagio de que ríos de sangre iban a inundar Europa con la Primera Guerra Mundial. Inevitable recordar que hace tres décadas, cuando Cronenberg prefería explotar cabezas, una película como «Cromosoma 3» retrataba la psicoterapia como método realmente peligroso para sacar a la luz (en forma de pústulas) las enfermedades morales de la civilización occidental.

La brusquedad del desamor
«En el amor, sálvese quien pueda», dice el narrador de «Un verano ardiente». Es una máxima que podría aplicarse a buena parte del cine de Philippe Garrel. Películas como «J'entends plus la guitarre» o «La naissance de l'amour» –en España, sólo disponibles en DVD: Garrel nunca ha estrenado comercialmente en nuestro país– podrían considerarse capítulos previos a este drama esquinado, sin pulir, tan brusco como el propio de-samor. En cierto modo, la película es un paseo por un amor en ruinas, y su reflejo en el de otra pareja, que acaba de sentar las bases de su relación.
El desencanto de una generación que quiere volver a luchar contrasta con la indolencia de otra que considera su arte como un acto de resistencia, pero que no sabe ni de políticas ni de revoluciones. El artista en cuestión es Frederic (Louis Garrel), casado con una actriz (Monica Bellucci) que necesita ser el centro de atención todo el tiempo. Bellucci, que protagoniza un breve desnudo integral, ha declarado que se sorprendió de que a Garrel no le importara la evidente diferencia de edad entre los dos actores, que nunca se menciona en una película sin apenas escenas de amor. No es el momento de discutir aquí la misoginia galopante del autor de «Les amants reguliers», sino su capacidad para extraer verdad de la vida en estado crudo –rueda sólo una toma, a lo sumo dos, de cada escena, después de un largo periodo de ensayos–, de su amor por la familia –aquí está su hijo pero tamién su padre, recientemente fallecido, al que rinde un hermoso homenaje en la bella secuencia final–, y de una cierta tendencia a la pedantería.


La omnipresente Kate Winslet
Bien es sabido que la segunda edad de oro de la ficción televisiva americana, en términos de creatividad, ha ganado por puntos a la industria de Hollywood. Kate Winslet, que hace triplete en esta Mostra (anteayer la vimos en «Un dios salvaje», hoy la veremos en «Contagion» de Soderbergh), presentaba la miniserie de HBO «Mildred Pierce» (próximamente en Canal Plus), que Venecia ha programado para demostrar que cine y televisión no se miden por distintos patrones de calidad, y para homenajear a Todd Haynes, su director, que forma parte del jurado internacional. En cinco episodios, el cineasta norteamericano retoma el estilo retro-feminista de «Lejos del cielo» para adaptar la novela de James M. Cain que Michael Curtiz llevó al cine en «Alma en suplicio», con Joan Crawford como protagonista. Es una obra delicada y preciosista, una ejemplar «woman picture» para estos tiempos de crisis.