La estrategia del 15-M por José María Marco

La Razón
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El 15-M iba a ser una parte estratégica del legado del zapaterismo. Otra era la revitalización de los sindicatos como movimiento político, eje de la defensa y entronización de los llamados «derechos sociales». La tercera era la querencia del PSOE por las posiciones nacionalistas, que debía llevar a la creación de una nueva España en la que la idea de nación española habría desaparecido para siempre. La culminación simbólica de este vasto proyecto es la reaparición de la bandera republicana como signo de movilización e identidad: algo más que una imagen, en contra de lo que se quiere creer.

La tercera fase del plan, la alianza con los nacionalistas, todavía no ha dado sus frutos completos. Estos se alcanzarán cuando llegue, según anunciaba la encuesta de ayer en LA RAZÓN, el desplome del PSOE en el País Vasco. Lo mismo ocurrió antes en Galicia y en Cataluña. El PSOE se empeña en no ser un partido nacional y constitucional español. Está recogiendo los frutos. Antes de arruinarnos a todos, cavará su propia tumba.

La segunda fase, la de la alianza con los sindicatos, ha llevado al PSOE a ejercer de acompañante en las manifestaciones y movidas –más que huelgas– convocadas por estas organizaciones para defender sus privilegios. En los años ochenta, el PSOE hacía una política reformista y la UGT era casi su única oposición. Ahora la UGT sigue siendo la oposición, pero el PSOE la sigue, agradecido con que le dejen ejercer el papel de invitado con derecho a aplauso.
 
Quedaba el 15-M, que tenía que demostrar su fuerza en «la calle», como se dice. El 15-M es la manifestación sentimental del socialismo español, su llamamiento al idealismo juvenil, al desbordamiento sentimental de los fosilizados cauces de la política constitucional, liberal y democrática propia de lo que muy pronto se llamará, si todo sigue como va, la «Segunda Restauración». El 15-M es la viva representación de la querencia utópica de la izquierda que se niega a extinguirse, como quien rechaza entregar el último aliento de ilusión. Ya sabemos en qué está acabando todo, incluida la movilización en las todavía novedosas redes sociales.

El fracaso es más que notable. Muchos se empeñan en atribuirlo a las fuerzas de orden público, a las que por fin han dejado cumplir con su deber en defensa del bien público y la libertad de todos. En realidad, el fracaso se debe antes que nada a la irrelevancia de un movimiento residual, folclórico e infantil al que se ha prestado una atención desproporcionada. Es una patología moderna: damos demasiada importancia a lo que hacen los niños. Sí que tiene relevancia, en cambio, que sea a esa franja marginal a la que se aferre el PSOE –en teoría un partido de gobierno– para... ¿sobrevivir?