Carlos Fuentes: «No se puede ir a la playa a leer con una pantalla»

A los 82 años, no valen las medias tintas: lo que te gusta, te gusta mucho, y con lo que no, no quieres perder ni un segundo con ello. Carlos Fuentes, la tercera pata de ese monstruo llamado «boom» latinoamericano, que incluye a García Márquez y Mario Vargas Llosa, ha decidido hacer balance de la historia de la literatura del continente americano en «La gran novela latinoamericana» (Alfaguara). El resultado es un canon personal, que no quiere ser académico, y que viaja de Machado de Assis a Jorge Volpi y Juan Villoro. Y si alguien no está de acuerdo, a Fuentes no le importa.

– ¿Qué queda del «boom»?
–Por supuesto, sus libros, ya imprescindibles para cualquier canon, como «Cien años de soledad», «Los pasos perdidos» o «La casa verde». Rompimos con la tradición realista y naturalista en que estaba encerrada Europa y dimos aire a la novela. Tampoco surgimos de la nada, teníamos grandes referentes como Borges, Cortázar y Carpentier.

–Las etiquetas siempre suelen ser excluyentes. ¿Hubo algo malo relacionado con el «boom»?
– No, no, nunca fue excluyente, se unieron a él incluso escritores mediocres. Lo difícil vino después, con las necesidad de continuar con las clasificaciones, el «boomerang» de Roa Bastos, el «crack» de Volpi. Hoy en día, la diversidad es tan grande que es imposible reunir la literatura hispanoamericana con una etiqueta.

–¿Qué influencia ha ejercido la literatura hispanoamericana?
–Borges no era conocido en 1960 y su revelación llegó tarde. A partir de él, el mundo se da cuenta de que hay una literatura interesante en Hispanoamérica y su influencia posterior es clara. Cuando yo empecé, en Francia sólo había tres escritores mexicanos traducidos: Octavio Paz, Juan Rulfo y yo. Ahora hay 42.

–¿Tiene algo que envidiar la literatura del continente iberoamericano a la anglosajona?
–La diferencia es que la novela inglesa y estadounidense ha tenido siempre una gran continuidad. La española sufrió una severa interrupción desde «El Quijote» hasta Galdós y Clarín. En las colonias, incluso existió su prohibición. Nuestra literatura está conformada por el vigor y la urgencia de querer decir lo que no se dijo.

–¿Tienen sentido ahora las literaturas nacionales?
–Todo es bastante distinto ahora. Podemos decir que la novela del XIX pertenece a Francia y Rusia, la del XX, a Estados Unidos y ahora ya no se puede clasificar a los escritores como nacionales. Uno no piensa en eso, por ejemplo, con Milan Kundera, Salman Rushdie y Nadine Gordimer.

–Uno de los últimos fenómenos de las letras hispanoamericanas ha sido Roberto Bolaño. ¿Qué le parece?
–Quiero que termine todo este ruido que rodea a su obra para leerlo en paz, por eso no lo he incluido en el volumen. Mi tiempo es restringido y nunca hablo de libros que no he leído.

–¿Le asusta esa amenaza de las nuevas tecnologías?
– Ya en «Ilusiones perdidas», de Balzac, se hablaba del periodismo popular contrapuesto al gusto por la novela. El libro ha sobrevivido a los periódicos, la radio, el cine, la televisión, y sobrevivirá a internet. No se puede ir a leer a la playa con una pantalla.

–También presenta una colección de relatos, «Carolina Grau». ¿Qué encierra este nombre?
–Es todas las mujeres, la idea obsesiva de la mujer en la vida y la narración. He intentado recordar a quien he olvidado y conocer a quien no conozco bajo dos grandes temas, la idea de prisión y la de venganza.

–¿México es una prisión para usted?
–Vivimos en un sistema democrático en crisis. No podemos enfrentarnos al narcotráfico con el ejército, tenemos que iniciar una paulatina despenalización de la droga.