Asia

Corea del Norte dispara la alarma nuclear

Casas en llamas, civiles corriendo hacia refugios antiaéreos, columnas de humo, socavones negros y la artillería retumbando en los cristales. Aunque las escaramuzas entre la Corea comunista y la capitalista son relativamente frecuentes, hacía años que en la península no se vivían escenas bélicas de este calibre. El Ejército de Kim Jong Il lanzó ayer lo que muchos expertos consideran el ataque más serio desde que se firmó el alto el fuego en 1953

Frontera entre las dos Coreas
Frontera entre las dos Coreas

La surcoreana isla de Yeonpyeng, situada a escasos metros de las costas enemigas y habitada por unas 1.600 personas, fue el escenario de la agresión. Más de 50 obuses llovieron sobre torres de vigilancia y casas de pescadores, dejando algunos heridos y matando a dos soldados surcoreanos. «Las montañas están ardiendo y puede verse el humo por todos sitios», aseguraba un testigo a la televisión YTN de Seúl.

La artillería surcoreana respondió enviando al menos 80 proyectiles al otro lado de la frontera y sobrevolando la zona con cazas de combate. Debido al secretismo con el que el régimen comunista maneja sus problemas, no está claro cuál ha sido el alcance de los destrozos. Una vez que dejaron de sonar explosiones y los habitantes de Yeonpyeng fueron puestos a cubierto, las reacciones políticas de uno y otro lado llegaron en cascada. El régimen comunista se justificó asegurando que su ataque era una respuesta a las provocaciones de la Marina surcoreana, que llevaba dos días de maniobras militares en la zona. «Les avisamos varias veces de que no toleraríamos su presencia».

Mientras tanto, en Seúl, el presidente Lee Myung-bak organizó una videoconferencia urgente con sus mandos militares en la que ordenó poner al Ejército en máxima alerta, llamando a filas a reservistas y haciendo regresar incluso a los soldados de vacaciones. «Dado que Corea del Norte mantiene una postura ofensiva, creo que Infantería, Marina y Fuerzas Aéreas deberán unirse para contraatacar con fuego múltiple. Es necesario un enorme contraataque para hacer a Corea del Norte incapaz de provocarnos otra vez», dijo el presidente Lee.

Si sus palabras suenan amenazantes, todavía más la retórica de sus enemigos comunistas, cuyas reacciones oficiales hablaban de ataques militares «despiadados» si «el enemigo se atreve a invadir nuestras aguas un solo milímetro». Algunos iban incluso más allá. Con la típica bravuconería que caracteriza al régimen, Kim Myong-Chol, director del Centro Coreano Americano por la Paz, aseguraba que si «nos siguen provocando, el próximo objetivo será Seúl. Habrá un mar de fuego. La guerra nuclear puede empezar en cualquier momento».

Sin embargo, las declaraciones se inscriben en el marco de una tensión que dura más de medio siglo, que ha pasado por todo tipo de crisis, y en la que las amenazas han perdido credibilidad, convirtiéndose muchas veces en una exhibición de fuerza, en la que cada rival intimida al contrario agitando el plumaje. De hecho, las dos Coreas siguen técnicamente en guerra desde 1950, ya que nunca firmaron un tratado de paz, sólo un armisticio.

Según varios ciudadanos surcoreanos consultados ayer, en Seúl la crisis se vive con relativa calma y sin pánico. «Es un día como otro cualquiera, todo el mundo ha seguido trabajando.

Nadie piensa seriamente en una guerra», decía Juwan Yoo, estudiante universitario. La mayor preocupación de Seúl es que las provocaciones de su vecino no ahuyenten la inversión extranjera y les obliguen a aumentar el gasto militar.