Un tal Manuel Fernández

- Sevilla. Se lidiaron novillos de la ganadería de Salvador Guardiola Fantoni, el 4º como sobrero, bien presentados, astifinos y muy sosos y carentes de bravura. El segundo tuvo peligro. Más de media entrada en los tendidos.- Arturo Saldívar, de purísima y oro, estocada corta (ovación); media estocada fulminante (silencio).- Manuel Fernández, de azul eléctrico y oro, estocada casi entera (ovación); cuatro pinchazos y media (silencio)- Thomas Duffau, de tabaco y oro, estocada tendida (silencio), pinchazo y media estocada. (silencio).

Arturo Saldívar, en imagen de arhivo, saludó ayer en su compromiso en Sevilla
Arturo Saldívar, en imagen de arhivo, saludó ayer en su compromiso en Sevilla

SEVILLA- Aparentemente, no había sucedido nada. La sosería de los novillos de Guardiola abortó cualquier opción de triunfo y los novilleros fueron más o menos aplaudidos por su voluntad. Algo así se contará de una tarde sin historia en la que, sin embargo, aconteció algo ojalá que premonitorio. El tal Manuel Fernández, del pueblo sevillano de Dos Hermanas, había toreado seis novilladas el pasado año con un balance de bastantes orejas y el pecho partido de una cornada en un pueblo perdido. Así se presentó en la Maestranza para pegarle diez lances a su primer enemigo ganando terreno hasta los medios, casi llegando a la boca de riego. La hazaña –así debe considerarse por lo poco habitual en nuestros días –tuvo además un mérito añadido, toda vez que el de Guardiola le pegó tres coladas de absoluto pavor. Por lo menos el animal avisó rápidamente de sus intenciones, así que en el último tercio volvió a emplearse de forma desconcertante, mezclando buenas embestidas con demoledores ataques al cuerpo. Manuel Fernández no perdió tiempo y cogió la mano izquierda para dibujar un toreo de altos vuelos, con mucha clase y templanza, largo y hondo. El júbilo del gentío se quebraba entre susto y susto, hasta que el de Guardiola lanzó por los aires al joven torero para anunciar, otra vez, que sus complicaciones se recrudecerían por segundos. Y así fue. La faena transcurrió en continuo peligro, pero ante el más mínimo resquicio, Fernández desplegaba sus excelentes maneras y su lógica falta de oficio. Al quinto, casi inmóvil por su falta de bravura, le pisó un terreno comprometido con decisión y firmeza, con fibra, con hambre de triunfo, reclamando con la espada y la muleta más oportunidades en estos tiempos de pésimos taurinos incapaces de ver más allá de un nombre rimbombante. Lástima que se llame Fernández…Del resto de la tarde pueden destacarse pocas cuestiones. Un salvador quite del banderillero Jesús Robledo «Tito» a un compañero caído en el suelo, ya a merced de su enemigo, y dos arriesgados pares de banderillas de otro torero de plata: Curro Robles. Los de Oro, el mexicano Arturo Saldívar y el francés Thomás Duffau se perdieron en faenas largas y de escaso relieve, creemos que porque los utreros de Guardiola valieron poco. Saldívar tiene buen corte y maneras, pero si había gustado por su templanza en el novillo que abrió plaza, aburrió un poco por su muy dilatada e irregular labor al cuarto, que no fue bueno, pero tampoco de los peores. El francés se mostró como un proyecto de torero vertical, con quietud y cierta frialdad. No gustaron ni disgustaron, sino todo lo contrario, pero la verdad es que el material que tuvieron enfrente no estuvo para muchas alegrías. Tampoco el de su compañero, que sin embargo esbozó un toreo para la esperanza.