Boinas de honor para Gallardón y Alicia Moreno por Jesús Mariñas

Los tocaron con un costumbrismo casi castizo, algo que osciló entre Galicia, Cantabria y el País Vasco. La boina es un distintivo único aunque todas parezcan iguales. Alfredo Amestoy la llevaba azul, «muy bilbaína», Álvarez del Manzano se la colocó calada hasta las cejas, Antonio Olano, ladeada como la mayoría, y Manolito Royo desplegada cual una seta.

En versión lanuda y blanca, más femenina, se la puso Alicia Moreno sobre su típica melenaza y Ruiz-Gallardón acabó estrujando el accesorio. Utrera Molina exhibió ideas perennes luciendo en la solapa un emblema de la Legión ya casi centenaria, aniversario que pasó por alto, más bien decían que por lo bajini, la ministra de Defensa, una de las más vapuleadas indumentariamente habalndo en el reportaje alemán sobre «las muñequitas de Zapatero». Miguel de los Santos mantiene el clasicismo y anunció que publicará un libro de memorias con sus experiencias por Hispanoamérica y producirá una serie habanera sobre «el último cimarrón», que no es Gallardón, aunque en ocasiones lo parezca.

Tímida y hasta pasmada se mostró la pequeña de Nuria Espert, que no esperaba semejante «coronación» boinera magnificada por el centenario de la Gran Vía. Aguinaga recordó los años periodísticos en que fue compañero de Víctor Ruiz Albéniz, abuelo del regidor, gran cronista de las proezas de Franco. Amestoy rememoró cuando Unamuno estrenaba en los teatros y vivía en el Hotel Gran Vía. Chicote fue escaparate, hoy deformado cual si fuera goyesco, y en el Zahara, tan extinto como otros grandes cafés, «Jiménez Díaz mantenía tertulia con los médicos» mientras los Reyzábal dieron pie al éxito de Tip y Coll, Pedro Ruiz o Martes y 13 en Xenon. Otro fantasma de lo que fue y no volverá a ser. ¿Y qué decir de la terraza del Manila, ocupada actualmente por una firma italiana de segunda, mirador permanente del maestro Solano mientras ideaba coplas para Marifé, Rocío o la Pantoja? Alicia Moreno retocó su boina hasta darle un aire de mayo del 68 y Gallardón no dejó de mirarse en el espejo para ponerle carácter sobrio pero informal.