«Ciudadanía honorífica» para el embajador francés por Jesús MARIÑAS

Francia marca el paso, enciende patriotismo y nos da nuevo ejemplo tras dejarnos en evidencia considerando otro Patrimonio Cultural galo los toros.

El juvenil embajador Delaye, que no agota su mandato de cuatro años dado lo bien que lo hace convirtiendo la céntrica residencia en la que más abre sus salones «haciendo patria», montó verbena tricolor donde no faltaron farolillos ni faroleos. Churras y merinas en un Día Nacional con más de cuatro mil asistentes y fuegos de madrugada compitiendo con exposición gastronómica de productos «made in France», desde el paté Camembert rematando con Pastis Ricard. Degustación de los más excelsos caldos de Burdeos y Borgoña, aunque tampoco faltó el «rosé» provenzal refrescante en tarde tórrida reunidora de políticos contrastados de ayer y hoy: Enrique Múgica mantiene su pesimismo y gesto sombrío, él antaño tan jovial. Podría emparejársele a López Garrido de oficialista traje gris de pobre funcionario, diametralmente opuesto a José María Flotats, gloria de nuestra escena y antiguo pensionista de la Comedia Francesa a la que aportó estrenos únicos. «Pasaré el verano en los Pirineos aragoneses y reaparezco en enero con nuevo estreno», detalló ante García Vargas y Araceli. Fue la ex directora del Lázaro Galdiano. Se la cargaron por politiquería, comentaron en su entorno, mientras Rosa Valenty exhibió bronce. Rafa de La Unión no falta nunca, igual que Pilar Medina Sidonia, ya sin título ducal. Lo reivindicó con más derecho su hermano mayor, actual heredero de la duquesa roja que montó una buena casándose «in articulo mortis» con su secretaria.
En el césped, Luis Herrero hizo sentimentales apartes con la jovial Ana Romero, y Juana de Aizpuru sobresalió fiel a su pelo rojo encendido. Es otra obra de arte, como la túnica naranja de Petra Mateos. Enrique Cerezo sorprendió con dos guardaespaldas anhelando sus vacaciones ibicencas como Arturo Fernández, quizá sujeto a sus múltiples empresas y compromisos madrileños. Paloma Segrelles optó por un modelo de cóctel en rosa pastel, y el ministro Gabilondo por el azul clasicorro.
El nuevo Nuncio habló distendido haciendo apartes con el jefe del Estado Mayor, mientras el embajador Delaye exaltó sus virtudes patrias. Las remataron cantando La Marsellesa y nuestro iletrado Himno Nacional oído con una emotiva devoción de las que marcan época. Francia y sus gentes evidenciaron que nadie les gana en patriotismo nada patriotero que es lo de por aquí, donde no tenemos medida. Me pregunto qué esperamos para que la oficialidad ya oscilante nombre al embajador Delaye ciudadano de honor por lo mucho y bien que promociona España mientras sirve a Francia. ¡Allons!