Quién califica a las agencias

La Razón
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La inapelable solvencia crediticia de Estados Unidos se ha resquebrajado. O, al menos, eso opina la agencia de calificación Standard & Poor's, que, por sorpresa, el pasado viernes, bajó su calificación de AAA, la máxima posible, a AA+. Tras unas semanas «horribilis» en las bolsas de media Europa a cuenta de la prima de riesgo, principalmente española e italiana, –pero también belga y francesa–, provocada por eso que se ha venido en llamar «mercados», la noticia del otro lado del Atlántico ha vuelto a disparar los temores ante la apertura mañana de los parqués. La degradación de la calificación de la deuda de EE UU ha sido contestada de inmediato por la Administración Obama, que ha cargado contra S&P a la que acusa de cometer errores de bulto en sus cuentas. El Gobierno estadounidense ha atacado la credibilidad del análisis que justifica la decisión de Standard & Poor's con el argumento, de peso, de que ha hallado un error de 2 billones de dólares. S&P se ha visto obligada a retirar la cifra de su análisis después de que funcionarios del Tesoro descubrieran que las estimaciones de la agencia de calificaciones sobre el gasto discrecional del Gobierno eran demasiado altas. Con todo, y desde una perspectiva europea, también se puede argumentar que esas agencias han sido, en el pasado y en el presente, mucho más estrictas en sus jucios con las economías europeas que con EE UU. Las agencias de calificación más importantes, Fitch, Moody's o la misma S&P, son norteamericanas y, de antiguo, han sido más laxas a la hora de calificar las políticas económicas y financieras del dólar que las del euro. Por otro lado, cabe preguntarse, ¿qué autoridad se arrogan estas agencias para entrar hasta la cocina en las cuentas de los países? ¿Qué conocimientos y acceso a los datos tienen? ¿Dónde los obtienen? Tras esos nombres, Fitch, Moody's o Standard & Poor's se esconde un conglomerado de intereses que ocultan un negocio mundial, inmenso. Ahora resuenan con fuerza las voces, a ambos lados del Atlántico, que llaman a desarrollar los controles y tamices a las valoraciones de estas «empresas», más que agencias de calificiación, que tienen clientes e intereses en todo el mundo. De hecho en Europa no son pocos los gobiernos que han denunciado que la opacidad de estas agencias fue el detonante de la crisis hipotecaria en 2008 que desplomó los mercados financieros mundiales. Con el tiempo se ha conocido que daban autorización para ciertos bonos o mejoraban la calificación de otros que después se supo no lo merecían. Hasta ahora, las agencias de rating han tenido que hacer frente a demandas privadas en EE UU y algunos países europeos. Parece claro que pronto, en ambos continentes, los gobiernos cargarán contra unas agencias que han provocado y disparado la inquietud financiera. Por medios judiciales y legislativos, como ya ha ocurrido en Italia, donde la Fiscalía tiene abierta una investigación contra Moody's y Standard Poor's por abuso de información, manipulación del mercado y uso de información privilegiada. Y todo por dinero, por mucho dinero, aunque su negocio lleve aparejado el provocar el caos financiero y social.