Historia

Barcelona

Militares en bando equivocado

La guerra los pilló en el lado en el que no creían. El destino eligió por ellos. Algunos se convencieron, otros hicieron lo posible por cruzar las trincheras 

Militares en bando equivocado
Militares en bando equivocadolarazon

Una de las características distintivas de la Guerra Civil Española frente a otros conflictos conocidos hasta entonces fue el que muchos españoles, militares o no, quedaron en zona dominada por el bando al que no profesaban sus simpatías y muchos de ellos tuvieron que permanecer allí todo el conflicto, emboscados algunos, colaborando a disgusto otros, y mimetizando sus sentimientos con los de la mayoría de sus «compañeros» geográficos la mayor parte de ellos. A los combatientes que pese a su adscripción ideológica previa a la contienda tuvieron que cambiar el «chip» y sentirse uno más en su bando de adopción, se los llamó «leales geográficos», una «lealtad» marcada, en muchos casos, por el destino que desempeñaban en el momento de producirse la sublevación. Sin embargo, su ideología no era coincidente con la del bando en que servían y muchos de ellos intentarían pasarse a los suyos a lo largo de la guerra. Que lo consiguieran o no sería cuestión de suerte.

Rojo, fiel a la República
Quizás uno de los casos más conocidos de los militares que lucharon en el bando que teóricamente no les correspondía es el del comandante Vicente Rojo. Católico practicante y de ideas conservadoras, Rojo fue, sin duda, el paradigma de militar que participó en la Guerra Civil española en el campo «equivocado». Conocida es la anécdota de su entrada en el Alcázar de Toledo durante el asedio a parlamentar con Moscardó para la rendición de la fortaleza, y del intento de muchos amigos y compañeros suyos, que se encontraban dentro de la misma, de que se quedara con ellos. Pero su juramento de fidelidad a la República le impidió faltar a su palabra y así se lo hizo saber al capitán Emilio Alamán, íntimo amigo y creador junto a él mismo de la «Colección Bibliográfica Militar», a quien le confió que la seguridad de su familia, toda ella residente en Madrid, le preocupaba mucho.
Tras una exitosa carrera profesional en el Ejército Popular, Rojo alcanzaría el generalato y marcharía al exilio en 1939, de donde regresaría a España en 1957, indultado de la pena de cadena perpetua que pesaba sobre él.
Pese a que muchas veces se cree lo contrario, la mayoría de los generales españoles no se sublevaron el 18 de julio de 1936. De los 19 generales de división sólo se alzaron en armas cuatro y de los 53 generales de brigada, sólo lo hicieron 20, de los que 13 tenían mando sobre tropa, dos estaban disponibles forzosos y el resto tenían destinos burocráticos. Como se ve, 24 generales de los 72 en activo en ese momento: un tercio del total.
En el transcurso de la campaña los republicanos fusilarían a 15 generales y los nacionales a seis, siendo condenados o expulsados del Ejército en ese mismo período siete por parte de los republicanos y 10 por los nacionales. Como parece obvio, la tragedia de estos 38 generales fusilados o expulsados fue haber quedado en el bando equivocado. Sólo cuatro generales, todos ellos de brigada, lograron pasarse a los suyos durante la guerra; serían dos por bando: Eugenio Espinosa de los Monteros y Abilio Barbero cruzaron las líneas para pasarse a los nacionales, y Juan García Gómez Caminero y Rafael Rodríguez Ramírez hicieron el camino inverso.

Los vuelos de los aviadores
Pero fueron los aviadores militares los que más fácil lo tuvieron para cambiar de bandera. Durante los primeros momentos de la guerra fue un riada de aviadores la que, aprovechando un servicio de guerra, se pasaron a «los suyos» En el bando gubernamental los primeros fueron los capitanes Ángel Salas, Joaquín Tasso y el teniente Cándido Pardo, desde Getafe a Pamplona. Poco después hicieron lo propio desde Cuatro Vientos a Tablada (Sevilla) el teniente Pablo Benavides, y desde Getafe a Burgos el capitán Rafael Jiménez. También del aeródromo de El Prat de Llobregat (Barcelona) se dirigieron a Pamplona el capitán Luis Calderón y el teniente García Pardo.
En agosto, desde Getafe, se escaparon los capitanes Jesús Camacho y Sebastián Rubio, así como el teniente César Martín, éste a bordo de un caza Nieuport 52. A mediados de este mes huyeron a Portugal los capitanes Fernando García y José Alorda, incoporándose a la zona sublevada. Sin embargo, ambos aviadores no fueron admitidos en Aviación e hicieron la guerra mandando unidades de infantería. En septiembre tomó tierra en Pamplona en un AS.6 «Envoy» el piloto civil Fernando Rein Loring. Después se produjo alguna que otra fuga esporádica, de menor relevancia, como las de los capitanes José Pazó y Juan Senén, ambos pilotando avionetas militarizadas.
Por lo que respecta al bando nacional, las más sonadas fugas al campo gubernamental fueron la del sargento Félix Urtubi, que desde África se pasó a Getafe, después de matar en vuelo a su observador. Otro caso fue el de un Breguet XIX de León, que escapó a Portugal con los sargentos pilotos Emilio Galera y José Cuartero, que pasaron a la zona republicana. También con muerte del piloto, asesinado en vuelo se pasó a Málaga un hidroavión Dornier «Wal», tripulado por el maestre piloto Antonio Blanch y el mecánico Evaristo Carvalleira. Con anterioridad, el día 10 de noviembre, se escapó al aeródromo de Alcalá de Henares con un trimotor Junkers Ju 52 el sargento piloto Ananías Sanjuán.
Por último, debemos indicar que varios aviadores escaparon con sus aviones al extranjero, sin pasar luego al campo enemigo. Tal es el caso de los pilotos Antonio Pérez del Camino y el sargento Fernández Gómez, que tomaron tierra en el Marruecos francés, o el teniente Alfonso Alarcón, que en 1937 escapó a Orán, en la Argelia francesa.

Enrique Manera, fusilado y vivo
En la Armada española hubo un nutrido grupo de oficiales que por su situación geográfica, que no ideológica, prestaron diversos servicios a la Marina de Guerra gubernamental, bien ocupando mandos de buques como en puestos del Estado Mayor. No obstante, muchos de ellos, al finalizar el conflicto civil fueron readmitidos en la Marina de Franco. Fue el caso del teniente de navío Enrique Manera Reguera, quien estaba destinado en la Base Naval de Mahón. Detenido al principio de la guerra por los gubernamentales, llegó a ser fusilado en La Mola, si bien sobrevivió a las heridas. Ante la escasez de oficiales, una vez repuesto de sus heridas fue rehabilitado y ejerció el mando del destructor «Alsedo». Este mismo barco fue mandado también por otro leal geográfico, el teniente de navío Caso y Montaner, el cual asimismo ejerció el mando del destructor «Gravina», y desertó cuando el buque se refugió en Casablanca, en septiembre de 1936, pasando a la zona nacional.
 El teniente de navío Evaristo López Rodríguez, piloto naval, sirvió en la escuadrilla de hidros Savoia S-62 de Santander y luego tomó el mando del Torpedero nº 3 y del destructor «José Luis Díez». Este oficial desertó cuando el último buque citado se trasladó a Burdeos (Francia), tras la caída de Bilbao, y pasó a la zona nacional.

Moreno se niega a disparar
Otros oficiales de la Armada, comandantes de submarinos, como los tenientes de navío Ferrando Talayero, Jesús Las Heras y Oscar Scharfhaussen, fueron también «leales geográficos». Los dos primeros desertaron cuando los navíos marcharon a los puertos franceses y el último fue hecho prisionero tras el hundimiento del B-6 en aguas del Cantábrico.
Scharfhaussen fue sometido a consejo de guerra en Ferrol y condenado a cadena perpetua… pero se le permitió regresar a la zona republicana para tratar de apoderarse de un sumergible y traerlo a la zona sublevada, lo que no consiguió. Tras el fin de la guerra fue plenamente rehabilitado. También mandó el submarino C-6 el capitán de corbeta Mariano Romero, el cual, teniendo a tiro al crucero «Cervera» y al acorazado «España», en aguas del Cantábrico, se negó a lanzar los torpedos. Romero había afirmado que no serviría a la República, y así lo cumplió. Denunciado por la tripulación, fue enviado a Madrid, desde donde consiguió trasladarse a la España nacional.
Menos suerte tuvieron los capitanes de corbeta Enrique Navarro Margati y Vicente Agulló, que eran respectivamente jefes de las Fuerzas Navales del Cantábrico y del Estado Mayor de las mismas, ya que también desertaron a bordo del destructor «Císcar», al tocar puerto francés. Trasladados a Ferrol, no se les admitió en la Marina de Guerra nacional y fueron expulsados de la carrera.

El caso del fogonero franza
El 18 de julio de 1936 mandaba el destructor «Velasco» el capitán de corbeta D. Manuel Calderón López-Bago, que había sabido ganarse las simpatías de su dotación. Había entre ésta un fogonero de filiación comunista llamado Manuel Franza Martínez al que se vigilaba como posible cabecilla de un motín. Pero Franza se comportó en todo momento como fiel guardaespaldas de su comandante e incluso desarmó a una serie de auxiliares navales refugiados en las máquinas del buque. Franza siguió en su puesto pese a que «los suyos» habían perdido. Meses después, pediría permiso para «pasarse a los suyos», permiso que con gran disgusto de Calderón, sería concedido, haciendo la vista gorda y ofreciéndole algunos duros para sus gastos. En 1938, el capitán de corbeta Calderón recibiría una misiva de Franza en la que su antiguo y fiel subordinado le exponía su gran decepción al convivir y luchar al lado de los que él consideraba «los suyos», así como su clara determinación de alistarse de inmediato a la Legión y de reencontrarse algún día con su comandante.