Inestabilidad permanente

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Cuando empezaron los levantamientos en Túnez, dijimos en estas páginas que habría que aprender a gestionar una nueva situación. Las redes sociales permiten, efectivamente, una movilización instantánea. Esta movilización no tiene por qué ser de alta intensidad ideológica, pero se combina con tres años de crisis –de desconcierto vital y ahora de reestructuración de los gobiernos– sin que, por ahora, se vea una salida. Los ejemplos son múltiples, desde Israel hasta Inglaterra, pasando por los países árabes.

En España, y en particular en Madrid, estos primeros días de agosto han sido memorables, con los helicópteros de la policía surcando el cielo toda la noche y luego la sensación de que las cotizaciones bursátiles no tenían fondo y abrían paso sin remedio a una nueva recesión. Es posible que todo resulte un fenómeno pasajero. Aunque ya no sea como antes, cuando la gente se tomaba los treinta días seguidos, los meses de agosto volverán a pertenecer al descanso. Sin embargo, no parece que esto se vaya a recomponer tan pronto.

Después de estos tres años, empezamos a saber lo que es la crisis. No es una crisis de ajuste como muchas otras que hemos vivido. Es el final de un ciclo largo, más largo en cualquier caso que los años de prosperidad desde 1997. Se entiende que muchos políticos, enfrentados a algo tan nuevo, respondan a la opinión pública que pide soluciones, y se esfuercen también –algo agotador– por escenificar que las cosas están bajo control. El «Business as usual» de los ingleses. Es posible, aun así, que fuera más interesante que empezaran a reflexionar de verdad sobre los elementos de estabilidad que tenemos a nuestra disposición –la democracia, las instituciones, la familia, la religión– para así encauzar algo que parece dispuesto a desbordarse en cualquier momento.