Estados Unidos

Qué teníamos contra Sarah Palin por Alfredo Semprún

Platón ya no vive aquíLas vueltas que da la vida. Valéry Giscar d'Estaing fue el más firme impulsor de la entrada de Grecia en la Unión Europea. Ante las reticencias de sus socios, que no veían nada claro que los helenos cumplieran las condiciones de ingreso, recurrió a uno de los trucos clásicos de los políticos: la «boutade». Y dijo: «No se le puede cerrar la puerta a la patria de Platón». Pues bien, el jueves, Valéry se declaraba en «Le Monde» firme partidario de que la patria de Platón abandone urgentemente el euro.

Fotografía tomada el viernes en la capital de Libia, Trípoli, durante la manifestación de una de las milicias islamistas surgidas a raíz de la guerra civil.
Fotografía tomada el viernes en la capital de Libia, Trípoli, durante la manifestación de una de las milicias islamistas surgidas a raíz de la guerra civil.larazon

Cada vez que un candidato a las primarias republicanas despunta en las encuestas, una legión de voraces investigadores revisan sus cubos de basura en busca del detalle cabrón que lo inhabilite. El último ha sido Newt Gingrich, veterano político, intelectual, ensayista, novelista y empresario. Para que le sitúen, era el tipo del pelo blanco y cara de vergüenza ajena que en el último debate intentaba poner algo de sensatez en las propuestas incendiarias de su contrincante, Herman Cain, con respecto a las relaciones con China. Por lo visto, son debates muy instructivos, principalmente para los aspirantes. De hecho, Cain se enteró en ese momento de que los chinos tenían bombas nucleares desde 1964 y, de paso, de que Obama había formado parte de la coalición internacional que intervino en Libia para derrocar a Gadafi. Sin embargo, esos pequeños lapsus no preocupan demasiado a los futuros votantes. Ya saben que siempre se puede aprender economía, historia o relaciones internacionales en tres tardes.

Y, además, Cain bastante tiene con explicar por qué cada vez que se acerca a una de sus empleadas o a una demandante de trabajo le acaban acusando de rijoso. Pero volvamos a Gingrich, el de pelo blanco. Era evidente que, tarde o temprano, su peso político –fue el presidente de la Cámara de Representantes que se las tuvo tiesas con Clinton–, le haría ganar puntos en la carrera hacia la Casa Blanca. Y no sólo por méritos propios: la frase «cualquiera menos Mitt Romney» hace furor en las bases tradicionales republicanas dispuestas, incluso, a perdonar que Gingrich se haya casado tres veces, mantuviera un ligue y, pásmense, se haya convertido al catolicismo, hecho que ya le fue reprochado con malvada ironía por la revista «Time». Así que con el flanco de la entrepierna neutralizado, la búsqueda tomó el rumbo de la parte dineraria. Y ahí le han pillado. Si a Romney, por poner un ejemplo, se le perdona su trabajo como desguazador de empresas, pecata minuta en el moderno capitalismo, a Gingrich intentan crucificarle por haber sido asesor, con minuta millonaria, de «Freddie Mack», esa especie de banco hipotecario para pobres, en parte dotado con fondos del Gobierno, que estalló al principio de la crisis. Si algo odia el republicano medio, es ese tipo de políticas «liberales» –léase «demócratas»– que atentan «contra los principios que hicieron grande ese país». Un desliz complicado que el bueno de Gingrich intenta reconducir a base de complejas explicaciones sobre el mundo de la asesoría y los «lobbies».
 
No hay que dar ayuda a los mexicanos pobres
 Muy hábil tendrá que ser. Otro de sus rivales, el texano Rick Perry, auténtico «pata negra», va cuesta abajo en los sondeos desde que se le supo una «debilidad» social: aprobó fondos públicos para dar bolsas escolares a hijos de inmigrantes irregulares. El hecho de que se quedará en blanco en un debate televisado sin acertar con el tercer ministerio que prometía eliminar –«¿Medio Ambiente? ¿Energía? ¿Asuntos Exteriores?– parece que tiene mucha menos importancia que dar ayudas de comedor a niños mexicanos. Y su explicación no convence: «Sus padres les trajeron a este país sin preguntarles. Debemos darles una oportunidad».

A este paso, la elección del candidato republicano va a ser por descarte. Y es que aunque el fondo de armario del partido es amplio, van quedando la prendas menos «ponibles»: Jon Huntsman, ex gobernador de Utah, no sólo es mormón, sino que, gran ofensa, aceptó ser embajador en China del Gobierno Obama. Fred Karger sirvió en las campañas políticas de Reagan y Bush, pero es activista homosexual. Rick Santorun, ex senador por Pensilvania es antiabortista, pero, también, enemigo declarado de los gays. Y, por terminar, tenemos a Ron Paul, congresista por Texas, que equilibra sus virtudes como enemigo de la injerencia del Estado Federal y feroz aislacionista, con su defensa de la despenalización del consumo de drogas.

En el otro bando, los de Obama disfrutan de lo lindo. Siguen prefiriendo a Mitt Romney como rival y, sin duda, maniobran en la oscuridad. Creen que un mormón como él que, además, presenta un perfil liberal, nunca será presidente de Estados Unidos, y menos por una candidatura republicana. Tal vez. Pero conviene recordar que hace unos años tampoco daba nadie un duro por un presidente negro.

 



Definitivamente, a los islamistas no les gusta la CIA

Los hombres de la fotografía protestan por el nombramiento del coronel Jalifa Haftar como jefe del Estado Mayor del Ejército libio. El coronel Haftar es el hombre de Estados Unidos para Libia. Antiguo oficial de Gadafi, cayó prisionero durante la guerra del Chad y fue reclutado por la CIA. Le reenviaron al campo de batalla con una fuerza de 2.000 hombres, también ex prisioneros, y la orden de derrocar a Gadafi. El cambio de Gobierno en Chad le puso de nuevo en fuga. Tuvieron que rescatarle fuerzas norteamericanas y se trasladó a vivir a Virginia, junto a la sede de la CIA. Durante la revuelta, Washington lo puso al frente de las milicias que defendían Bengasi. A los islamistas no les gusta. Ellos prefieren a un excombatiente de Afganistán, del que se sospecha que tuvo vínculos con Al Qaeda, llamado Hakim Belhadj. Es el jefe de una de las milicias más numerosas y mejor armadas y entrenadas. Le apoya sin ningún disimulo el emirato de Qatar que, según denuncian antiguos miembros del Comité de Liberación, pretende pilotar la difícil transición. Dentro de lo malo, los qataríes no son demasiado extremistas.