Valor de Mora tenacidad de Ponce y toreo de Luque

Bilbao. Séptima de las Corridas Generales. Se lidiaron toros de Alcurrucén, bien presentados. Bueno el 1º; extraordinario el 4º; con malas ideas el 2º; manejable y con ritmo el 3º, sin rematar 5º y 6º. Tres cuartos de entrada. Enrique Ponce, de purísima y oro, dos pinchazos, aviso, media (saludos); aviso, estocada desprendida (oreja). David Mora, de purísima y oro, estocada (oreja); pinchazo, estocada, aviso, descabello (saludos). Daniel Luque, de grana y oro, pinchazo, aviso, pinchazo hondo, descabello (vuelta); estocada trasera y tendida, descabello, aviso (saludos).

Mora se cambia la muleta de mano ante uno de sus toros, ayer, en Bilbao
Mora se cambia la muleta de mano ante uno de sus toros, ayer, en Bilbao

La tarde se encendió en el segundo. Y eso que era un Alcurrucén malo, que se metía por dentro y que remataba el medio viaje por arriba. Pero David Mora nos contagió su afición. El dramatismo que destila la pureza cuando vienen mal dadas. Dio siempre el pecho, buscando el pitón contrario, la muleta planchada y la seria convicción de quedarse ahí, quieto, pasara lo que pasara. Y ocurrió que superó al toro que hizo suspirar a la cuadrilla al esperar un mundo en banderillas y se tiró a matar, y entró la espada. Y el público en apariencia tibio se propuso la oreja y la consiguió. De ley resultaba el premio. El quinto nos engañó porque creímos ver algo que no acabó de ocurrir. La movilidad el toro se camufló en arrancadas irregulares y sin el contenido suficiente. Muy desigual y sin acabar de definirse. Mora quiso, sabía que ahí residía su oportunidad, pero estuvo menos fino que en el turno anterior.

«Pelucón» lo tuvo todo. Fue el cuarto Alcurrucén, el mismo que acudió a la tela entregado, roto a humillar y con arrancadas largas. Toro importante. Bravo y bueno. Para encontrar el deleite y enloquecer a Vista Alegre. Le tocó a Enrique Ponce, que hizo una faena larguísima con el viento amenazando la lidia. Le costó al valenciano meterse en faena y quedaba la cosa en pasajes aislados hasta que ya, casi al final, echó mano de la poncina y los tendidos resucitaron. Lo mejor de la faena fueron los pases que preparaban al toro a la muerte: genuflexa la figura y llevando al soberbio Alcurrucén con elegancia y limpieza. Entró la espada, se le concedió una oreja y se le pidieron las dos. Su primero fue otro toro bueno con el que estuvo de menos a más. Cuando le dejó la muleta puesta, cosió los pases y se relajó y surgieron los momentos más brillantes. Pero la historia tardó.

Daniel Luque firmó ayer un primoroso toreo: a cargo de él disfrutamos de la lentitud. No se podía torear ni más despacio ni con mayor expresión. Qué plenitud cuando le atacó, le hiló los muletazos y nos llevábamos lo visto en secuencias a cámara lenta. Era toreo caro aquel. Ni vulgar ni tirando líneas. Precioso. Al natural también recogió las cualidades del toro, pasándoselo cerca y regodeándose con la propia despaciosidad. Una maravilla. Hasta que cogió la espada y el acero sin filo lo dejó todo en una vuelta al ruedo. Pero el toreo de la tarde había sido suyo. El sexto tuvo movilidad pero sin demasiada clase y a menos. Buscó Luque el lucimiento. Nada tenía que ver con lo del anterior. Aquello lo dejamos en un rincón aparte, pero la tanda zurda que ligó justificaba el trance.

Acababa la tarde con dos orejas, para Mora y Ponce. Y la vuelta al ruedo de Luque. La corrida de Alcurrucén tuvo toros para bordar el toreo y reinventarse. Se pone a la cabeza de la feria.