Contra la democracia

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Desde el primer momento, los «indignados» o manifestantes del 15-M opusieron la «democracia real», que era la suya, a la democracia que conocemos todos. Según los indignados, la democracia española es una democracia falsa, impostada, una democracia «formal» como decían los comunistas de los años setenta cuando cantaban las alabanzas de las verdaderas democracias, que eran las soviéticas. Hoy el ejemplo que nos proponen los «indignados» a los españoles es el de Venezuela. Pertrechados con grandes dosis de buenas intenciones, podemos tratar de entender esto desde varios puntos de vista. Hay quien ha visto en el movimiento una respuesta al descrédito de la clase política y, por extensión, del sistema político español: mucha gente, por lo visto, se aburre ya de nuestra democracia…Otros lo interpretan como una reacción en contra de la crisis del Estado de bienestar, a pesar de que esta crisis todavía no se ha traducido en recortes para los jóvenes, que lo siguen teniendo casi todo gratis o masivamente subvencionado, desde la educación y la sanidad hasta el transporte y… el ocio. Como los «indignados» suelen ser jóvenes, hay quien piensa que el movimiento refleja la percepción de que se ha averiado el «ascensor social» que permitía superar las rigideces sociales.

Esta última explicación es la más verosímil. Si tuvieran posibilidades de salir adelante, los «indignados» no habrían perdido el tiempo acampando en las plazas españolas. Aun así, las soluciones que proponen, de inspiración socialista, llevarían a un empeoramiento de la situación. Por otra parte, la democracia española, imperfecta como es, ofrece más posibilidades de participación que cualquier otro sistema, ya sea en los partidos políticos, medios de comunicación, asociaciones civiles y en las instituciones. El caso es que en ningún momento hay voluntad de reforma seria. Al contrario: la «democracia real» requiere ejercer la violencia sobre la que existe. Así ocurrió desde la primera manifestación del 15 de mayo hasta las de Barcelona, pasando por la despreciable ocupación de los espacios públicos y la nueva Marcha sobre Madrid que, a imitación de la de Mussolini, han organizado para este fin de semana. La violencia es estructural en el movimiento de los «indignados». Los «indignados» han contado con la simpatía de una parte de la derecha mediática, nostálgica del regeneracionismo antipolítico. Más sólido ha sido el apoyo de la izquierda, que no sabe qué hacer ante la crisis total de su esquema social y cultural. También han tenido ejemplos, como los radicales de Bildu, legalizados por voluntad del Gobierno. Han sido mimados, finalmente, por un ministro del Interior que creyó ver en ellos una forma de poner en jaque al PP y movilizar a la izquierda. En el fondo, han sabido que eran intocables y que representaban el sueño del zapaterismo, su más precioso legado a la historia de España.