«Prestige» qué suerte

Las siglas PSOE no sólo significan la «honradez» de los viejos militantes, también hay una historia oculta de violencia y conspiraciones

Rodríguez Zapatero saluda a Bono, su contrincante, cuando accede a la secretaría general el 22 de julio de 2000
Rodríguez Zapatero saluda a Bono, su contrincante, cuando accede a la secretaría general el 22 de julio de 2000

En la primavera de 2000, el PSOE se hallaba en su momento más bajo desde la Transición. El precandidato Borrell había desaparecido por la puerta de atrás, la alianza de izquierdas había cosechado un sonoro fracaso y ahora era Almunia quien, viendo los resultados electorales (que hundían al PSOE casi hasta el nivel parlamentario de 1979), presentaba inmediatamente su dimisión irrevocable. Por alguna razón, el partido socialista devoraba a sus líderes después de González. Bajo el mando de una comisión gestora encabezada por Chaves, se convocó el XXXV Congreso. Su lema: «El impulso necesario». En la carrera hacia la Secretaría General se colocaron José Bono; Matilde Fernández, candidata guerrista; y Rosa Díez.

Pero alguien más había decidido proponerse como líder del partido. Hasta ese momento, José Luis Rodríguez Zapatero era un modesto parlamentario procedente de las listas de León, de quien pocos españoles habían oído hablar. A finales de 1999 había recibido el premio «Diputado Revelación» de la Asociación de Periodistas Parlamentarios, pero lo cierto es que su actividad política era local, de alcance provincial incluso dentro del Congreso. Por ejemplo, su oposición a la política eléctrica del Gobierno Aznar, perjudicial para la minería leonesa. O bien anunciaba algunas de las obsesiones que guiarían su política futura como presidente del Gobierno: uno de sus grandes triunfos fue la enmienda a los Presupuestos Generales del Estado de 2000, que aumentó la partida destinada a las indemnizaciones a los combatientes republicanos no profesionales de la Guerra Civil.

El 25 de junio de 2000, Rodríguez Zapatero anunció su candidatura en el Congreso Extraordinario del PSOE de León. Inicialmente se le consideró el «convidado de piedra»; no representaba a ninguna gran corriente socialista, sino a una vaporosa «Nueva Vía», apenas una marca construida a partir de la Tercera Vía de Blair y el Nuevo Centro de Schröder. Entre los socialistas de renombre, sólo Maragall y el defenestrado Borrell lo tuvieron como primera opción. También recibió el apoyo de la corriente Renovadores por la Base, de José Luis Balbás. Se trataba de los famosos «balbases» que saltarían a las primeras planas en 2003 cuando dos de sus componentes, Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez, impidieran el pacto PSOE-IU en la Comunidad de Madrid y forzaran unas nuevas elecciones autonómicas.

No obstante, Zapatero iba a beneficiarse de su perfil bajo y de la desconfianza reinante entre el resto de corrientes socialistas. Atrapados en un particular «dilema del prisionero», guerristas y partidarios de Díez prefirieron conceder la victoria de Zapatero como segunda opción antes que facilitar la elección de Bono. En cuanto al juego del PSC, inserto en las coordenadas ideológicas del nacionalismo catalán y contrario al «españolista» Bono, consistía precisamente en propiciar un liderazgo débil en el PSOE, en impulsar a un secretario general manejable... y en deuda con Maragall. El resultado de tantos intereses cruzados fue el triunfo del hombre bautizado por Alfonso Guerra como «Bambi». Obtuvo 414 votos, sólo nueve más que Bono. Fue elegido secretario general del PSOE el 22 de julio de 2000.

Desde el primer instante quiso Zapatero desmarcarse tanto de la imagen arisca de Aznar como de los años de crispación de González. Frente a una opinión pública y un propio partido que lo contemplaban como figura de transición y de consenso, alguien que como mucho aportaría tranquilidad al PSOE durante su previsible travesía del desierto, Zapatero vendía «renovación» y, por decirlo con la coja palabra que se convirtió en emblema de su ejecutoria, «talante».

Si la adversidad no lo impide
La «oposición tranquila» de Zapatero se concretó en una labor de desgaste del Gobierno popular, que aprovechaba cuantas ocasiones se presentaran, ya se tratase de la presencia del «Tireless» en Gibraltar o de las «vacas locas», del trasvase del Ebro o de la reforma del subsidio de desempleo. En 2001, tras las elecciones vascas, contando sólo con el apoyo del sector de Rosa Díez, Nicolás Redondo Terreros dimitió como líder de los socialistas vascos por sus desavenencias con la dirección del partido. Lo sustituyó al año siguiente el secretario general del PSE de Vizcaya, Patxi López, que había apoyado a Zapatero en el XXXV Congreso.

En diciembre de 2001, en mitad de una grave crisis diplomática con Marruecos, Zapatero viajó al reino alauí para entrevistarse con el Gobierno y con el propio rey Mohamed VI. Este movimiento, por lo que tenía de desafío frontal a la política exterior de España, prefiguraba el que sería gran hito de su carrera hacia la presidencia del gobierno: la oposición a la guerra de Irak. Pero antes tendría que superar distintas pruebas, como el fracaso de la huelga general de junio de 2002 o el ninguneo al que le sometían las vacas sagradas del socialismo. A superar lo primero le ayudó que el Gobierno español, pese a sus mensajes, actuara como si la huelga hubiera triunfado.

El 13 de noviembre de 2002, el petrolero liberiano «Prestige», con capitán griego, cargado de fuel ruso y exhibiendo pabellón de Bahamas, sufrió un accidente frente a las costas gallegas, vertiéndose una gran cantidad de crudo. En las semanas que siguieron, el PSOE puso en marcha mecanismos de agitación que serían reproducidos, en un contexto muy distinto, al año siguiente: en sus movilizaciones, la izquierda impugnaba no sólo la gestión concreta de la crisis, sino el estatus moral del Partido Popular y la propia legitimidad de su existencia. Incapaz de derrotar a la derecha en el terreno de la gestión, del modelo político y de las propuestas, los socialistas se echaron a la calle del brazo de grupos antisistema en un ensayo general de la agitación del 2004. No haría falta «hundir otro petrolero», como bromeó el socialista madrileño Antonio Carmona, porque las oportunidades de rentabilizar la estrategia de agitprop se multiplicarían tras la intervención aliada en Irak.